21/10/2025
DE LUTO
Dejar ir, decir adiós, es doloroso. No hay forma de evitar esta etapa del proceso. Por eso se conoce como "duelo". Las condiciones en las que vivimos este momento, que inicialmente sentimos como una pérdida sin remedio, son el factor que hará que la cicatriz que quedará en nuestra vida sea más o menos difícil de sobrellevar.
Perder algo en la infancia, cuando aún no tenemos la experiencia para entender los detalles de una separación (que en ocasiones puede ser final) y no contamos con la fortaleza emocional para afrontar el dolor, puede ser una experiencia desgarradora que quisiéramos rechazar porque la sentimos como un rechazo. Aunque los adultos nos ofrecen ayuda para gestionar el dolor por la ausencia, este proceso puede ser lento y requiere de paciencia y atención. En la adolescencia, un período en el que a menudo sentimos que no encajamos y que pocos nos comprenden, nos acompañan la furia (que a veces expresamos con indiferenica) y sentimientos intensos que podrían ser difíciles de manejar. A menudo, esa ira justa que sentimos al sentirnos "cortados" de lo que amamos, puede no tener un lugar donde dirigirse. No siempre hay una causa clara o alguien a quien culpar por nuestro sufrimiento. En consecuencia, podríamos proyectar nuestra frustración hacia quienes están cerca o incluso hacia nosotros mismos, haciéndonos daño en el proceso. El trayecto hacia aceptar el dolor que deja la ausencia de lo querido, lleva su tiempo. En la adultez, las pérdidas pueden sentirse muy pesadas, porque aunque se supone que estamos más listos, las responsabilidades y la incertidumbre sobre lo que escapa a nuestro control se suman al sufrimiento, a la ira, y el miedo nos inunda. Cuando somos adultos y experimentamos una pérdida, nuestro niño triste y nuestro adolescente enojado que llevan tiempo dormidos dentro de nosotros, pueden despertar. Al mismo tiempo que nos vemos obligados a ocuparnos de nuestras rutinas diarias, quizás tengamos que enfrentarnos a estos dos aspectos internos que nos desestabilizan y que necesitan nuestra compasión, paciencia y atención para entender mejor lo que hemos perdido.
No importa qué perdemos. Si involucra una conexión emocional, la tristeza es la misma. No existen grados en el dolor, no hay "dolores pequeños" o "dolores grandes". El dolor es simplemente dolor.
Perder lo que cuidamos durante muchos años puede ser tan devastador como perder un amigo, un padre o un hijo. Perder la salud, el trabajo, una relación, la juventud, la estabilidad, un ideal, nuestro país. . . es el mismo tipo de tristeza. Es una pérdida que debemos llorar. La ausencia nos sumerge en una experiencia de gran tristeza y puede afectar de manera drástica nuestro estado de ánimo, hasta agotarnos por completo.
Las distintas etapas que debemos atravesar para no caer en la depresión pueden ser comparables a las de un niño que decide ignorar lo sucedido, como si se tapara los ojos para no ver al monstruo del dolor. Luego está el adolescente que, en su impotencia, convierte su rabia en una lucha sin rumbo claro, y finalmente llegamos al adulto que, al recordar el apoyo de su madre o padre, es capaz de negociar para seguir adelante. En resumen, es el viaje de una persona que necesita enfrentar su tristeza, aceptar las lecciones del duelo y crecer.
Imaginemos un funeral al que elegimos no asistir, pensando que de este modo el fallecido dejará de estar mu**to. O asistimos, pero invertimos toda nuestra energía en tratar de evitar que la persona que amamos sea cremado. No podemos detener su descomposición ni hacer que reviva; tenemos que permitir que se vaya.
Cada etapa del duelo necesita ser tratada con cuidado, respeto y atención. Ignorar las pérdidas no es la solución adecuada, ya que siempre estarán presentes, latentes bajo la superficie, buscando emerger. Despedirnos es esencial para nuestra salud emocional y mental. Cada adiós no concedido se convierte en un entierro no realizado y en un nuevo comienzo retrasado.
Así que llora, llora cuanto sea necesario, llora porque sientes dolor, y porque cada lágrima que cae honra el amor de aquel que ya no está contigo.
Y llora, porque al llorar, sueltas y sanas tus heridas.