10/09/2026
A los devotos de Hernán Cortés, que siempre lo muestran como el salvador de los pueblos indígenas, parece habérseles olvidado las atrocidades que cometió durante la invasión a Mesoamérica.
Corría el tramo final de 1520 y los primeros meses de 1521; la polvareda de la Noche Triste aún no terminaba de asentarse en los ojos de los castellanos cuando la codicia, disfrazada de estrategia militar, necesitó refundar su método. Tepeaca y Texcoco no fueron únicamente escenarios bélicos; se convirtieron en las fraguas donde el conquistador ensayó la burocracia del horror: ordenó que a los prisioneros se les marcara en una mejilla una G con hierro ardiente.
Escribir sobre este episodio exige despojarlo de la pirotecnia heroica con que la historiografía oficial suele adornar la gesta de Cortés. Hay que decirlo con llaneza y sin atenuantes: marcar con hierro candente la mejilla de un prisionero —fuera hombre, mujer o niño— no fue un exceso incidental de la tropa, sino un acto jurídico perfectamente meditado. Para justificar la barbarie, el extremeño echó mano del viejo retruécano de la «Guerra Justa». Bastaba acusar a las poblaciones nativas de rebeldes o traidoras para que el derecho peninsular convirtiera la carne nahua en botín legítimo. La leguleyana legitimidad europea siempre encontró la forma de saldar sus deudas morales con tinta antes de cobrárselas con sangre.
En Tepeaca, la «G» de guerra inauguró el mercado de la desolación. Bernal Díaz del Castillo, siempre agudo a la hora de retratar las miserias de sus compinches, dejó constancia de las reyertas entre los mismos conquistadores al momento del reparto. Cortés y sus capitanes apartaban primero el Quinto Real y, de paso, elegían para sí a las mujeres más jóvenes y agraciadas, arrojando al remate público a los ancianos y a los enfermos. El botín nunca conoció la equidad, ni siquiera entre los piadosos soldados de la Cruz.
Meses más tarde, en Texcoco, la fragua del hierro acompañó al astillero. Mientras se ensamblaban los bergantines que habrían de sofocar a Tenochtitlan, las víctimas del marcaje fueron transformadas en acémilas humanas: cavaron canales, cargaron cañones y demolieron a picotazos la belleza de la ciudad lacustre. La «G» no solo amputó la libertad de miles de individuos; anticipó el régimen de explotación que signaría a la Nueva España por décadas.
Examinada a la distancia, aquella marca al rojo vivo adquiere el peso de un juicio moral sobre la Conquista. Cortés no solo venció por las armas; venció imprimiendo en el rostro del vencido la propiedad del vencedor. La letra «G» permanece en las páginas de nuestra historia no como un simple vestigio del pasado, sino como una cicatriz imborrable en el rostro de la condición humana.
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