Las Historias de Horror

Las Historias de Horror Bienvenido a el espacio donde volcamos todos nuestros miedos, donde compartimos historias horrorosas.

Hace poco tiempo trabajaba en el turno nocturno de una empresa. Una de mis tareas de cada madrugada era sacar los desech...
25/05/2026

Hace poco tiempo trabajaba en el turno nocturno de una empresa. Una de mis tareas de cada madrugada era sacar los desechos acumulados en una tarima pesada, apoyándome con un patín hidráulico; tenía que maniobrar por una rampa larga y dejar todo perfectamente acomodado en la zona de recolección exterior.
Justo a un lado de la nave industrial estaban construyendo un enorme estacionamiento. Desde la rampa se alcanzaba a ver todo el terreno de la obra porque no había una pared sólida, sino una división alta de barrotes de fierro. Aquella madrugada eran las 5:00 de la mañana de un domingo. Estaba completamente oscuro y el frío calaba hondo mientras yo empujaba el patín por la rampa. En eso, de reojo, alcancé a percibir una silueta estática. Había un hombre parado del lado del estacionamiento en construcción, mirándome fijamente a través de los barrotes.
Me extrañó la hora, así que mientras acomodaba la tarima, volteé a verlo bien, de frente. La luz interna de la empresa lo iluminaba un poco: traía puestos unos pantalones de mezclilla, una chamarra blanca y un casco amarillo de constructor. No se movía, solo me clavaba la mirada en completo silencio. Esbozó una ligera mueca que me dio mala espina.
Sentí un escalofrío, así que subí la rampa a toda prisa para sacar lo que faltaba y busqué de inmediato al guardia de seguridad que estaba en la caseta interna.
—Oiga, hay un señor ahí raro, parado en la obra, mirando para acá —le dije, tratando de disimular el nerviosismo.
El policía se asomó, salió conmigo a la rampa y me miró con extrañeza.
—No, muchacha, no hay nadie ahí afuera. Son las 5 de la mañana y es domingo. Los trabajadores de aquí al lado no vienen hoy, la obra está cerrada bajo llave.
Me quedé fría, sentí un hueco en el estómago.
—¡No me diga eso! Yo lo vi clarito —le supliqué.
Salimos los dos a inspeccionar la línea de barrotes. El terreno de la construcción estaba completamente vacío, plano y lleno de tierra; no había estructuras terminadas ni materiales lo suficientemente altos donde un hombre pudiera esconderse o correr tan rápido sin que lo hubiéramos visto. Era físicamente imposible desaparecer en esos diez segundos.
El guardia mandó un reporte por radio para que revisaran el perímetro exterior, pero la respuesta de las otras casetas fue la misma: no había nadie en los alrededores. El policía, muy buena gente, notó mi cara de pánico y se quedó afuera conmigo, vigilando la barda, hasta que terminé de sacar todo. Al día siguiente pregunté a los encargados de la obra si alguien se había quedado a velar el domingo, pero me confirmaron que el lugar estuvo completamente solo. Todavía me pregunto a quién le estuve sosteniendo la mirada en la oscuridad.

Tengo 22 años y el año pasado decidí viajar a Oaxaca con la única ilusión de conocer la famosa laguna de Manialtepec y s...
24/05/2026

Tengo 22 años y el año pasado decidí viajar a Oaxaca con la única ilusión de conocer la famosa laguna de Manialtepec y su espectacular bioluminiscencia. Sin embargo, el transporte se me complicó y llegué tardísimo al muelle. En las cooperativas me dijeron de mala gana que ya todos los botes turísticos habían salido hacía más de una hora. Estaba por darme la vuelta, completamente frustrado, cuando un lanchero local se me acercó y me ofreció llevarme a mí solo en su pequeña embarcación por 250 pesos. No me pareció nada caro con tal de no perderme el agua brillante, así que acepté sin pensarlo.
Nos adentramos en la laguna en una negrura total. El silencio era denso, interrumpido únicamente por el ronroneo del motor de la lancha. Estábamos buscando la mentada luminiscencia, moviendo el agua, pero la laguna parecía apagada. El lanchero, buscando un punto más profundo, apagó el motor y nos acercó lentamente hacia la orilla de una pequeña isla. En la penumbra, apenas alcancé a distinguir que estaba tupida de lo que parecían ser espinos, mangles secos o cactus extraños.
Fue en ese instante de calma total cuando los vi. Justo al ras del agua, donde las raíces de la isla se hundían en la laguna, aparecieron dos orbes luminosos. Eran dos ojos enormes, fijos, que apenas captaban de refilón la luz de la torreta de nuestra lancha.
El desconcierto me congeló el pecho. Al principio pensé en un cocodrilo, pero la distancia entre los ojos y la forma en que brillaban con un matiz casi humano me rompió toda la lógica. No se movían, no parpadeaban; simplemente emergían del agua, mirándome fijamente a través de la oscuridad, como si midieran mis movimientos.
Le hice una seña muda al lanchero, pero él, al ver los orbes, ni siquiera hizo el intento de alumbrar más. Con una calma fría y tensa que me asustó más que la propia mirada, encendió el motor en reversa y nos alejamos de ahí a toda prisa. No volvimos a hablar en todo el camino de regreso. No vi el agua teñirse de azul esa noche, pero me traje conmigo una duda espantosa que me quita el sueño: ¿qué era esa criatura que nos observaba desde la frontera de la luz?

Me llamo Sofía y esta historia nos pasó a mi mejor amiga, Valeria, y a mí cuando teníamos 13 años y íbamos en la secunda...
22/05/2026

Me llamo Sofía y esta historia nos pasó a mi mejor amiga, Valeria, y a mí cuando teníamos 13 años y íbamos en la secundaria. En ese tiempo nos encantaba la idea de llegar súper temprano a la escuela, casi estrenando la mañana, para poder desayunar con calma en las bancas antes de que se llenara el plantel. Mi rutina diaria era levantarme de madrugada y caminar a su casa para pasar por ella a las 5:45 de la mañana. La secundaria nos quedaba a unas cuantas cuadras, pero la ruta nos llevaba por una calle solitaria que corría paralela a un canal de aguas negras, justo a espaldas de la escuela. A esa hora de la madrugada, en total oscuridad y con la neblina flotando sobre el agua sucia, el ambiente ya de por sí se sentía pesado, pero nosotras íbamos platicando para ganarle al frío. Una mañana, el ambiente se puso extrañamente silencioso. De la nada, un lamento ahogado rompió el aire. Era una voz desgarradora, una mezcla de llanto y dolor que parecía venir directo desde el fondo del canal. Nos quedamos mudas. Al principio, la mente te juega bromas e intentas buscar una explicación lógica: pensamos que era un gato atrapado o el viento colándose por los ductos. Pero conforme dábamos un paso, el lamento se escuchaba más nítido y más cerca.
El desconcierto se transformó en un pánico puro. Sentíamos que si volteábamos a ver el agua negra, nos íbamos a encontrar con algo horrible. El verdadero terror comenzó cuando nos dimos cuenta de que para entrar a la escuela teníamos que cruzar el puente peatonal que atravesaba ese mismo canal.
La adrenalina nos disparó las piernas. Nos agarramos de la mano y empezamos a correr con el corazón golpeándonos en las costillas. Lo peor fue que, al correr sobre el puente, el lamento comenzó a escucharse justo debajo de nuestros pies, subiendo con una fuerza desesperada, como si esa cosa supiera que estábamos cruzando sobre ella. No volteamos. No quisimos ver nada.
Llegamos a la secundaria pálidas, sin aire y llorando del puro susto. Los prefectos nos vieron tan mal que nos llevaron a la dirección para calmarnos. Nunca supimos qué o quién lloraba en ese canal seco y podrido, pero el impacto psicológico fue tal que, desde ese bendito día, jamás volvimos a salir de casa antes de que saliera el sol.

Me llamo Carlos y tengo 34 años. En las vacaciones pasadas, mi esposa de 33 y mis dos hijos, de 6 y 9 años, íbamos de re...
21/05/2026

Me llamo Carlos y tengo 34 años. En las vacaciones pasadas, mi esposa de 33 y mis dos hijos, de 6 y 9 años, íbamos de regreso a casa. Viajábamos de Monterrey hacia Saltillo por la autopista; ya eran alrededor de las 11:00 de la noche. Íbamos tranquilos en nuestro carro. La noche estaba muy despejada, pero la boca de lobo de la autopista se sentía pesada.
Casi a la mitad del tramo, a mi hijo de 9 años le ganaron las ganas de ir al baño. Como todavía faltaba para llegar, decidí orillarme en una zona recta, prendí las intermitentes y bajé con él para que orinara a la orilla del camino.
Estábamos ahí, de espaldas a la carretera y de frente a la nada del desierto, cuando alcancé a percibir algo extraño arriba. Levanté la mirada hacia la inmensidad del cielo y me quedé frío. Detrás de los cerros, apareció un grupo de luces brillantes que viajaban en una fila india perfecta. No hacían ni un solo ruido. Mi hijo también las vio al mismo tiempo; se le olvidó por completo lo que estaba haciendo, me agarró de la chamarra y me apuntó al cielo con el dedo, completamente mudo.
Asombrado, le grité a mi esposa que bajara del carro con mi otro niño. Los dos salieron rápido del carro y se pararon junto a nosotros en el acotamiento. Nos quedamos los cuatro estáticos, congelados por el frío de la noche y por la impresión, viendo cómo esa hilera de luces avanzaba con una lentitud casi hipnótica. No parpadeaban como los aviones, ni dejaban estela como los meteoritos; se movían en formación, como si estuvieran flotando en perfecta sincronía por encima de las montañas.
Estuvimos así varios minutos, asimilando el silencio absoluto de la carretera, hasta que las luces, sin cambiar de velocidad, simplemente se desvanecieron una a una en el cielo profundo.
Nos subimos al carro sin decir una sola palabra. El resto del viaje a Saltillo se sintió larguísimo, envuelto en un desconcierto total. Al día siguiente le dimos mil vueltas al asunto buscando explicaciones lógicas de satélites o drones, pero la duda se nos quedó clavada para siempre. Hay cosas allá arriba que no se pueden explicar.

Me llamo Ariadna, tengo 41 años y soy ingeniera en una empresa transnacional muy grande aquí en El Salto, Jalisco. Por p...
21/05/2026

Me llamo Ariadna, tengo 41 años y soy ingeniera en una empresa transnacional muy grande aquí en El Salto, Jalisco. Por políticas de confidencialidad solo diré que su nombre termina en "mina". La planta es enorme; la entrada principal y los primeros estacionamientos dan de frente a la carretera a Chapala, pero yo laboro en las naves posteriores, específicamente en la sección marcada como la "8".
Mi turno normalmente termina a las 6:00 de la tarde. A pesar de la distancia, siempre me ha gustado dejar mi auto en el estacionamiento de enfrente, el que da a la carretera. Es una rutina mía: esos quinientos metros de caminata al final de la jornada me sirven como un ritual para despejarme, respirar y soltar el estrés del día, antes de manejar a casa.
Pero a mediados de diciembre de 2024, las cosas cambiaron. Un día salí cansadísima y mucho más tarde de lo habitual por culpa de las juntas de última hora de mi supervisor. Eran pasaditas de las 7:00 de la noche y en esa época del año el frío ya calaba y la oscuridad era total. El largo andador que conecta las naves traseras con el estacionamiento principal es un pasillo ancho; de un lado tienes la imponente pared de las naves industriales y, del otro, una enorme barda perimetral de concreto que mide varios metros de altura.
Iba caminando a paso firme, escuchando el eco de mis propios tacones contra el pavimento. De repente, levanté la vista hacia la cima de la gran barda y el desconcierto me frenó el paso. Justo en el borde superior, se asomaba una cabeza humana. Bueno, una parte: se alcanzaba a distinguir nítidamente desde la frente hasta la línea de los ojos, fija, estática, mirando hacia el interior de nuestra planta. Al principio sentí una duda muy lógica; pensé que sería algún guardia de seguridad o un trabajador de la empresa vecina que se había subido a una escalera por alguna reparación. "Qué raro", me dije, y seguí avanzando.
Pero a los pocos metros, el desconcierto se transformó en una punzada de extrañeza. Otra cabeza igual estaba asomada más adelante. En la misma posición exacta: solo los ojos rompiendo la línea del concreto, observando el andador. Sentí cómo se me erizaba la piel. Apuré el paso, con el corazón empezando a latir un poco más rápido. No había agresividad en sus gestos, no hacían ruido, no me gritaban nada... solo miraban.
A los siguientes metros, una tercera cabeza. Y luego otra.
Para cuando quise darme cuenta, había una hilera de miradas silenciosas distribuidas a lo largo de la barda, asomándose apenas lo suficiente para clavar sus ojos directamente en mi dirección. Hacia mí. El miedo escaló a una sensación de irrealidad espantosa. El silencio de la zona industrial hacía que todo pareciera una pesadilla congelada. Corrí los últimos metros sin quitarles la vista de reojo, sintiendo el peso de todos esos ojos invisibles escoltándome en la penumbra. Subí a mi coche, encendí el motor y salí de ahí temblando.
Ya ha pasado el tiempo y todavía le doy vueltas en la cabeza a esa noche de diciembre. No hubo violencia, nadie intentó saltar, nadie me amenazó. Pero el desconcierto absoluto me carcome: ¿Qué hacían tantas personas alineadas en lo alto, idénticas, estáticas, bajo el frío de la noche? ¿O es que acaso... ni siquiera eran personas lo que me estaba mirando desde el otro lado del muro? Dejé de caminar por ese andador a oscuras; hay silencios que vigilan demasiado.

Me llamo Sergio y tengo 37 años. Trabajo en el turno nocturno dentro del área de soporte técnico para una maquiladora ba...
20/05/2026

Me llamo Sergio y tengo 37 años. Trabajo en el turno nocturno dentro del área de soporte técnico para una maquiladora bastante grande aquí en Querétaro, metida en una de las naves de un parque industrial. Mi lugar está en la zona de oficinas; un espacio enorme, lleno de cubículos vacíos y escritorios apagados. En esa planta, los accesos son súper estrictos, todo se mueve con tarjeta magnética. En mi turno, de verdad que no hay nadie; a esa hora ni los de limpieza se paran por ahí. Es un silencio sepulcral, interrumpido solo por el zumbido de las computadoras y el aire acondicionado. Por lo general es una chamba tranquila, raya en lo aburrido. Hasta esa noche.
Serían como las dos de la mañana cuando me dieron ganas de ir al baño. El sanitario de hombres está a unos pocos metros de mi oficina. Entré; es de esos baños largos con azulejo blanco y cuatro cubículos privados. Como siempre que uno va al baño, caminé directo al del fondo para estar más cómodo, cerré la puerta con el pasador de metal y me senté a revisar el celular mientras pasaba el tiempo.
Habrán pasado dos minutos cuando, de la nada, escuché tres golpes secos en la puerta de mi cubículo. *Toc, toc, toc.*
Mi reacción en automático, sin despegar los ojos de la pantalla, fue gritar el clásico: "¡Está ocupado!"
Pasaron escasos dos segundos cuando volvieron a tocar, pero esta vez con muchísima más desesperación, unos golpes rápidos que hicieron vibrar la lámina de la puerta. Ahí ya me saqué de onda y contesté de mala gana, levantando la voz: "¡Que está ocupado, chingados!"
Y justo cuando terminé de decir esa frase, me cayó el veinte. Se me heló la sangre en las venas. No había nadie más en esa ala del edificio.Nadie podía entrar sin tarjeta, y yo era el único con acceso activo esa noche.
Antes de que pudiera procesar el pánico, aquello se desató. Empezaron a golpear la puerta con una violencia brutal, pero no era una sola persona; se escuchaba como si decenas de manos estuvieran azotando la lámina al mismo tiempo, arriba, abajo, y lo peor... también empezaron a golpear con saña las paredes de plástico de los lados. El ruido metálico y los huecos de los golpes eran ensordecedores.
Del puro terror me hice bolita sobre la taza del baño, subí los pies para que no se viera nada por debajo de la puerta y me tapé la cabeza con los brazos. Empecé a rezar con el corazón queriéndoseme salir del pecho, llorando de la impotencia mientras sentía que esa estructura de lámina se iba a caer sobre mí en cualquier momento. Eran demasiadas manos.
No sé cuántos segundos duró ese in****no, pero el miedo se me convirtió en pura adrenalina de supervivencia. Pensé que si me quedaba ahí atrapado, me iba a volver loco. Agarré todo el valor que me quedaba, me paré, le quité el pasador a la barda y abrí la puerta de un madrazo.
Salí hecho la mocha, corriendo como si me viniera persiguiendo el mismísimo diablo. No volteé atrás, ni para ver los espejos del lavabo. Llegué a mi escritorio barriéndome, agarré mi laptop con las manos temblorosas y corrí directo a las salidas de emergencia hasta llegar al comedor general de la planta baja, donde estaba la gente de producción. No le dije nada a nadie porque me iban a tirar de a loco, pero desde esa noche, si me anda del baño en la madrugada, prefiero caminar diez minutos hasta la otra nave antes que volver a entrar solo al baño de mi oficina.

Me llamo Mateo. Esto que te voy a contar me pasó cuando tenía 15 años, allá por el Estado de México. En ese tiempo vivía...
19/05/2026

Me llamo Mateo. Esto que te voy a contar me pasó cuando tenía 15 años, allá por el Estado de México. En ese tiempo vivíamos en una casa que ya tenía sus años, y a mí me tocaba compartir un cuarto chiquito, de esos que están hasta el fondo de la casa, con mi hermano menor, que tenía 14. Como el espacio estaba bien reducido, dormíamos en una litera; yo me gané la parte de arriba y él se quedaba abajo. Para que cupiéramos bien en la habitación, la litera iba pegada completita a la pared.
Una madrugada, me despertaron las ganas de ir al baño. Todo estaba bien pi**he oscuro y se sentía un frío pesado en el pasillo. Fui rápido, regresé al cuarto tanteando en las tinieblas para no darme un golpe y me trepé otra vez a la litera. Me acomodé de lado, dándole la espalda a la pared, y me tapé bien con las cobijas para volverme a dormir.
Apenas estaba agarrando el sueño cuando sentí clarito unas manos. Pero no creas que un rozón ligero, no; fueron unas manos heladas y con una fuerza brutal que me agarraron directo de la espalda. En un segundo, esa madre empezó a jalarme hacia la pared, como si el concreto me quisiera absorber o meter a la fuerza en el muro. El terror me congeló el cuerpo, pero del puro susto alcancé a soltar un gritote.
Con el ruidazo, mi hermano se despertó de golpe, asustadísimo. "¡Ayúdame, por favor, me están jalando!", le grité desesperado. En medio de la oscuridad, él estiró los brazos desde abajo, me agarró fuerte de las manos y empezó a tirar hacia él con todas sus fuerzas. Estábamos ahí los dos en las tinieblas, forcejeando y peleando a muerte contra lo que fuera que me tenía pegado a la pared.
En eso, se escuchó el azotón de la puerta; era mi papá que entró encabronado por el escándalo y encendió la luz del cuarto. En el preciso segundo en que el foco iluminó todo, esa fuerza me soltó de golpe. Como mi hermano seguía jalando con todo, me fui de largo y caí desde arriba de la litera hasta el suelo.
Mi papá nos puso una regañada de aquellas pensando que estábamos jugando a las luchitas a esa hora, pero mi hermano y yo estábamos temblando y pálidos. Al día siguiente, lo primero que hicimos fue despegar por completo la cama de la pared. Ya pasaron los años, pero desde esa noche, juro que nunca más he podido dormir pegado a un muro.

Cuántos estamos perdidos? 😂
18/05/2026

Cuántos estamos perdidos? 😂

Me llamo Camila, esto me pasó en el 2024, cuando recién había cumplido los 18 años. Era mi primer trabajo de verdad y ap...
18/05/2026

Me llamo Camila, esto me pasó en el 2024, cuando recién había cumplido los 18 años. Era mi primer trabajo de verdad y apenas llevaba dos meses jalando en una de las tiendas de ropa más famosas y grandes que están ahí en Portal Querétaro. La verdad al principio andaba bien emocionada con mi sueldo y mis descuentos de empleada, hasta que me tocó vivir esa noche.
Nos mandaron a hacer inventario general, de esos días pesados donde se te dan las 11 de la noche con la tienda ya cerrada, las cortinas metálicas abajo y tú sigues escaneando códigos de barras como loco. El centro comercial ya se sentía muertísimo, con ese eco medio lúgubre que dan los pasillos cuando apagan las luces principales. Conmigo se había quedado Héctor, un compañero que ya llevaba más tiempo ahí y que andaba en la zona de cajas subiendo datos al sistema.
A mí me tocó contar la mercancía de la sección de damas, mero adelante, justo donde están las tarimas principales llenas de maniquíes de exhibición. Esos maniquíes eran de los modernos: altos, estilizados, pintados de un gris mate y sin rostro, pero puestos en unas posturas bien de pasarela.

Empecé a contar las chamarras de mezclilla. Pasé junto al maniquí del centro, que claramente tenía los brazos cruzados y la cabeza inclinada hacia la izquierda. Fui a la bodega a traer otra caja de ganchos; no me tardé ni dos minutos. Cuando regresé a acomodar el estante, algo me brincó en la vista de reojo. Me le quedé viendo al maniquí gris. Seguía con los brazos cruzados, pero la cabeza ahora apuntaba derecho hacia el pasillo por el que yo venía caminando.
Sentí un escalofrío ligero, pero me sacudí la idea: "Ya estás alucinando por el sueño, Camila", me dije a mí misma.
Me puse a contar pantalones de espaldas a los aparadores. A los diez minutos, juro por mi vida que escuché un arrastre imperceptible en la tarima de madera, como cuando mueves un mueble pesado apenas un centímetro.
Me giré en chinga. El maniquí de la derecha, el que tenía una mano en la cintura, ahora tenía los dos brazos caídos a los costados, completamente relajados. Y el del centro... el del centro parecía tener los hombros ligeramente más inclinados hacia el frente. Hacia mí.

Andaba tan asustada que caminé rápido a las cajas donde estaba mi compañero.
—"Oye, Héctor, qué onda con los maniquíes de adelante... juro que se están moviendo, cambian de postura cuando me doy la vuelta"— le dije, con la voz bien cortada y los ojos bien abiertos.

Héctor ni se despegó de la pantalla de la computadora. Se soltó una risa burlona y me bateó bien gacho:
—"Ya, Camila, no empieces de alucinada. Son los reflejos de las luces parpadeantes y que ya traes el cansancio encima. Apúrate a terminar tu pasillo que ya me quiero ir a mi casa".

No me creyó absolutamente nada. Regresé a mi zona con un miedo terrible, pegada al celular y sin quitarle la mirada a las figuras grises. Terminé como pude el inventario esa noche, caminando de espaldas para no perderlos de vista ni un segundo.
Al día siguiente, en cuanto abrieron la oficina de recursos humanos, fui a entregar mi gafete. No me importó perder el bono ni que fuera mi primera experiencia laboral; tuve claro que no iba a regresar a pasar otra noche cuidando a esas cosas que se acomodaban a su gusto en cuanto parpadeabas.

17/05/2026

Alguna vez has visto algo que se asemeja a la parca? Pues los protagonistas de esta historia lo hicieron.

Esto me pasó en el año 2017, cuando tenía 26 años. En ese tiempo traía una chamba en el turno de la tarde y salir ya tar...
17/05/2026

Esto me pasó en el año 2017, cuando tenía 26 años. En ese tiempo traía una chamba en el turno de la tarde y salir ya tarde siempre era un rollo. El camión del transporte me venía dejando en Periférico Sur, siempre alrededor de las 11:50 de la noche, casi a la altura de Colón. Mi destino final era llegar a mi casa en Balcones de Santa María, todo esto en Guadalajara.
Para no rodear y aventarme toda la caminata larga por las avenidas, me sabía un atajo que me ahorraba un buen de tiempo. Me cruzaba el puente peatonal y subía por una colonia que, la verdad, estaba bien fea y pesada, sobre todo a esa hora donde ya no pasaba ni un alma. Pero uno de morro se le hace fácil y camina rápido. Ya para pasar de esa colonia a la mía, había una barda de concreto grandísima que separaba ambos barrios. La barda tenía un pequeño hueco, un boquete por el que apenas cabías agachado, y por ahí me pasaba todas las noches. Era un parote para ya llegar a descansar.
Una noche de esas, el camión me dejó puntual. Crucé el puente y me metí a las calles oscuras de esa colonia fea. Todo iba normal, un silencio total de esos que hasta calan, raro porque ni los perros de las azoteas estaban ladrando. Llegué a la barda de concreto, saqué la linterna del celular para no tropezarme con las piedras y me agaché para pasar por el boquete.
Cuando iba a meter la cabeza... lo vi del otro lado.
A escasos dos metros, justo donde terminaba el hueco, había un bulto. Al principio mi mente quiso registrarlo como un perro callejero negro, pero todo en ese animal estaba completamente mal. Estaba apoyado en cuatro patas, pero las coyunturas de las patas traseras se doblaban hacia adentro, de una forma grotesca, como si estuvieran rotas o al revés. No tenía pelo; la piel se le veía estirada, grisácea, pegada directo al hueso, y el cuerpo era larguísimo, demasiado largo para ser un perro.
Lo peor fue cuando sintió la luz de mi celular. No corrió, no me ladró, ni siquiera me gruñó. Lentamente giró el pescuezo hacia mí. No le brillaron los ojos con la luz como a los animales normales; eran dos cuencas oscuras, hundidas, pero sentías perfectamente cómo te clavaba una mirada pesadísima. De su hocico salía una respiración rítmica, pero no sonaba a jadeo... sonaba como el aire saliendo del pecho de un humano enfermo.
El miedo me congeló el cuerpo. Apagué la luz por puro instinto, me eché hacia atrás arrastrándome en la tierra y me quedé estático del lado de la colonia fea, con el corazón queriéndoseme salir del pecho. No escuché pasos, no escuché garras correr en el pavimento. Nada. Puro silencio.
Después de unos minutos que se me hicieron eternos, me asomé con pavor por el hueco. Ya no había nada, solo un olor raro, como a humedad podrida flotando en el aire. Esa noche, aunque moría de cansancio, le rodeé por toda la avenida iluminada. Nunca más volví a cruzar por ese boquete

Dirección

Guadalajara

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Las Historias de Horror publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Compartir