25/05/2026
Hace poco tiempo trabajaba en el turno nocturno de una empresa. Una de mis tareas de cada madrugada era sacar los desechos acumulados en una tarima pesada, apoyándome con un patín hidráulico; tenía que maniobrar por una rampa larga y dejar todo perfectamente acomodado en la zona de recolección exterior.
Justo a un lado de la nave industrial estaban construyendo un enorme estacionamiento. Desde la rampa se alcanzaba a ver todo el terreno de la obra porque no había una pared sólida, sino una división alta de barrotes de fierro. Aquella madrugada eran las 5:00 de la mañana de un domingo. Estaba completamente oscuro y el frío calaba hondo mientras yo empujaba el patín por la rampa. En eso, de reojo, alcancé a percibir una silueta estática. Había un hombre parado del lado del estacionamiento en construcción, mirándome fijamente a través de los barrotes.
Me extrañó la hora, así que mientras acomodaba la tarima, volteé a verlo bien, de frente. La luz interna de la empresa lo iluminaba un poco: traía puestos unos pantalones de mezclilla, una chamarra blanca y un casco amarillo de constructor. No se movía, solo me clavaba la mirada en completo silencio. Esbozó una ligera mueca que me dio mala espina.
Sentí un escalofrío, así que subí la rampa a toda prisa para sacar lo que faltaba y busqué de inmediato al guardia de seguridad que estaba en la caseta interna.
—Oiga, hay un señor ahí raro, parado en la obra, mirando para acá —le dije, tratando de disimular el nerviosismo.
El policía se asomó, salió conmigo a la rampa y me miró con extrañeza.
—No, muchacha, no hay nadie ahí afuera. Son las 5 de la mañana y es domingo. Los trabajadores de aquí al lado no vienen hoy, la obra está cerrada bajo llave.
Me quedé fría, sentí un hueco en el estómago.
—¡No me diga eso! Yo lo vi clarito —le supliqué.
Salimos los dos a inspeccionar la línea de barrotes. El terreno de la construcción estaba completamente vacío, plano y lleno de tierra; no había estructuras terminadas ni materiales lo suficientemente altos donde un hombre pudiera esconderse o correr tan rápido sin que lo hubiéramos visto. Era físicamente imposible desaparecer en esos diez segundos.
El guardia mandó un reporte por radio para que revisaran el perímetro exterior, pero la respuesta de las otras casetas fue la misma: no había nadie en los alrededores. El policía, muy buena gente, notó mi cara de pánico y se quedó afuera conmigo, vigilando la barda, hasta que terminé de sacar todo. Al día siguiente pregunté a los encargados de la obra si alguien se había quedado a velar el domingo, pero me confirmaron que el lugar estuvo completamente solo. Todavía me pregunto a quién le estuve sosteniendo la mirada en la oscuridad.