13/12/2025
Cada año, en pleno siglo XXI, miles de personas mueren acusadas de algo que no existe.
No ocurre en la Edad Media.
No ocurre en libros antiguos.
Ocurre ahora.
En varias regiones del África subsahariana —como Malawi, Tanzania, Kenia y partes de Sudáfrica— más de dos mil personas son asesinadas cada año tras ser señaladas como “brujas”. Entre 2009 y 2019, se registraron al menos veinte mil muertes vinculadas a estas acusaciones. Y aun así, se sabe que la cifra real es mayor: muchos casos jamás llegan a los registros oficiales.
Las víctimas suelen ser mujeres, ancianos y niños. Personas pobres. Personas solas. Personas diferentes.
Basta una enfermedad, una conducta extraña, una disputa familiar o una desgracia colectiva para que alguien sea marcado.
La acusación llega rápido.
La multitud también.
En aldeas aisladas, lejos de hospitales y educación básica, los trastornos mentales se confunden con “posesión”. La epilepsia, la esquizofrenia o la demencia se interpretan como señales malignas. Y lo que debería tratarse con atención médica termina convertido en castigo físico, expulsión o muerte.
Paradójicamente, muchas de estas comunidades son profundamente religiosas. La fe, en lugar de erradicar el miedo, a veces lo canaliza. La violencia ya no se justifica como tradición tribal, sino como “purificación”, “liberación” o “protección del grupo”. El resultado es el mismo: vidas destruidas en nombre de una amenaza invisible.
No hay hogueras públicas ni tribunales oficiales.
Solo rumores.
Solo miedo.
Solo silencio después.
Hablar de estos crímenes no es atacar una cultura, ni una religión, ni un continente. Es señalar una realidad incómoda: cuando la ignorancia, la superstición y la desesperación se combinan, la justicia desaparece, y las personas más vulnerables pagan el precio más alto.
Mientras lees estas líneas, en algún lugar del mundo alguien está siendo acusado de algo que no puede defenderse. Y eso nos obliga a una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿De qué sirve el progreso global si aún permitimos que el miedo decida quién merece vivir?