13/07/2025
Esta hermosa niña, vestida de blanco y llena de sueños, algún día se convertiría en la primera mujer presidenta de una nación — incluso antes que en países como Estados Unidos, donde los techos de cristal aún siguen intactos.
El ballet fue su primer maestro. Le enseñó disciplina, resiliencia, paciencia y la fuerza silenciosa de la perseverancia. Bailó desde los seis hasta los diecinueve años, aprendiendo a sostenerse con elegancia incluso en el dolor. Esas lecciones forjaron a la mujer en la que se convirtió: determinada, inteligente y valiente ante las estructuras que por siglos excluyeron a mujeres como ella.
En un país donde el machismo sigue profundamente arraigado, ella rompió moldes, expectativas y récords. No solo ganó: arrasó con la mayor cantidad de votos en la historia democrática del país. Es doctora, académicamente destacada y se ha preparado toda su vida. ¿Es perfecta? No. Nadie lo es. Pero está ahí, día con día, enfrentando enormes desafíos internos y externos con dignidad y convicción.
Y sin embargo, en lugar de cerrar filas frente a los ataques de figuras extranjeras que buscan debilitarla, muchos aplauden desde las gradas. Celebran la intromisión, repiten los mismos discursos que buscan desacreditarla.
Envidio a los canadienses — que supieron unirse y proteger a su líder sin importar ideologías, cuando voces externas intentaron vulnerar su soberanía. Supieron que hay momentos que están por encima de la política. En México, lamentablemente, preferimos dividirnos antes que defender lo que es nuestro.
Se nos olvida muy rápido lo que significa respaldar a quien representa a la nación. Se nos hace fácil olvidar el verdadero peso de esas palabras que tanto nos enorgullece cantar: “Un soldado en cada hijo te dio.” No para la guerra, sino para servir, para proteger y para levantarse con coraje cuando la patria lo necesita.
Ella no está sola… 🩷