21/01/2026
Delincuenchitán y la suciedad de la política
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Alguna vez me dijo un policía que cada vez que regresaba a casa, al sentarse en su sillón y quitarse los zapatos, se sentía “sucio”. Dijo que sentía que la sangre le chorreaba de la cabeza por la frente. “Y no me refiero a la sangre y la muerte de todos los días. Me refiero a lo sucio ‘de este negocio’, lo que tenemos que hacer”, me confesó.
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La suciedad dentro de la política no es cosa nueva; existe desde los anales de la historia: Ambición, injusticia, muerte, complicidades. Monarquías, democracia simulada, chivos expiatorios, inocentes y opositores encarcelados o asesinados, madres sin seguridad social, cadáveres bajo castillos y desarrollos inmobiliarios: No hay nada nuevo bajo el sol.
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Que no te sorprenda, pues, lector, que policías, jueces o presidentes y otros funcionarios estén coludidos con delincuentes, que te roben tu propiedad, coludidos, que te dejen morir en un hospital, que te encarcelen por defenderte de tu violador o que te maten o desaparezcan por expresarte.
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Y desde hace mucho tiempo que, como la corrupción y el crimen, también existe el hartazgo: Se han generado revoluciones en las que los oprimidos y marginados sacaron a los “privilegiados” de sus casas para quemarlos vivos… Y hablamos de verdaderas revoluciones, no de teatros de extorsionadores y mercenarios, o simuladores “salvajes en Tetra Pak” que hoy se sienten intelectuales y poetas.
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El revolucionario adormecido nunca fue un revolucionario. Los revolucionarios mueren fusilados; nunca se sientan en un trono o en una silla de cuero a contar sus billetes sucios.
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En ese sentido, ¿qué más se puede hacer para expresar la suciedad que repudiamos de los políticos? Simple: Subir de tono y profundizar al mismo tiempo, y le quedamos debiendo al Pueblo…
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Vivimos tiempos convulsos y la crudeza es nuestra única vía de comunicación y entendimiento; es el único lenguaje apropiado.
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No se sorprendan, tampoco, de la crudeza de la expresión y de la exhibición de las lacras que se enriquecen con las tragedias ajenas.
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BenMorin