17/11/2025
Gano $28,000 al mes… y aun así estoy más ahorcado que mi abuelo de 78 años que vive solo con su pensión.
Ese pensamiento me golpeó cuando bajé la última caja al cuarto de la azotea donde tendría que vivir por un tiempo.
“Temporalmente”.
Qué palabra tan bonita para cubrir una realidad incómoda.
Yo tenía otro plan:
Un depa propio, salidas los fines de semana, vida social, comidas con amigos, un futuro brillante gracias a mi título de mercadotecnia.
Pero aquí estoy: en la azotea de la vieja casa de mi abuelo en Ciudad Neza, durmiendo en un colchón flaco que huele a humedad, madera vieja… y lecciones que no quería aprender.
Entré con mis cajas y mi café frío de $89 pesos, como si ese vaso —caro y frágil— comprobara que “todavía podía darme gustos”.
El abuelo Don Ramón lo vio y frunció el ceño.
“¿Eso te costó cincuenta pesos?”
“Ochenta y nueve,” respondí. “Es un gustito que me doy.”
Él tomó un sorbo de su café soluble, espeso como lodo.
“Pues primero págate la tarjeta, m’ijo. Ese gustito te está dejando en números rojos.”
Vivir con Don Ramón era convivir con otro mundo.
Tenía una televisión viejita que solo agarraba dos canales si movías la antena.
Yo pagaba Netflix, Prime, Disney y un par más… pero casi nunca veía nada.
“Me gusta tener opciones,” dije una noche.
“Puras distracciones,” murmuró él, sin levantar la vista de las noticias.
El verdadero choque fue con la comida.
Después de una semana matadora, pedí una hamburguesa de $240 pesos. “Para consentirme.”
Cuando llegó el repartidor, Don Ramón estaba en la puerta mirándome como si hubiera cometido un pecado capital.
Él cenaba su famoso “arroz con lo que haya”:
frijoles, jamón picado, un huevo y tantita salsa.
Le costaba —si acaso— 20 pesos.
“Comiendo como rico,” dijo.
“¡Es UNA hamburguesa, abuelo! ¡Todo está carísimo! ¡A ustedes les tocó fácil!”
Y ahí… lo perdí.
Dejó el tenedor muy despacio.
“¿Fácil?” dijo con voz baja.
“A los quince me puse a trabajar en la fábrica. Jornadas de doce horas. Sin seguro. Sin vacaciones. Con inflación del demonio. ¿Mi lujo? Una co**ha y un café.”
Apuntó a mi celular.
“Tienes un teléfono de casi $20,000. Yo tengo este.”
Sacó su celular de tapita, rayado, terco.
“Hace llamadas. No necesita presumir.”
Se levantó la manga y mostró un tatuaje viejo y desteñido que se hizo en sus años de trabajo en el puerto.
“El mío me costó sudor. No seis meses sin intereses.”
Me ardió la cara.
“Entonces ¿qué? ¿Debo ser miserable?”
“No, David. Debes dejar de confundir comodidad con progreso.”
Caminó a su cajón, sacó una libretita de ahorro del banco y me la pasó.
Más de $790,000 pesos ahorrados.
Con su pensión.
Con sus trabajos eventuales.
Con la disciplina que nunca presumió, pero que lo mantuvo de pie toda la vida.
Me miró, con esa firmeza que solo tienen los viejos que ya vivieron lo suficiente para hablar claro:
“Sí, m’ijo, compré esta casa con un solo sueldo.
Pero tampoco gastaba en plataformas que no veo, ni en ropa que no necesito, ni en cafés de ochenta pesos porque estaba ‘cansado’.”
Ahí vino la frase que todavía me retumba:
“No te falta dinero.
Te sobran gastos.
No eres pobre…
Solo estás pagando mensualidades para aparentar una vida que no tienes.”
Y esa noche, por primera vez, no tuve cómo justificarme tomado de la red.