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19/09/2026

El hombre que emboscó y mató de un tiro al violador de su hijo de 11 años frente a una cámara de TV

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El hombre que emboscó y mató de un tiro al violador de su hijo de 11 años frente a una cámara de TVGary Plauché esperó a...
19/09/2026

El hombre que emboscó y mató de un tiro al violador de su hijo de 11 años frente a una cámara de TV

Gary Plauché esperó al profesor de karate a la salida del aeropuerto de Luisiana, Estados Unidos. Tras el balazo, fue detenido por la policía. Antes, Jeff Doucet había secuestrado durante 10 días al chico de 11 años. El video de alto impacto que se volvieron virales en 1984, mucho antes de la existencia de las redes sociales

Se paró entre las cabinas telefónicas muy comunes en los aeropuertos de la década del 80 en todo el mundo. Llevaba una barba espesa, anteojos de sol y un gorro con visera. Entonces pasó su objetivo y sin mediar palabra disparó. La policía se sorprendió y no pudo detenerlo. Acababa de matar al hombre que había secuestrado y violado a su hijo durante 10 días. El profesor de karate que había engañado al chico para llevarlo a Los Angeles secuestrado.

Jody Plauché era un chico de 11 años que se había subido al furor del karate en la década del 80 en Estados Unidos. El chico iba al dojo de Luisiana e intentaba aprender todo de su profesor Jeff Doucet. Su papá lo dejaba en la puerta en su camioneta antes de seguir a su trabajo del pequeño pueblo del medio oeste.

En ese sentido, la aparición de la academia de artes marciales fue uno de los acontecimientos del pueblo ese año, 1984. Todos hablaban de los torneos que se venían y cómo los chicos eran instruidos en un deporte que los ayudaba para la vida. Nadie se imaginaba el terror que se ocultaba detrás de las colchonetas y las letras orientales que adornaban las paredes del lugar.

Apenas unos meses de arrancado sus estudios de karate, Jody fue secuestrado y abusado por su instructor de artes marciales.

Cuando era un niño en la clase de karate de Doucet, Jody vio a su profesor de veinteañero como un “mejor amigo”. Se había obnubilado con la chance de convertirse en un campeón. Entonces, empezaron los abusos del instructor sobre el nene, que se quedó callado para evitar molestar a sus padres o meter a Doucet en problemas. “Esto tiene que ser un secreto entre nosotros. Si le contás a alguien voy a sufrir yo y vos también”, le decía el adulto mientras lo tomaba fuerte del brazo para que entendiera lo que le estaba diciendo. Una cruel amenaza de alguien que era visto como un ideal a seguir para el menor que amaba el karate.

Desde ese momento, el chico intentó procesar lo sucedido. El engaño y el abuso de su profesor de karate, al que veía como un ídolo. A eso se sumó el impacto de ver a su papá disparar sobre el instructor de artes marciales. Hubo gritos y corridas. Solo recuerda la cara de su papá enrojecida, el policía que lo tumba. Las imágenes de ese video que se había hecho viral antes de la existencia de las redes sociales se repetían en su cabeza como un loop eterno.

Tanto fue así que ya de adulto escribió un libro para tratar de desentrañar todo lo sucedido esa tarde de la década del 80. “¿Por qué, Gary, por qué?: La historia de Jody Plauché”. Allí habla como las familias pueden detectar a los potenciales abusadores de sus hijos. Algo que no pudo hacer su papá con Doucet. Esta es su historia.

La vida de Jody

Nacido el 27 de abril de 1972, Jody Plauché creció en Baton Rouge, Luisiana, con sus padres, Gary y June, y tres hermanos. En 1983, cuando Jody tenía alrededor de 10 años, sus padres lo inscribieron a él y a sus hermanos en una clase de karate que estaba a cargo del ex marine llamado Jeff Doucet.

Al principio, Doucet parecía ser una bendición para la familia. Había puesto en buena forma al chico Plauché. Bajo su tutela, Jody incluso ganó un trofeo en el Fort Worth Pro-Am. “Él es nuestro mejor amigo”, dijo Plauché a un periódico local en ese momento con el trofeo en sus manos. Estaba tocando el cielo con las manos. Solo soñaba con llegar a ser cinturón negro como su profesor.

Pero Doucet había comenzado a prestar una cantidad desmesurada de atención en Jody Plauché. Ya de adulto, la víctima contó que el profesor un día se ofreció a enseñarle a manejar su auto. Y una vez que Plauché se sentó sobre las rodillas de Doucet, el entonces niño de 11 años sintió las manos de su maestro de karate entre sus piernas.

“Estoy pensando, ‘¿Qué está pasando aquí? ¿Tal vez es un accidente?’”, dijo Plauché mucho tiempo después sobre el incidente en el auto. “En ese momento no dije nada. Pero ahora sé que Doucet estaba poniendo a prueba los límites. Un pedófilo de manual. Todos ponen a prueba los límites”, recordaría ya adulto Jody.

En poco tiempo, la prueba de límites de Doucet se convirtió en un abuso sexual absoluto. Pero Plauché se quedó callado. “Creo que una de las cosas que la gente realmente no entiende es por qué no lo dije”, admite el ahora joven en su libro.

Y Jody se responde a si mismo, tal vez como una manera de llevar calma a su alma atormentada. “Uno, tenía 11 años. Dos, lo que estaba pasando sabía que molestaría a mis padres. Tres, en ese momento, no quería que se metiera en problemas. Era más fácil para mí callarme que molestar a todos”.

Secuestro y violaciones

Luego, en febrero de 1984, Jeff Doucet llevó su abuso de Jody a otro nivel. Según el Washington Post , le preguntó al niño de 11 años si quería ir a California. Plauché dijo que sí, y Doucet puso en marcha su plan para secuestrar a su alumno de karate.

Doucet llevó a Jody en un micro con destino a Los Ángeles. Antes, se afeitó la barba y tiñó de negro el pelo rubio de Plauché. El plan ya estaba en marcha. El profesor se registró junto al chico en un hotel de ruta californiano. Allí, en esa pieza con apenas una cama y una TV colgada de la pared, violó al nene en reiteradas ocasiones.

“Mi madre estaba como, ‘¿Por qué no pones más detalles ahí?’” -recuerda el joven víctima de abuso- Tengo que bailar en una línea muy fina entre provocar a una víctima que podría estar leyendo el libro y tener que dejar el libro, y un pedófilo leyendo el libro como un objeto para su excitación. No necesitaba entrar en detalles explícitos o las cosas más asquerosas y desagradables. Es suficiente que todos entiendan el punto”.

El chico estuvo secuestrado por 10 días. En esos momentos los padres de Jody Plauché lo buscaron en forma desesperada. Pero cuando Doucet permitió que Plauché los llamara desde Anaheim, California, la policía pudo rastrear la llamada y llevar a Jody a casa.

Apenas notó su ausencia, Gary Plauché empezó a rastrear a su hijo por cielo y tierra. Primero pensó que era apenas una travesura. Que de la clase de karate se había ido a comprar una malteada en el merendero de la ruta donde paraban los camiones. Se asustó por eso. Los camioneros siempre le habían parecido peligrosos. Hombres solos que están tanto tiempo en las rutas.

Cada nueva hipótesis le disparaba la cabeza a mil de donde podría estar su hijo. Nunca dudó del profesor de artes marciales en esa primera instancia. También pensaba que Jody se había ido a ver a los skaters que practicaban debajo del puente abandonado de Louisiana. Allí también había borrachos y adictos tirados a los costados de las rampas. Cada minuto que pasaba lo hacía pensar una nueva hipótesis. Su hijo siempre estaba en peligro.

Al mismo tiempo que Gary lo buscaba por el pueblo y pensaba las hipótesis más horrorosas para su pequeño hijo, la policía se enfocaron en el profesor de karate. En esa cercanía que convenció a Jody para dejar su ciudad natal sin avisarle a su familia. Como otro secreto que tendría con su instructor de artes marciales.

“No sabíamos qué hacer”, dijo Gary, el papá de de Jody, a las noticias locales tras el regreso de su hijo. “Simplemente te sientes impotente”. Sin embargo, el hombre sí sabía que hacer. A medida que escuchaba más y más informes de que Doucet había abusado sexualmente de su hijo, un hecho confirmado por una prueba de violación, se decidió por la venganza.

El plan de la venganza

Según la crónica del momento del Washington Post , Gary estaba tomando una copa en un bar llamado The Cotton Club el 16 de marzo de 1984, cuando escuchó en un canal de noticias local informar que Jeff Doucet llegaría a Baton Rouge, Luisiana, esa mismanoche. Cuando el ejecutivo mencionó la hora exacta (9:08 pm), Gary se dirigió directamente al aeropuerto.

“Mi papá fue al aeropuerto pensando que iba a morir”, dijo años más tarde Jody Plauché a ESPN. “Dijo que Jeff o él iban a morir esa noche”.

Gary Plauché esperaba junto a una hilera de teléfonos públicos con una 38 metida en su bolso. Cuando aterrizó el avión de Jeff Doucet, llamó a un amigo y le dijo lo que estaba a punto de hacer. “Aquí viene”, dijo Gary. Estás a punto de escuchar un disparo”.

El amigo no solo escuchó el disparo, sino que muchas personas en Baton Rouge lo vieron. Mientras las cámaras filmaban la llegada de Doucet, el padre de Jody saltó de su posición junto a las cabinas telefónicas y le disparó al violador de su hijo en la cabeza. Mike Barnett, el ayudante del alguacil, saltó sobre Gary y lo inmovilizó contra la pared.

“¿Por qué, Gary, por qué lo hiciste?” Barnett gritó mientras Doucet yacía sangrando sobre las alfombras del aeropuerto. “¡Si alguien se lo hizo a tu hijo, tú también lo harías!” Plauche lloraba.

“No lo quería mu**to”, le dijo Jody Plauché a ESPN, tres décadas después. “Solo quería que se pudra en la cárcel”.

“Después de que ocurriera el tiroteo, estaba muy molesto con lo que hizo mi padre - dijo en la misma entrevista de ESPN-. No quería que mataran a Jeff. Sentí que iba a ir a la cárcel, y eso era suficiente para mí”.

Tras el crimen, ,la opinión pública de Estados Unidos se puso a favor de la venganza del padre contra el abusador de su hijo. Tanto fue la presión mediática que un juez determinó que Gary Plauché no representaba una amenaza para la comunidad y lo condenó a siete años de sentencia suspendida, cinco años de libertad condicional y 300 horas de servicio comunitario.

Jody también llegó a perdonar a su padre, quien murió en 2014. “Pude superarlo y finalmente acepté a mi padre de nuevo en mi vida, y volvimos a la normalidad”, explicó el joven.

Jody Plauché asistió a la Universidad Estatal de Luisiana, donde, según su sitio web , comenzó una búsqueda de activismo de por vida. Mientras estudiaba, sirvió en la junta ejecutiva de Hombres contra la Violencia; después de graduarse, trabajó en el Centro de Servicios para Víctimas del Condado de Montgomery como consejero de agresión sexual. Y como adulto, Plauché también intenta comunicar la forma en que los padres pueden proteger a sus hijos de abusadores como Jeff Doucet.

Así, Jody sigue intentando borrar de su cabeza el video de su papá asesinando a su abusador. Ese loop constante de unos 21 segundos que fueron parte del in****no de su infancia.

El misterio de Alcásser: el secuestro, violación, tortura y muerte de tres niñas y un asesino que se esfumóEl 13 de novi...
18/09/2026

El misterio de Alcásser: el secuestro, violación, tortura y muerte de tres niñas y un asesino que se esfumó

El 13 de noviembre de 1992, Desirée, Miriam y Toñi, de entre 14 y 15 años, salieron a bailar y no volvieron. Setenta y cinco días después, dos apicultores encontraron sus cadáveres. Las hipótesis escandalosas. La confesión de uno de los asesinos y el enigma del paradero de su cómplice, que 30 años después sigue sin ser hallado

Treinta años después de que su nombre – hasta entonces desconocido – se transformara en sinónimo de horror, Alcásser sigue siendo un pueblo chico de la provincia española de Valencia. El último censo, realizado el año pasado, contó poco más de 10.200 habitantes, la mayoría de los cuales se gana la vida en los empleos municipales, los pequeños comercios, las pocas industrias y el cultivo de los naranjos que crecen en las tierras arcillosas de la región.

Hasta fines de 1992 nadie que no tuviera asuntos concretos que resolver en el lugar se daba una vuelta por el pueblo, que tampoco contaba con más atractivos turísticos que una iglesia del siglo XVIII y dos retablos cerámicos, nada que justificara viajar hasta allí.

Todo cambió el 13 de noviembre de 1992, cuando María Deseada Hernández Folch (Desirée), Miriam García Iborra, las dos de 14 años, y Antonia Gómez Rodríguez (Toñi), de 15 años, no volvieron a sus casas. Las tres habían conseguido el permiso de sus padres para ir a bailar a la discoteca Coolor, en Picassent, un municipio lindante.

Durante 75 días no se supo nada de ellas, hasta que sus cadáveres fueron encontrados el 27 de enero en un paraje montañoso cercano. Desde entonces y hasta hoy, Alcásser se conoce como el escenario de uno de los crímenes más horrorosos de la historia policial española y sobran razones para que así sea.

Que tres adolescentes de entre 14 y 15 años fueran secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas ya es motivo más que suficiente. Si a eso se suma un tratamiento mediático sensacionalista que no tuvo pudor en mostrar hasta los detalles más escabrosos del sufrimiento de las víctimas, cuyas vidas fueron desnudadas por decenas de panelistas en programas de la telebasura, y que treinta años después el paradero de uno de los asesinos siga siendo un misterio, el cóctel se vuelve realmente explosivo.

A 30 años de la desaparición de Toni, Miriam y Desirée, los femicidios de Alcàsser siguen siendo tema de debate y han dado lugar a varios libros y a tres películas: “El crimen de Peñasca”, una ficción televisiva de Jaume Najarro; “La Niñas”, de Manuel Giménez del Llano; y la serie documental “El Caso Alcàsser”, de Ramón Campos y Elías Siminiani, producida por Netflix.

También produjeron un boom del turismo macabro: no son pocos los visitantes que van al pueblo exclusivamente para hacer el recorrido del secuestro de las chicas y ver el lugar donde fueron torturadas y asesinadas. Para eso requieren los servicios de algunos lugareños que no tienen reparo en oficiar de guías.

Las niñas de Alcàsser

La tarde del viernes 13 de noviembre de 1992, Desirée, Miriam y Toñ visitaron a su amiga Esther, en Alcásser, donde las cuatro vivían con sus familias. A las ocho de la noche se despidieron para ir a bailar a la discoteca Coolor, en el municipio de Picassent. Esther decidió quedarse porque no se sentía bien.

Antes de salir, Miriam llamó a su casa para preguntarle a su padre, Fernando, si las podía llevar, pero el hombre había vuelto con fiebre del trabajo y se había metido en la cama. Decidieron ir igual, haciendo dedo. A la salida del pueblo las levantaron Francisco Hervás y su novia Mari Luz, quienes las llevaron hasta la estación de servicio Marí Picassent, donde las tres chicas volvieron a hacer dedo hasta que, según los testigos, se habían subido a un auto blanco, posiblemente un Opel, en el que viajaban dos hombres jóvenes.

Miriam, Desirée y Toni nunca llegaron a la discoteca y tampoco regresaron a sus casas. No se las había vuelto a ver.

Esa misma noche, los padres de una de las chicas fueron a la discoteca, pero ya había cerrado. Los empleados que se habían quedado ordenando el lugar no las habían visto. Entonces decidieron hacer la denuncia.

Se las empezó a buscar al día siguiente, pero no se encontraron siquiera rastros de ellas. La Guardia Civil y los padres descartaban que se hubieran ido voluntariamente: no tenían problemas en sus casas y habían salido casi sin dinero.

La hipótesis más fuerte entre los investigadores era que las chicas habían caído en una red de trata y que quizás se las hubiera sacado clandestinamente de España. Por eso no sólo se las buscaba en territorio español sino también en Portugal, Francia y hasta en Gran Bretaña.

Como sucede siempre en esos casos, las pistas se multiplicaban por llamados de personas que decían haberlas visto, a una de ellas, a dos o a las tres en diferentes lugares. Pero ninguna había dado resultado.

El hallazgo de los cuerpos

El 27 de enero de 1993, dos apicultores, hombres de casi 70 años, caminaban por el borde del Barranco de Tous, un paraje montañoso a unos cincuenta kilómetros de Valencia, para visitar sus colmenas.

Al llegar al borde de una fosa cuya existencia no recordaban hicieron un descubrimiento que los dejó congelados: en el fondo emergía un brazo semienterrado con un reloj de hombre en la muñeca. El aterrador espectáculo los hizo olvidar del frío y de las colmenas mientras bajaban al pueblo para denunciar el hallazgo a la Guardia Civil.

En ningún momento asociaron el brazo que había visto con el caso de las tres niñas que llevaban ya 75 días desaparecidas. Encontramos un cadáver, les dijeron a los guardias. Recién horas más tarde, cuando el juez de Alcira, José Miguel Bort, ordenó al equipo forense desenterrar el cuerpo descubrieron que el cuerpo no era de hombre y que allí no había un solo cadáver sino tres, bastante descompuestos y envueltos en una alfombra. Eran los cuerpos de tres adolescentes, casi niñas.

Los cuerpos estaban maniatados y apilados uno encima del otro. Dos de ellos tenían la cabeza separada del resto del cuerpo. A pesar del deterioro de los cadáveres y de sus ropas, los forenses no dudaron de que se trataba de las tres chicas del pueblo de Alcàsser a quienes.

Una receta médica da la pista

Esa misma tarde, mientras los cadáveres de las tres niñas fueron trasladados al Instituto anatómico forense de Valencia, el rastrillaje policial en la fosa y los terrenos aledaños dio un primer resultado. Un guardia civil encontró una receta médica a nombre de Enrique Anglés. El nombre de Enrique no les decía nada a los investigadores, pero sí el de su hermano Antonio, de 27 años, que era bien conocido en el pueblo cercano de Catarroja y tenía antecedentes por robo y tráfico de dr**as.

Cuando la Guardia Civil fue a la casa de la familia Anglés, Antonio vio llegar el patrullero y escapó por una ventana. En la casa quedaron Enrique – que descubrieron que era discapacitado mental -, su hermana Kelly, el novio de la chica y Neusa Martins, la madre de los Anglés. Poco después llegaron otros hermanos de Antonio, Mauricio y Ricardo, acompañados por un amigo, a quien un guardia identificó como Miguel Ricart, alias “El Rubio”, de 23 años, poseedor de un frondoso prontuario y socio de Antonio en el delito.

Todos ellos, menos la madre, fueron llevados al cuartel de la Guardia Civil en calidad de testigos a la vez que se libraba una orden de captura por Antonio. Al ser interrogados, todos demostraron tener coartadas sólidas y fueron liberados. Todos menos Miguel Ricart que empezó a contradecirse frente a los interrogadores.

“El Rubio” terminó confesando poco antes de la medianoche. Dijo que Antonio y él iban en el auto que levantó a las chicas en la segunda estación de servicio y que las habían secuestrado. Que Antonio las había violado y las había matado y que él solamente lo había ayudado.

La confesión de “El Rubio”

En tres declaraciones sucesivas, Ricart contó que Antonio y él habían recogido a las chicas la noche del 13 de noviembre pero que en lugar de llevarlas a la discoteca – como ellas les pidieron – se dirigieron a una edificación abandonada ubicada a unos veinte kilómetros, en el Barranco de la Romana.

Dijo también que allí las ataron a un poste de madera que había dentro del edificio y que Antonio las fue desatando de a una para violarlas. Aseguró que él solamente había violado a Desirée y que había ayudado a Antonio sosteniendo abiertas las piernas de las otras chicas para que no se resistieran.

Relató ante los interrogadores que, después de violarlas, las volvieron a atar y que las dejaron solas en el edificio mientras ellos iban a un bar en Caradau, otro pueblo vecino, donde compraron unos sándwiches porque la actividad les había dado hambre.

De regreso – siempre según la versión de “El Rubio” – Antonio volvió a violarlas una a una y que después, exhaustos, se quedaron dormidos.

Dijo que más tarde los despertaron los llantos y quejas de las tres adolescentes y que Antonio les gritó que se callaran. Como no lo hicieron, su amigo se levantó enfurecido y las golpeó con un palo.

Después – declaró Ricart – Antonio salió y cavó una fosa a unos 700 metros de la edificación. Cuando volvió, sacaron a las tres chicas a punta de pi***la y Antonio las asesinó disparándoles a la cabeza. Finalmente, las envolvieron en una alfombra y las cubrieron con tierra.

Meses más tarde, Miguel Ricart se retractaría de sus tres declaraciones, diciendo que se las habían sacado bajo tortura, pero los informes médicos posteriores al interrogatorio dejaban claro que no tenía herida alguna. Además, para entonces, su Opel blanco había sido reconocido por testigos como el auto al que habían subido Desirée, Toni y Miriam.

Mientras tanto la policía española buscaba denodadamente a Antonio Anglés.

Las autopsias se contradicen

Las autopsias de las tres víctimas confirmaron a medias la declaración de Miguel Ricart. Se hicieron dos.

La primera se hizo el 28 de enero y estuvo a cargo de un equipo de seis forenses oficiales, encabezado por Fernando Verdú Pascual. La segunda la realizó, a pedido de las familias, el perito Luis Frontela, que además hizo un estudio de ADN de 15 pelos encontrados en los cuerpos de las adolescentes. El examen demostró que doce de ellos no pertenecían ni a Ricart ni a Anglés y que podían pertenecer a otras cinco o siete personas.

Allí surgió la hipótesis que – más allá de lo declarado por Ricart – en el crimen pudieron participar más personas, entre ellas, un hombre de pelo canoso.

Por otra parte, el estudio de las larvas halladas en los cuerpos, a las que Frontela solo tuvo acceso a partir de fotos y vídeos tomados durante la primera autopsia, sugirió que el tamaño de los insectos no se correspondía con el estado de putrefacción de los cadáveres. De este hecho, Frontela dedujo que las adolescentes habían sido enterradas en dos lugares diferentes.

La hipótesis del p***o mortal

Las diferencias en los resultados de las autopsias dieron lugar al surgimiento de nueves hipótesis sobre el triple femicidio de Alcàsser. Fernando García, padre de Miriam, denunció en los medios de comunicación que Antonio Anglés y Miguel Ricart eran apenas unos perejiles dentro de una conspiración.

Los programas de “telebasura” – como los llaman en España – le dieron espacio diariamente.

Sostenía que “El Rubio” sólo se había encargado de ocultar los cadáveres y que a las chicas las habían asesinado en otro lugar, después de matarlas frente a una cámara de video para hacer una película s***f.

Para García, el crimen había sido obra de una banda integrada por empresarios y políticos que pagaban fortunas por para participar de ellos matando a mujeres secuestradas, y que la investigación policial había apuntado solamente a Ricart y Anglés para encubrir a gente muy poderosa.

Decía también, ante quien quisiera escucharlo, que Antonio Anglés no iba a aparecer nunca, porque la misma banda lo había matado por temor a que revelara el secreto si era capturado. El padre de Miriam nunca pudo presentar pruebas que sostuvieran sus dichos y la justicia española no los consideró plausibles.

El 5 de septiembre de 1997, la Audiencia Provincial de Valencia condenó a Ricart a una pena de 170 años de prisión por tres delitos de as*****to, tres delitos de secuestro y cuatro delitos continuados de violación.

Sin embargo, “El Rubio” estuvo solamente 21 años preso. Fue liberado – gracias a un cambio en las leyes penales españolas – el 29 de noviembre de 2013.

El enigma de Anglés

En el fallo que condenó a Ricart, la Audiencia dictaminó que Antonio Anglés había sido el culpable principal del triple crimen, pero su paradero seguía siendo un misterio.

El 27 de enero de 1993, después de escapar de su casa por una ventana y huir por los tejados de las viviendas vecinas, Anglés fue visto en la Estación del Norte de Valencia. Los investigadores supieron después que había ido a una peluquería, donde se había hecho cortar y teñir el pelo para no ser reconocido.

Al consultar al médico que había extendido la receta y mostrarle fotografías de los hermanos Anglés, el hombre reconoció a Antonio como quien había ido a su consultorio, aunque se había identificado como Enrique para que le extendiera una orden por un medicamento psicotrópico.

En febrero de 1993, Antonio Anglés fue rastreado en la localidad de Minglanilla, en Cuenca, donde escapó por un pelo de la Guardia Civil, y un mes más tarde volvió a eludir por cuestión de minutos a un grupo de Interpol. Los policías lo habían ubicado en la casa de un adicto a las dr**as, pero llegó tarde: ya no estaba, huyó llevándose la documentación y el dinero del hombre.

Subió como polizón en el barco City of Plymouth, que zarpaba del puerto de Lisboa con destino a Irlanda, pero fue descubierto y encerrado en un camarote. La tripulación no sabía que era uno de los criminales más buscados de Europa. Cerca de las costas irlandesas pudo salir del camarote – nunca se supo si había recibido ayuda para hacerlo – y se arrojó al mar.

Al día siguiente encontraron un chaleco salvavidas flotando en el agua. Se creyó que había mu**to ahogado, pero Interpol no lo sacó de la lista de los criminales más buscados.

En 2006 se encontraron restos de un cuerpo no identificado en la isla de Lambay, situada en la costa norte del Condado de Dublín, la capital irlandesa.

No ha sido hasta ahora cuando se ha podido reconstruir el cráneo del cadáver digitalmente, y las autoridades irlandesas han pedido ayuda para identificarlo. La reconstrucción digital de la cabeza del mu**to dio un gran parecido con los rasgos de Antonio Anglés, pero el ADN que se pudo extraer de la dentadura no coincidió con el del prófugo.

Aunque no se sabe si está vivo o mu**to, Antonio Anglés sigue siendo buscado por Interpol. Se cree que puede estar viviendo con una identidad falsa en Brasil.

Alex Maquera Atencio, el estudiante de medicina que mató a martillazos a su familia y los enterró en una fosa de su casa...
16/09/2026

Alex Maquera Atencio, el estudiante de medicina que mató a martillazos a su familia y los enterró en una fosa de su casa

El sujeto también asesinó a su mejor amigo y, en prisión, acabó con la vida de dos personas. Actualmente cumple cadena perpetua en el penal Ancón I o Piedras Gordas.

Cuando chicos, cuántas veces hemos escuchados a los mayores que siempre hay que seguir el ejemplo de los que más grandes o de los que más saben. Sin embargo, hay ejemplos que no hay que perseguir de ninguna manera, por lo nocivos y malévolos que pueden llegar a ser esas figuras como sucedió con Alex Maquera Atencio.

Cuando una persona tiene evidentes problemas mentales que no son tratados, solo basta un pequeño disparador para que le dé rienda suelta a sus instintos criminales tratando de imitar, o no, a otro asesino.

Ese fue el caso del estudiante de medicina, que era adicto a las dr**as, Alex Ramón Maquera Atencio, que, durante el 2004, desató el horror al descubrirse que había matado a ocho personas usando únicamente un ma****lo como arma letal. Tal como un par de años antes había hecho el tristemente célebre Clímaco Basombrío, ‘el loco del ma****lo’.

La macabra historia comenzó cuando en uno de sus primeros arranques mató al que muchos considerarían era su mejor amigo: José Ninaja Vélez.

Al parecer este primer paso despertó una sed de sangre que no pararía hasta que fuera atrapado por la policía.

De acuerdo con lo manifestado por él mismo, fue el 15 de marzo del 2004 cuando fue en busca de Priscila, su hermana mayor para pedirle dinero. El asesino ya sabía que ella guardaba una fuerte cantidad de soles, producto de su trabajo vendiendo pollos en el mercado Grau. Se lo negó, entonces optó por matarla a martillazos. También le cortó la yugular y la dejó desangrarse en el primer piso de la casa.

Después, subió a la planta superior y sin mediar aviso previo atacó con el mismo ma****lo a su cuñado, Rafael Pezo Gutiérrez. Tras dejarlo mal herido e inconsciente en su cuarto, fue por un cuchillo para terminar su trabajo.

A pesar de baño de sangre que se había formado, Maquera Atencio no se había olvidado del dinero que deseaba y rebuscó por toda la habitación hasta hallar dos mil dólares en uno de los cajones.

La barbarie continuó al día siguiente cuando sus sobrinos aún dormían y también fueron atacados cobardemente por su tío. Así fue como Amelia (13), Jackeline (7) Iván (17) y Diego (12). El drogadicto violó a la pequeña Amelia mientras agonizaba.

“Debía matarlos porque ellos extrañarían a sus padres y yo no podía permitirlo”, dijo el autor en el posterior juicio.

A pregunta sobre lo que hizo con el dinero robado, solo confirmó las sospechas de todos: que se lo había gastado en dr**as y tragos, en sus eternas noches de perdición. Todo quedó confirmado tras los exámenes de sangre que le hicieron.

La última víctima

El penúltimo capítulo de la insana historia de sangre se dio cuando se descubrió que él también era el responsable de la desaparición y muerte de un conocido comerciante de la zona por donde vivía, en el barrio Gregorio Albarracín.

La policía ya estaba investigando cuando la esposa del hombre de negocios llamado, Fidel Mina Mamani, les había contado que había visto a su pareja en compañía de Alex Maquera, mientras este trataba de venderle una nevera. Pero lo que realmente hizo sospechar a los agentes fue que durante el interrogatorio entró en más de una contradicción sobre el paradero del comerciante.

Mientras los peritos hacían su trabajo, el asesino comenzó un relato espeluznante. Luego de citar a Mina Mamani en su casa para cerrar la transacción comercial, comenzó una discusión que terminó el sujeto asestándole 40 martillazos.

Pero justo cuando ya iba a e empezar su macabra labor, llegó la policía y vio todo el lugar bañado en sangre.

Sería en este interrogatorio cuando también confesó los asesinaros de su mejor amigo y de su familia.

Encerrado por siempre

Luego de un corto juicio, que se resolvió con bastante facilidad, ya que el acusado reconoció todos los crímenes, Maquera Atencio fue condenado a cadena perpetua imputado por los delitos de homicidio calificado y violación. También se le obligó a pagar una reparación de 120 mil soles a los familiares agraviados.

Las crónicas policiales de las épocas señalan que mientras le leían su sentencia, el asesino se mostraba impávido, en silencio. Y cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con la sentencia solo atinó a decir “me reservo el derecho”.

No paró ni en prisión

Si alguien llegó a creer que con encerrarlo ya la sociedad se había librado de este psicópata, pues cometió un error. Y es que ni cumpliendo su cadena perpetua se calmó su sed muerte.

Un día, el 21 de agosto del 2019, mientras cumplía su castigo en el penal de Pocollay recibió la visita de la ecuatoriana Carmen Olmedo Moreno (41). Sin ningún motivo, a ella también la atacó con un ma****lo, le cortó el cuello y le mutiló los dedos.

Cuando estaba por descuartizarla, llegó a la celda otro reo identificado como Wilder Huanacuni (38) y, al ver la macabra escena, quiso huir a dar parte a los cuidadores, pero fue alcanzado por Maquera que le produjo diversas heridas punzocortantes que le provocaron la muerte horas después.

Ante esta situación, el fiscal Luis Sotomayor Saavedra, del Primer Despacho de la Fiscalía Provincial de Tacna, pidió que también se le aplique cadena perpetua por el delito de feminicidio.

Más tarde, el asesino fue trasladado al penal Ancón I o Piedras Gordas en Lima, en donde cumple su pena.

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