30/03/2026
A los 14 años me quedé embarazada de un violador y mi hijo murió al nacer. Nadie me llevó al hospital.
Crecí en una granja de Mississippi con una abuela que me pegaba con una rama si no llevaba agua del pozo a tiempo.
Me vestía con sacos de patatas cosidos a mano y los niños blancos de la escuela me escupían al pasar.
Mi madre me envió a Nashville porque no podía mantenerme.
Allí, un primo, un tío, un amigo de la familia… la lista de hombres que abusaron de mí es larga.
Cuando escapé a los 17 para vivir con mi padre, él me dijo: “Oprah, la educación es tu única salida”.
Me presenté a un concurso de oratoria en la iglesia y gané.
Ese día entendí que mi voz podía ser un escudo.
En la radio, me dijeron que cambiara mi nombre porque “Oprah suena demasiado negra”.
Me negué.
En la televisión local de Baltimore, me despidieron porque “te involucras demasiado emocionalmente con los entrevistados”.
Me negué a cambiar también.
Cuando lancé “The Oprah Winfrey Show” en 1986, la cadena me advirtió: “No hables de abuso sexual, no hables de pobreza, no hables de tus orígenes. Eso no vende”.
El primer programa hablé de ello.
Y 20 millones de personas me vieron.
No me echaron. Me dieron un imperio.
Hoy tengo 70 años.
He entrevistado presidentes, santos y reyes.
He dado becas a miles de niñas que crecieron como yo.
Pero lo que más me emociona es cuando una mujer me para en la calle, me agarra la mano y me dice: “Oprah, gracias. Yo también sobreviví”.
El éxito no es dinero ni fama.
Es poder mirar atrás y ver que tus cicatrices se convirtieron en el mapa que otras personas usan para no perderse.
— Oprah Winfrey