27/05/2026
LA CENICIENTA ENDEUDADA: Ensenada hipoteca su futuro por más de 400 millones
Mientras el Pacífico sigue golpeando las mismas rocasLas frías aguas del Pacífico tocan tierra en Baja California para llenarlas de vida y dinamismo. La Cenicienta del Pacífico, Ensenada, Baja California, peña de audaces paisajes con un mar lleno de diversidad. En Ensenada el mar no es lo único profundo; profundos también son los fosos de la depresión económica y la decadencia en la que se encuentra esta ciudad que alguna vez fue la reluciente joya de la corona en Baja California. Hoy esta joya necesita ser limpiada y pulida para restaurarse a su brillo original.A pesar de ser dueños de una de las gastronomías más variadas y reconocidas del país, de viñedos que enamoran al mundo y de una de las maravillas naturales más impresionantes de América Latina, Ensenada no ha podido despegar como verdadero atractivo turístico. Durante muchos años los gobernantes pusieron todas sus canicas en la apuesta segura de la Bufadora, ese ícono que ya no basta. Ahora, con la llegada de los influencers que documentan cada rincón de sus viajes —y aunque algunos son de Baja California—, han señalado sin anestesia lo que salta a la vista: a veces es mejor tomar la cartera y buscar otras latitudes antes que quedarse en Ensenada.Esta mañana, en rueda de prensa, la Presidencia Municipal a cargo de Claudia Agatón Muñiz expuso los detalles del refinanciamiento que supera los 400 millones de pesos: nuevo crédito fresco de alrededor de 450 millones más el reacomodo de otro pasivo por 410 millones, con pagos proyectados hasta 2046. Cifras presentadas con precisión quirúrgica, sonrisas protocolarias y la promesa de que todo está bajo control.Porque esto no es un refinanciamiento limpio. Es la confesión en voz alta de que la economía del municipio lleva años en decremento franco. El turismo se apaga como una fogata sin leña bajo la brisa del Pacífico: caídas del 40 al 50 por ciento en afluencia, hoteles con cuartos vacíos que parecen tumbas, restaurantes que bajan cortinas como quien cierra un capítulo y un centro de la ciudad donde los locales cerrados rondan el 30 por ciento. La movilidad se convierte en un laberinto que repele en vez de atraer. La infraestructura turística brilla por su ausencia: carreteras dignas que nunca llegan, un centro de convenciones que sigue siendo solo promesa, conectividad aérea insuficiente, saneamiento de aguas estancado y un manejo del recurso hídrico que parece diseñado para generar crisis en lugar de resolverlas.En el Valle de Guadalupe hay esfuerzos visibles por parte de los inversores privados para recuperar el pulso económico de la zona. Vinos que compiten en el mundo y proyectos que intentan mantener vivo el atractivo. Pero esos esfuerzos avanzan como barcos que reman contra la corriente, sin que la autoridad municipal les construya un puente sólido de apoyo real.En lugar de resolver las causas de fondo, se opta por la vía más corta y riesgosa: más deuda. Se hereda el elefante blanco del ISSSTECALI, se reduce nominalmente el monto y ahora se busca crédito fresco para tapar lo que antes se declaraba impagable. El resultado es comprometer hasta el 82 por ciento de las participaciones federales. No es una solución. Es como intentar apagar un incendio con más gasolina y luego pedir prestado para comprar otra manguera.En el futuro inmediato este refinanciamiento ofrece un respiro temporal, como un vaso de agua en pleno desierto. Permite algo de obra visible —bacheo, barredoras, espacios deportivos— que puede generar la sensación de movimiento en los próximos meses. Las mensualidades se diluyen y el flujo de caja se alivia en el corto plazo. Pero ese alivio tiene precio: mayor compromiso de deuda desde ya, menos margen para imprevistos y un presupuesto que empieza a apretarse en servicios básicos mientras se destinan recursos a cubrir los nuevos intereses.A largo plazo el panorama se oscurece como el horizonte en un día de tormenta sobre el Pacífico. Los pagos se extienden hasta 2046, hipotecando dos décadas de presupuesto municipal. Una economía local que no genera ingresos propios suficientes queda atada a transferencias federales usadas como garantía. Cualquier golpe externo —recesión nacional, problemas en el puerto, caída del turismo o fluctuaciones del dólar— deja al municipio con las manos atadas. El riesgo de insostenibilidad fiscal es alto: menos capacidad real de inversión en infraestructura turística, mayor dependencia y la posibilidad de que, si el turismo no repunta de verdad, el pago de la deuda termine comiéndose obras, servicios y hasta prestaciones.Esta decisión no surge en el vacío. Gobiernos anteriores dejaron la deuda laboral convertida en un monstruo. La actual administración no rompe el ciclo; lo extiende. El cabildo que aprueba o frena según conveniencia, la oposición que levanta la voz cuando le toca pero que tampoco ofreció alternativas sólidas, y una ciudadanía que sigue tolerando que se administre un municipio de más de medio millón de habitantes como si fuera caja chica familiar. Todos cargan, de una forma u otra, parte de esta deuda moral.Ensenada, la Cenicienta del Pacífico, merece más que seguir pateando los fosos hacia adelante como quien lanza una piedra al mar esperando que no regrese. La joya sigue opaca. Y mientras las olas golpeen las rocas con la misma fuerza de siempre, sin una pulida real, el brillo no volverá.El reloj sigue corriendo. Y la deuda también.