15/01/2026
La política, en su esencia, debería ser un ejercicio de servicio, responsabilidad y construcción colectiva; debería ir de la mano con la VOCACIÓN (algo casi extinto hoy día). Sin embargo, en la práctica cotidiana suele convertirse en un espacio donde el interés personal, la simulación y el cálculo político desplazan al bien común; ya no se persigue la eudaimonia de la población, solo se pretender pertenecer a un grupo político para satisfacer las banalidades de la opulencia.
Detrás de los discursos bien elaborados, esos discursos baratos y ya ampliamente conocidos: "nosotros contra ellos", "fue culpa de A y de B", "no te vamos a fallar, velamos por tu bien", y un largo etc. Detrás de las promesas reiteradas, existe una dinámica poco visible: decisiones tomadas en función de conveniencias, "lealtades" negociadas, silencios comprados y una normalización del abuso de poder. No es un fenómeno aislado ni exclusivo de un partido o ideología; es una lógica que se reproduce cuando la política deja de ser vocación y se transforma en botín, y no tienes por que creer lo que lees, basta con que camines entre los pasillos de cualquier palacio municipal para que, a simple vista, puedas percatarte de ello.
El verdadero problema no es únicamente la corrupción evidente, sino la aceptación social de prácticas que se justifican bajo el argumento de que “así funciona el sistema”. Esa resignación es, quizá, el mayor triunfo del marranero político: cuando la ciudadanía deja de exigir, cuando la crítica se castiga y cuando la legalidad se interpreta de forma selectiva.
Hablar de política con honestidad implica reconocer que no todo es blanco o negro, pero también asumir que la neutralidad frente a la injusticia termina favoreciendo al abuso. La crítica objetiva no busca destruir, sino evidenciar aquello que debe corregirse para que el poder vuelva a tener límites reales.
Mientras la política siga siendo vista como un espacio de privilegio y no de responsabilidad, el descrédito continuará creciendo. Y cuando la confianza se pierde, ningún discurso, por elocuente que sea, logra reconstruirla. Es menester que tú lector recuerdes:
Ese político al que apoyas nunca ha tenido la verdadera intención de erradicar algún mal en tu población, no busca arreglar las cosas, solo necesita "administrar el malestar" para que, a través de sus políticas públicas (me gusta llamarlas políticas paliativas), mantenga a sus ciudadanos con la ilusión de que está haciendo algo cuando en realidad solo genera un efecto placebo que le asegura que esos "votos" continúen comiendo de su mano.