Martin Alejandro Rangel González

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07/06/2026

El Secreto de Luis y la Montaña Dorada



Había una vez, en un pueblo rodeado de montañas verdes y ríos de agua clara, un niño llamado Luis.

Tenía 8 años, ojos grandes y brillantes como dos estrellas, y el corazón más bondadoso de todo el lugar. Luis vivía en el Orfanato San José, una casa vieja y un poco desgastada donde vivían él y otros veinte niños más.



La directora, la señora Marta, era muy buena y cariñosa, pero siempre tenía el ceño fruncido de preocupación.

El dinero apenas alcanzaba para lo más necesario. A veces, la comida era muy poca: solo un poco de arroz o frijoles al día.

Las camas eran viejas, con colchones delgados que se sentían como dormir sobre el suelo, y los juguetes eran cosas que ellos mismos fabricaban con palos, trapos o cajas de cartón.



Un día, todo cambiará les decía la señora Marta con una sonrisa triste, aunque en el fondo ella misma dudaba que eso fuera posible.



Luis amaba caminar por el bosque que estaba detrás del orfanato. Le gustaba escuchar a los pájaros, observar las hormigas trabajar y recoger piedras de colores que encontraba en el suelo.

Soñaba con poder hacer algo grande para ayudar a sus amigos. Quería que nunca tuvieran hambre, que tuvieran camas suaves, ropa nueva y muchos juguetes con los que jugar.



Una tarde de verano, mientras buscaba piedras bonitas para su colección,

Luis se adentró un poco más de lo habitual. Llegó a una montaña que tenía la roca de un color extraño: era gris, pero con vetas que brillaban bajo el sol como si fueran rayos de luz atrapados en la piedra.



¡Qué piedras tan hermosas!

exclamó Luis, acercándose con curiosidad.



Se sentó en el suelo y comenzó a escarbar con una pequeña varita que llevaba siempre en su bolsillo.

De repente, la tierra se movió y se desprendió un pedazo grande de roca. Al caer, reveló una grieta profunda y oscura. Luis sintió un poco de miedo, pero también mucha curiosidad. Sacó de su mochila una linterna pequeña y, con mucho cuidado, se asomó.



Lo que vio lo dejó sin aliento.

Las paredes de aquella pequeña cueva brillaban intensamente. No era solo brillo de luz

¡era oro! Montones de piedras y rocas con vetas gruesas y brillantes del metal más valioso de todos. Luis no lo podía creer: había encontrado una mina de oro.



Pero Luis no pensó en el oro como algo para él solo. En su cabeza inmediatamente aparecieron las caras de sus amigos, las camas viejas, el plato de comida a medio llenar, la ropa rota.



¡Esto es para todos!

dijo en voz alta, con los ojos llenos de emoción.

¡Ahora sí, ahora sí podremos tener todo lo que necesitamos!



Corrió tan rápido como sus piernas le permitieron de regreso al orfanato. Entró gritando, casi sin poder respirar:



¡Señora Marta! ¡Amigos! ¡Vengan, tengo que mostrarles algo increíble!



Todos salieron corriendo, pensando que le había pasado algo malo o que había visto un animal salvaje.

Cuando Luis los llevó hasta la montaña y les mostró la grieta brillante, la señora Marta se llevó las manos a la boca, temblando de emoción y sorpresa.



¡Es oro, Luis!

Dijo ella con voz entrecortada.

¡Es muchísimo oro!



Pero la señora Marta era muy prudente. Le explicó a Luis que no podían sacarlo todo de golpe, ni decirle a cualquiera, porque había gente mala que podría querer quitarles su tesoro.

Así que fueron a hablar con el alcalde del pueblo, un hombre justo y bueno que siempre había ayudado al orfanato.

Él les ayudó a hacer los papeles correctos y contrató a trabajadores responsables para sacar el oro de forma segura y ordenada.



Poco a poco, el oro fue saliendo de la montaña.

Con el primer dinero que recibieron, la señora Marta hizo lo primero que Luis pidió:

Llenar la despensa. Llegaron camiones cargados de arroz, frijol, leche, huevos, frutas, verduras, carne y dulces.

Por primera vez en mucho tiempo, los niños comieron hasta quedar satisfechos, y la cocina siempre tuvo comida de sobra.



Luego, empezaron las mejoras.

Llegaron carpinteros y albañiles para arreglar el techo y las paredes. Se compraron camas nuevas, grandes y cómodas, con colchones suaves y almohadas mullidas.

Cada niño tuvo su propio espacio, con sábanas limpias y edredones calientitos para las noches frías.



Después, llegaron las cosas que más ilusión les hacían a todos: juguetes, libros y juegos. Llegaron camiones llenos de pelotas, muñecos, rompecabezas, pinturas, lápices de colores, cuentos y hasta instrumentos musicales.

Se construyó un gran patio de juegos con columpios, resbaladillas y un arenero enorme.

También se hizo una biblioteca llena de historias maravillosas y un salón de clases nuevo, con pizarras y pupitres cómodos.



Incluso pudieron tener ropa nueva y bonita para cada uno, zapatos resistentes y abrigos para el invierno.

Se contrataron maestros, doctores y cocineros para cuidar de ellos y enseñarles muchas cosas.



El orfanato San José ya no era el lugar viejo y triste de antes. Ahora era una casa grande, alegre, llena de luz, risas y calorcito. Pero lo más bonito de todo era que nunca olvidaron quién había hecho posible ese cambio.



Todos los días, los niños abrazaban a Luis y le daban las gracias.

Pero Luis siempre decía, con esa sonrisa humilde que tenía:



Yo solo encontré la montaña.

El verdadero tesoro es que estamos todos juntos y que ahora somos felices.



Pasaron los años, y la mina siguió dando oro por mucho tiempo, lo que permitió que el orfanato creciera y ayudara a más niños que llegaban necesitando un hogar.

Luis creció, se convirtió en un hombre sabio y generoso, y siempre se encargó de que el dinero se usara para el bien de todos, tal como lo había soñado aquel día en el bosque.



Y así, gracias al corazón noble de un niño pequeño, una montaña guardó el secreto más hermoso: que la mayor riqueza del mundo no es el oro, sino compartir lo que tienes con quienes amas.



Fin....

Martin Alejandro Rangel Gonzalez




Fox

muchas felicidades ❤️
10/05/2026

muchas felicidades ❤️

10/05/2026

El pequeño Dani y El Regalo

Había una vez un niño llamado Dani, que vivía en una casita pequeña con su mamá. Desde que tenía memoria, para él ella era lo más grande y bonito del mundo: la que le curaba las rodillas raspadas, la que le cantaba para dormir, la que siempre tenía una sonrisa aunque estuviera cansada de trabajar todo el día.

Meses antes, cuando vio en la escuela un dibujo de un corazón con la palabra “Mamá”, Dani empezó a contar los días en su cuaderno. Marcaba cada fecha con un lápiz de colores, esperando con el corazón a mil por hora el Día de la Madre. Él sabía que no tenía dinero para regalos caros, así que preparó todo con sus propias manos: dibujó un paisaje con flores que él mismo inventó, guardó en una cajita de zapatos unas piedras brillantes que encontró en el parque, y aprendió de memoria un poema corto que repitió mil veces frente al espejo para no equivocarse.

La noche anterior, casi no pudo dormir de la emoción. Se levantó muy temprano, antes de que saliera el sol, arregló su regalo con mucho cuidado y se sentó en el borde de su cama, esperando a que ella despertara. Cuando por fin se abrió la puerta y su mamá asomó la cabeza, él corrió a abrazarla, le dio su cajita y recitó su poema con la voz temblando de alegría.

Al ver las lágrimas de emoción en los ojos de su mamá, Dani entendió algo muy importante: lo que más vale no es lo que se compra, sino todo el amor que se pone en lo que se hace. Para él, ese día fue el más feliz de todos, porque pudo demostrarle a la persona que más quería cuánto la amaba.

Martin Alejandro Rangel Gonzalez
Guadalupe Nuevo León
Colonia Díaz Ordaz

06/05/2026

EL ABRAZO QUE VINO DEL CIELO

El calendario marcaba 10 de mayo. Para el mundo era una fecha más, una fecha de celebración, de flores y de comidas familiares. Pero para mí, Martín, este año era diferente. Este año, el 10 de mayo tenía un sabor amargo, un color gris. Era el primero. El primero sin ella.



Caminaba por la casa y todo parecía estar en su lugar, pero a la vez todo estaba vacío. Los muebles, las fotos, el olor de la cocina... todo gritaba su ausencia. Me senté en el sofá, mirando hacia la puerta, como si en cualquier momento ella fuera a entrar con esa energía que la caracterizaba, con esa sonrisa que lo arreglaba todo.



"¿Cómo voy a pasar este día?", pensé. "¿Cómo se festeja a quien ya no está físicamente?". Sentía un n**o en la garganta y un peso en el pecho que me costaba trabajo respirar. La noche anterior había sido larga, llena de recuerdos que venían y se iban como películas en mi mente. Prometí que sería fuerte, pero la verdad es que me sentía pequeño, muy pequeño, como un niño que se pierde en la multitud y busca la mano de su mamá para sentirse seguro.



De repente, algo cambió. No fue un ruido fuerte, ni una luz cegadora. Fue algo más sutil. El aire en la habitación se volvió más cálido, más denso, pero de una forma agradable. Sentí una paz que no había sentido en meses, una calma que parecía envolverme como una manta suave.



Cerré los ojos por un instante, no por sueño, sino por necesidad. Y entonces, la sentí. No la vi con mis ojos, pero la vi con mi alma.



Estaba ahí. Su presencia era inconfundible. Sentí que se sentaba a mi lado, justo donde siempre lo hacía. Podía percibir esa energía maternal, esa protección que solo ella sabía darme. Sentí como si sus manos, suaves y conocidas, acariciaran mi cabeza y me dieran palmaditas en la espalda, diciéndome sin palabras: "Ya no llores, m'hijo, aquí estoy".



Me susurró al oído, no con sonido, sino con sentimiento:

"Vine a verte.

Sabía que hoy me necesitabas. No me fui del todo, solo cambié de casa, pero mi amor sigue aquí, pegadito a tu corazón. No estás solo. Nunca lo estarás. Todo lo que te enseñé, todo lo que te di, sigue vivo en ti.

Yo soy parte de ti y tú eres parte de mí".



Le quise contestar, le quise decir cuánto la extrañaba, cuánto dolía no poder abrazarla, pero ella me entendió antes de hablar.

"El dolor es normal, es el precio que se paga por amar tanto. Pero recuerda: yo estoy bien. Y quiero que tú estés bien. Sonríe por mí, porque tu sonrisa es la luz que me ilumina desde aquí".



Sentí un abrazo tan fuerte, tan real, que sentí que me despertaba algo dentro.

Era su amor viajando desde el más allá, cruzando fronteras que el cuerpo no puede ver, pero que el espíritu siente perfecto. Estuvo conmigo todo el día, en cada respiro, en cada recuerdo, en cada silencio.

No estaba físicamente para recibir un regalo o una flor, pero estaba ahí para recibir mi amor, mi gratitud y mi respeto.



Cuando la sensación se fue desvaneciendo poco a poco, me quedé sentado, pero ya no estaba triste. Había una melancolía dulce, una paz profunda. Me di cuenta de que la muerte no es el final, solo es un cambio de dirección. Ella sigue viva en mis actos, en mis valores, en la forma en que veo la vida.



Hizo el viaje desde el infinito solo para decirme: "Feliz 10 de mayo a ti también, porque tú eres mi obra más grande".



Para todas las madres y abuelas que brillan en el cielo:

Hoy, su nombre se pronuncia con un suspiro y una sonrisa.

No se fueron, simplemente se adelantaron. Son nuestras estrellas guía, nuestras guardianas. Su amor no tiene fecha de caducidad,

sigue latiendo en nuestros corazones y nos acompaña a cada paso. Gracias por haber sido nuestro todo, por haber dado la vida y por seguir cuidándonos desde la eternidad. Las llevamos tatuadas en el alma.



Para todas las mamás que hoy están físicamente con nosotros:

Aprovéchense. Bésenlas, abrácenlas, díganles cuánto las aman.

No esperen a mañana, porque su presencia es el regalo más grande que tenemos.

Que no falten las palabras bonitas, los detalles y el cariño, porque ellas son el pilar de nuestras vidas.



Y a las mamás primerizas:

¡Bienvenidas al amor más puro y valiente del mundo!

Hoy empiezan a escribir su propia historia, a dejar su huella en el corazón de un ser pequeño que depende de ustedes para todo. Que este primer 10 de mayo sea el inicio de una vida llena de amor, aprendizajes y momentos inolvidables.



¡Feliz Día de las Madres a todas! Porque ser madre es un estado del alma que dura para siempre.

Feliz día de las madres..….


Martin Alejandro Rangel Gonzalez

Guadalupe Nuevo León

El Silencio que Sobró Luis tenía veinticinco años, pero parecía que nunca terminaba de crecer. Vivía con su padre, don A...
04/05/2026

El Silencio que Sobró



Luis tenía veinticinco años, pero parecía que nunca terminaba de crecer. Vivía con su padre, don Andrés, en una casa que antes había sido cálida y llena de risas, pero que ahora se sentía grande y vacía.



Hacía tres años que doña Carmen, la madre, había partido. Una enfermedad lenta y dolorosa se la llevó, dejando a padre e hijo solos frente al mundo. Pero mientras don Andrés intentaba recomponer su corazón y seguir trabajando para mantener el hogar, Luis parecía haberse perdido en el camino.



Papá, préstame dinero, se me rompió el coche decía Luis, con la mirada esquiva.

Papá, tuve un problema con la ley, necesito que me ayudes a salir de esto.

Papá, no me regañes, ya soy mayor de edad, yo sé lo que hago.



Y don Andrés, con el alma cansada y las manos arrugadas por el trabajo, siempre sacaba de donde no había para ayudarle. Siempre perdonaba, siempre cubría sus errores, siempre cerraba la puerta para que nadie viera la vergüenza.



Hijo, por favor le decía con voz ronca y débil , la vida no es fácil. Tu madre nos mira desde arriba y quiero que se sienta orgullosa. Ya madura.



Pero Luis no escuchaba. Seguía llegando tarde, gastando mal, metiéndose en líos que su padre tenía que resolver con sudor y lágrimas. Para él, su padre era como una pared sólida que siempre estaría ahí, inquebrantable, lista para sostenerlo caída tras caída.



Un martes por la mañana, don Andrés no se levantó. El cansancio acumulado, las preocupaciones y una enfermedad silenciosa que había estado creciendo en su pecho finalmente pudieron más.



Luis lo encontró en su cama, con las manos cruzadas y una expresión de paz, como si por fin hubiera encontrado el descanso que tanto merecía.



En ese primer momento, Luis sintió un alivio extraño, casi egoísta: "Bueno, ahora ya nadie me va a estar regañando. Nadie me va a pedir cuentas. Seré libre".



Pero la libertad sabía amarga.



Pasaron las semanas. La casa se quedó en silencio, un silencio que dolía en los oídos.



Luis intentó seguir con su vida, pero todo fallaba.



Cuando tuvo un problema económico, miró al cuarto de su padre y recordó que ya no había nadie que le prestara.



Cuando tuvo un problema legal, sintió pánico, porque ya no estaba esa voz firme que llamaba para arreglar las cosas.



Por las noches, el frío de la casa era insoportable. Extrañaba el olor a café por las mañanas, extrañaba los periódicos en la mesa, extrañaba incluso los regaños.



Una tarde, lloviendo, Luis se sentó en la vieja silla donde siempre estaba su padre. Empezó a recordar:



"Cuántas veces le grité. Cuántas veces le hice sentir inútil. Cuántas veces le rompí el corazón sabiendo que él ya estaba herido por la muerte de mamá".



Se dio cuenta de que su padre no era un banco, ni un policía bueno, ni un sirviente. Era un hombre que había dado todo lo que tenía, hasta su última gota de energía, por amor a un hijo que no supo valorarlo hasta que fue demasiado tarde.



¡Papá! lloraba Luis golpeándose el pecho . ¡Perdóname! ¡Regresa, por favor! Yo voy a cambiar, yo voy a ser bueno... ¡Papá, te necesito!



Pero las paredes solo le devolvían el eco de su llanto.



Luis comprendió entonces una verdad terrible y hermosa: Los padres no son eternos. Que aunque seamos grandes, ellos siempre serán nuestro refugio. Y que el amor no se demuestra cuando los necesitamos para arreglar nuestros errores, sino cuando los cuidamos y respetamos mientras están con vida.



Ahora, Luis es un hombre diferente. Camina derecho, trabaja honradamente y cuida la casa como un tesoro. Pero en sus ojos siempre hay una tristeza profunda, porque sabe que tiene el mundo entero, pero ya no tiene a la persona que más le amaba en el mundo.

esta historia de dolor y aprendizaje se ha acabado valora y cuida a tus padres porque un día....



Fox
Así es un día ya no los tendrás contigo
Martin Alejandro Rangel Gonzalez

03/05/2026

¡Un saludo a mis nuevos seguidores! ¡Estoy feliz de que me sigan! Lidia Martinez, Khan Baloch

La Hormiga y la Oruga En un jardín muy verde y lleno de flores, vivía una pequeña hormiga llamada Lola. Era muy trabajad...
11/04/2026

La Hormiga y la Oruga

En un jardín muy verde y lleno de flores, vivía una pequeña hormiga llamada Lola. Era muy trabajadora y siempre iba de un lado a otro cargando cosas para su hormiguero.

Un día, mientras caminaba por una hoja grande y verde, escuchó un suspiro muy bajito.

—¡Ay, ay, qué pesado es caminar! —decía una vocecita.

Lola se acercó y vio a una oruga llamada P**a, que tenía muchas patitas pero se sentía muy lenta y cansada para subir a la rama más alta donde estaba la comida más rica.

—¿Te puedo ayudar? —preguntó Lola con mucha amabilidad.

—Gracias —dijo P**a—, pero yo soy muy lenta y tú vas muy rápido.
—No importa —sonrió la hormiga—, podemos ir juntos al mismo paso.

Y así comenzó su amistad.

P**a era muy buena trepando y subiendo por las ramas delgadas donde Lola no podía llegar. Desde arriba, le avisaba:
—¡Lola, por aquí hay muchas hojas frescas! ¡Mira, allá abajo hay gotitas de agua para beber!

Y Lola, que era muy fuerte y rápida, ayudaba a P**a cuando tenía que cruzar por lugares difíciles o cuando el viento soplaba muy fuerte.
—¡Agárrate fuerte, P**a! Yo te guiaré por el camino seguro —decía Lola.

Un día, una lluvia fuerte amenazaba con mojarlas. P**a, con su cuerpo flexible, se escondió bajo una flor grande y le hizo espacio a su amiga. Se quedaron ahí juntitas, platicando y riendo, esperando a que saliera el sol.

Pasaron los días y se volvieron inseparables. La hormiga aprendió a tomarse su tiempo y disfrutar el paisaje, y la oruga aprendió que no importa ser lenta si tienes a alguien que te espera.

Un día, P**a comenzó a construir su casita de seda, un capullo, para descansar. Lola se sentía un poco triste porque no la vería por un tiempo, pero le prometió cuidar el lugar mientras ella dormía.

Cuando P**a despertó, ya no era una oruga... ¡se había convertido en una hermosa mariposa de alas coloridas! 🦋

Y aunque ahora P**a podía volar muy alto y Lola seguía caminando por el suelo, seguían siendo las mejores amigas. La mariposa bajaba a saludarla y la hormiga le contaba todas las noticias del jardín.

Así aprendieron que no importa lo diferentes que seamos, ni cómo nos movamos, lo importante es ayudarse y quererse siempre.

Y colorín colorado, esta amistad no se ha acabado. 🐜✨🦋



✍️ Autor: Martin Alejandro Rangel Gonzalez


Fox

El zorrillito que regalaba sonrisasEn un claro del bosque vivía un pequeño zorrillo llamado Luno. No era como los demás:...
08/04/2026

El zorrillito que regalaba sonrisas

En un claro del bosque vivía un pequeño zorrillo llamado Luno. No era como los demás: en lugar de andar siempre con miedo de que lo rechazaran por su olor, él llevaba una sonrisa tan grande que iluminaba hasta los días nublados.

Cada mañana, Luno despertaba con la idea de inventar un nuevo juego. A veces saltaba entre las hojas secas para hacerlas volar como mariposas; otras, se escondía detrás de los troncos y esperaba a que sus amigos lo encontraran. Su risa era contagiosa, y pronto ardillas, conejos y hasta pájaros bajaban a jugar con él.

Un día, el bosque entero parecía triste: la lluvia no paraba y los animales se refugiaban en silencio. Luno, decidido a cambiar el ánimo, salió con una ramita que usó como batuta y comenzó a dirigir una “orquesta de gotas”. Cada gota que caía sobre las piedras, las hojas y los charcos se convirtió en música. Los demás animales, curiosos, se acercaron y terminaron cantando juntos bajo la lluvia.

Desde entonces, todos comprendieron que la sonrisa de Luno era más poderosa que cualquier miedo. El pequeño zorrillo había enseñado que la alegría, cuando se comparte, transforma hasta los días más grises en momentos inolvidables.

Martin Alejandro Rangel Gonzalez Autor Guadalupe Nuevo León México


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