08/06/2026
Hace años tomé una decisión que muchos no entendieron. Decidí alejarme, pero no de Dios, no de Jesús y tampoco de su Palabra. Me alejé de un sistema religioso que me había hecho creer que mientras cumpliera ciertas funciones, asistiera a ciertos eventos y ocupara ciertos espacios dentro de una estructura, entonces estaba agradando a Dios.
Durante mucho tiempo pensé que servir era sinónimo de estar ocupado. Que mientras más actividades realizara, más espiritual era. Pero poco a poco comencé a notar algo: muchas personas conocían perfectamente el sistema, pero conocían muy poco a Jesús. Sabían cómo comportarse dentro de una reunión, pero no necesariamente cómo amar al prójimo. Sabían servir dentro de cuatro paredes, pero pocas veces servían fuera de ellas.
Entonces empecé a leer los evangelios con otros ojos. Descubrí que Jesús nunca vino a establecer una religión basada en actividades constantes. Vino a reconciliarnos con el Padre. Caminó con personas comunes, compartió mesas, visitó hogares, ayudó a los necesitados y enseñó que el amor era el centro de todo.
Fue ahí cuando entendí que una persona puede estar muy involucrada en un sistema religioso y al mismo tiempo estar lejos del corazón de Dios. Y también puede ocurrir lo contrario: alguien puede no encajar en las estructuras tradicionales y, sin embargo, estar caminando muy cerca de Jesús.
No abandoné mi fe. No dejé de creer. No dejé de orar. No dejé de amar la Palabra. Lo que dejé atrás fue la idea de que Dios está más impresionado por nuestras actividades que por nuestro corazón.
Hoy sigo creyendo que la iglesia es el pueblo de Dios, pero también creo que Jesús vino a darnos algo mucho más grande que una agenda religiosa: vino a darnos una relación viva con Él.