26/08/2026
Enrique Inzunza rompe con Morena, pero no con el Senado
En política, separarse de un partido puede presentarse como un acto de congruencia.
Pero también puede convertirse en una salida de emergencia.
El senador sinaloense Enrique Inzunza Cázarez anunció su separación del grupo parlamentario de Morena para continuar ejerciendo el cargo como legislador independiente.
Deja la bancada.
No deja el escaño.
Tampoco el salario, las facultades legislativas ni la protección constitucional asociada al cargo.
En su carta, Inzunza sostiene que tomó la decisión por “estricta convicción personal”, para desempeñar sus responsabilidades con apego a la Constitución y evitar que los señalamientos en su contra sean utilizados para desacreditar a Morena y a la llamada Cuarta Transformación. No lo corren, él se va.
También asegura haber sido víctima de una “feroz campaña de calumnias y diatribas” basada en acusaciones que considera falsas, dolosas y carentes de pruebas.
Tiene derecho a defenderse.
Y debe recordarse algo fundamental: una acusación no equivale a una sentencia.
Las autoridades estadounidenses han señalado a Inzunza por presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa. Él lo niega y sostiene que se trata de una persecución política derivada de sus denuncias sobre una supuesta intervención de agentes extranjeros en territorio mexicano.
Hasta que un tribunal determine lo contrario, conserva la presunción de inocencia.
Pero la presunción de inocencia no cancela la responsabilidad política.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Separarse de Morena no responde las preguntas que existen alrededor de su caso. Únicamente modifica el lugar desde el cual deberá enfrentarlas.
Inzunza afirma que abandona la bancada para proteger al movimiento.
Pero también lo hace después de varios meses de presión política, ausencias prolongadas del trabajo legislativo presencial y llamados para que solicitara licencia mientras se esclarecía su situación.
Según la información publicada, dentro de Morena ya se preparaba una discusión sobre su permanencia en el grupo parlamentario.
Por eso resulta inevitable preguntar:
¿Inzunza decidió irse o se adelantó a que lo expulsaran?
La diferencia importa.
Si su salida representa una decisión genuinamente personal, deberá demostrar que su independencia será también política y no solamente administrativa.
Si se trata de una separación negociada para disminuir el costo público que enfrenta Morena, entonces estaríamos ante una operación para cambiar las apariencias sin modificar el fondo.
Porque declararse independiente no significa romper necesariamente con el proyecto político al que se perteneció.
Puede seguir votando con Morena.
Puede acompañar sus iniciativas.
Puede conservar relaciones con sus antiguos compañeros.
Puede continuar defendiendo a la Cuarta Transformación desde una curul sin afiliación parlamentaria.
La etiqueta cambia.
La conducta todavía está por conocerse.
También llama la atención el argumento utilizado para conservar el escaño: que fueron los ciudadanos de Sinaloa quienes lo eligieron y que, por esa razón, tiene la responsabilidad de permanecer en el Senado.
Es parcialmente cierto.
Los votos pertenecen a los ciudadanos.
Pero precisamente por eso un cargo de representación popular no puede utilizarse como refugio personal.
Quien invoca el mandato de las urnas debe estar dispuesto a rendir cuentas ante quienes votaron por él.
No basta con decir que se representa al pueblo.
Hay que presentarse a trabajar, explicar las ausencias, transparentar la situación jurídica y responder con claridad a cada señalamiento.
No en videos cuidadosamente producidos.
No únicamente mediante cartas.
No detrás de frases sobre soberanía, persecución o ataques conservadores.
Ante las instituciones.
Ante los medios.
Y, sobre todo, ante la ciudadanía.
Enrique Inzunza compareció anteriormente ante la Fiscalía General de la República para declarar sobre los señalamientos formulados desde Estados Unidos. Ese procedimiento debe continuar bajo las leyes mexicanas, respetando sus garantías y evitando tanto la impunidad como la condena anticipada.
México no puede aceptar automáticamente todo lo que afirme un gobierno extranjero.
Pero tampoco puede desechar una acusación solamente porque afecta a un integrante del partido gobernante.
La soberanía no consiste en cerrar los ojos.
Consiste en que las autoridades mexicanas investiguen con seriedad, autonomía y pruebas.
Si las acusaciones son falsas, Inzunza merece que su nombre sea limpiado mediante una resolución institucional.
Si existen elementos que ameriten un proceso, debe enfrentarlo sin privilegios ni protección política.
Lo que no resulta aceptable es permanecer indefinidamente en una zona gris: suficientemente acusado para convertirse en un problema para Morena, pero suficientemente protegido para conservar intacto el cargo.
La salida de Inzunza también exhibe una contradicción del partido gobernante.
Durante meses, Morena defendió al senador o evitó marcar una distancia definitiva. Ahora que el costo político aumentó, la solución parece consistir en retirarlo de la bancada sin exigirle abandonar el Senado.
Así, el partido reduce parcialmente la presión.
El legislador conserva su posición.
Y la ciudadanía continúa esperando explicaciones.
Es una solución conveniente para casi todos, excepto para quienes quieren conocer la verdad.
Morena tiene derecho a decidir quién integra su grupo parlamentario.
Inzunza tiene derecho a defender su inocencia.
Pero los ciudadanos también tienen derecho a saber si esta separación constituye una ruptura real o simplemente un cortafuegos político.
Porque abandonar una bancada no elimina los señalamientos.
Cambiar de etiqueta no borra los antecedentes.
Y convertirse en senador independiente no convierte automáticamente a nadie en independiente del poder, de sus antiguos aliados ni de las responsabilidades acumuladas durante años de gobierno.
La verdadera congruencia no se demostrará con la carta de renuncia a Morena.
Se demostrará cuando Enrique Inzunza explique públicamente sus ausencias, presente su defensa, permita que las investigaciones avancen y cumpla plenamente con el trabajo para el cual fue elegido.
El Senado no debe ser refugio de nadie.
Tampoco tribunal improvisado.
Debe ser una institución donde la representación popular vaya acompañada de responsabilidad, transparencia y rendición de cuentas.
Enrique Inzunza rompió formalmente con Morena.
Ahora falta saber si también está dispuesto a romper con la opacidad.
Porque dejar un partido puede tomar una sola carta.
Recuperar la confianza pública requiere pruebas, explicaciones y la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.