31/12/2025
Sentado en el parador turístico (el que todos llaman “El Mosquito”, y que nadie conoce como el Parador Turístico Fernando Consag) el paisaje sigue siendo hermoso. Tan hermoso que casi duele. Nubes que prometen lluvia y no cumplen, viento de Santa Ana tibio, bicicleta apoyada sobre el muro de piedra y la falsa sensación de calma. Porque la calma, en Ensenada, ya es puro cuento.
¿En qué momento esta ciudad decidió acostumbrarse a la violencia? ¿Cuándo aceptamos como normal que haya más de tres asesinatos por semana y que la reacción sea un encogimiento de hombros? ¿En qué junta invisible se acordó que el cobro de piso fuera “parte del costo de poner un negocio” y no un cáncer que nos está carcomiendo vivos?
Los baches ya no son problema, son más un monumento a la negligencia. Ahí están, burlándose del ciudadano que paga impuestos y de la autoridad que cobra… pero no resuelve. El tejido social está roto, y nadie quiere admitirlo.
La autoridad presume operativos mientras detiene al que no trae cinturón y licencia, pero deja ir al que robó “porque no fue en flagrancia”. Al delincuente se le pide paciencia; al ciudadano, obediencia.
Extraño la Ensenada donde salir a comer era un plan, no un riesgo. Hoy uno se pregunta si el restaurante ya pagó piso, y si ese pago alcanza para que no entren a balazos mientras estás con tu familia. Si tus hijos van a recordar la cena… o el sonido de los disparos. Eso no es exageración solo es la nueva normalidad que nadie quiere nombrar.
Y aquí viene lo más incómodo, no todo es culpa del gobierno, pero el gobierno sí es el principal responsable. Porque para eso cobra, para eso manda, para eso promete. Y aun así, los ciudadanos también hemos caído en la comodidad del “así es Ensenada”, del “no te metas”, del “mientras no me toque”.
La ciudad puede regenerarse, sí. Pero no con discursos tibios, ni con posts de autoelogio, ni con ciudadanos agachados. Hay que salir de la zona de confort, señalar, exigir y participar.
Fotoperiodista Alejandro Zepeda