25/08/2026
Cuando el barrio rifa: graffiti, tags y la conquista de las calles
Por: Alberto Arreola
Hubo una época en la que las paredes hablaban. Bastaba caminar por cualquier barrio para encontrarse con nombres, letras, símbolos y firmas que parecían no tener sentido para cualquiera, pero que para quienes vivían en la esquina significaban identidad, respeto y pertenencia.
Entre finales de los años 80 y durante los 90, el graffiti comenzó a tomar una fuerza enorme en México. En Guadalajara, esta cultura se mezcló con una tradición barrial que ya utilizaba las pintas para marcar territorios y expresar la identidad de las pandillas. Después llegó con fuerza el tagger, influenciado por el graffiti y el hip hop que cruzaban la frontera y llegaban a través de la migración, la música, las revistas y los propios jóvenes que viajaban entre México y Estados Unidos.
El barrio se convirtió entonces en una especie de mapa. Cada nombre pintado tenía dueño, cada esquina tenía historia y cada grupo tenía sus códigos. Había barrios tranquilos, donde la pinta era simplemente una forma de decir “aquí estamos”, pero también existían rivalidades que podían terminar en pleitos cuando alguien tachaba o invadía las marcas de otro grupo.
En Guadalajara, los primeros años de los 90 representaron un verdadero boom. Los tags comenzaron a multiplicarse por las calles y posteriormente aparecieron nuevos estilos, crews y formas de intervenir la ciudad. Para muchos jóvenes, salir a pintar era aventura, amistad, adrenalina y, sobre todo, una manera de hacerse visibles en una ciudad que muchas veces no los escuchaba.
Y aunque durante años el graffiti fue visto únicamente como vandalismo, también terminó convirtiéndose en una de las expresiones culturales urbanas más importantes de varias generaciones. Algunos de aquellos jóvenes abandonaron las calles; otros se convirtieron en artistas, diseñadores, muralistas o simplemente conservaron aquella vieja pasión por el aerosol.
Hoy el graffiti sigue vivo. Cambiaron las herramientas, los estilos y las formas de hacerlo, pero permanece la necesidad de dejar una huella. Porque quizá eso fue, y sigue siendo, el graffiti: una manera de decirle a la ciudad “aquí estuve, aquí pertenezco y aquí tengo algo que decir”.
Las paredes cambian, los barrios también. Pero mientras exista una lata de aerosol y alguien con ganas de escribir su nombre, la calle seguirá teniendo voz.