26/08/2026
Se las voy a contar tal como la viví, porque todavía se me enchina la piel nada más de acordarme.
Esto fue hace como dos años, en la casa de mis papás, allá por Fresnillo, Zacatecas. Me quedé a cuidar la casa un fin de semana que ellos salieron de viaje. Como a las cuatro de la mañana yo seguía despierto, editando unos videos en la laptop, con toda la casa a oscuras menos la luz de la pantalla.
De repente oigo que tocan la puerta de la entrada, la de madera. Toc, toc, toc. Bien clarito. Y aquí está la cosa: para llegar a esa puerta primero hay que abrir el portón de metal que da a la calle, y ese portón tiene un candado y unas bisagras que rechinan bien feo, se alcanzan a oír hasta la otra cuadra. Yo no oí nada de eso. Ni el candado, ni las bisagras, nada. Nomás los toquidos, como si la persona ya estuviera parada justo enfrente de la puerta.
Me quedé quieto, con el corazón que se me quería salir. Y entonces oigo una voz. Bajita, como un susurro, diciendo mi nombre: "Iván... Iván..."
Ahí fue cuando se me heló todo, porque reconocí esa voz. Era la de mi hermano Beto. Pero mi hermano vive en Estados Unidos desde hace seis años, no ha vuelto ni una sola vez. Y lo más raro: la voz no venía de la puerta, de donde tocaban. Venía de más lejos, como del fondo del patio, de donde está el limonero. O sea, el golpe y la voz no cuadraban, no podían ser la misma persona.
No abrí. No hice ni ruido. Me quedé ahí, paralizado, viendo la pantalla sin ver nada.
Se repitió dos veces más esa madrugada. Mismo toquido, mismo susurro, siempre desde un ángulo distinto del patio. La última vez la voz sonó pegadita a la ventana de mi cuarto, ya no en el patio.
Al otro día revisé el portón. Seguía con el candado puesto, tal cual lo había dejado la noche anterior. Pero había tierra fresca, como de pisadas, nada más frente a la puerta de madera. No en el pasto, no cerca del portón. Solamente ahí.
Todavía no le he contado a mi hermano lo que pasó esa noche. Y la verdad, no sé si algún día se lo voy a contar.