28/07/2026
Mi amigo Frank Ramírez escribe con motivo del XX Aniversario del lanzamiento de Under The Iron Sea de Keane
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Cuesta trabajo no impregnarle tintes autobiográficos a los textos que nacen de la necesidad de celebrar la música que tanto nos gusta.
Al paso de los años, han sido varias veces las que he señalado y llenado de elogios a "Under The Iron Sea" de Keane y aunque casi siempre busco limitarme y enfocarme totalmente a la materia musical, el núcleo de mi amor por dicho álbum va más allá del virtuosismo de sus letras o la maravillosa ingeniería sonora detrás de su música.
Cada vez que pongo ese álbum (ya sea en físico o en digital) me es inevitable no remontarme 20 años atrás y ver a la distancia a un joven Frank sentado en una banca solitaria de un centro comercial abandonado ataviado de sus audífonos, su clásica carpeta de CD's y el Discman en su regazo mientras usaba su hora de comida para escuchar una y otra vez "Under The Iron Sea".
Meses antes había pausado mis estudios y la situación en casa no daba para tenerme sin hacer nada, por lo que me encontraba atorado en un trabajo aburrido en un lugar en el que rara vez veía la luz del día.
No había mucho dinero pero al menos había el suficiente para aportar en casa y procurar mis gustos.
Algunos pagados de contado, otros en abonos.
De vez en cuando, en días de quincena, solía dar la vuelta en el centro comercial vecino, por esos entonces C&A ofrecía dos cosas que hoy en día han desaparecido: papas fritas con salsa y CD's.
Fue ahí que pasé por alto los recuerdos amargos de todos los créditos mal manejados de papá y obtuve mi primera tarjeta de crédito, misma que terminé usando más para CD's que para ropa.
De esos estantes salió mi copia del "Under The Iron Sea".
Recuerdo haberle quitado el celofán y hojear con urgencia el booklet, al tiempo que abría mi Discman y ponía el CD para entregarme al tétrico piano que daba inicio a "Atlantic" para entrarle de lleno al que, a lo largo de los años, se volvería uno de mis lugares seguros para visitar.
Viéndolo a la distancia, debió ser deprimente ver esa silueta delgada sentada en las bancas del abandonado centro comercial que hospedaba mi trabajo, comiendo una bolsa de cacahuates y una Pepsi de 600 ml y sin embargo esa era la estampa más común de ver porque prefería tiempo a solas para darme el gusto de escuchar música y encima gran parte de mi dinero se iba en pagar cosas en casa, por lo que tampoco había mucho dinero para comida más en forma.
En ocasiones, cuando tomo consciencia de esa escena y panorama, me es imposible no sentir algo de tristeza y compasión por esa vieja versión mía, misma que acompaño y revisito siempre que suenan esos viejos discos.
Es como si cada que arranca ese disco, pudiera tomar asiento en esa vieja banca solitaria y hacerle compañía al joven Frank para hacerle sentir menos pesada la carga de esa existencia tan complicada y turbulenta y, al mismo tiempo, brindarle la calma de saber que todo estará bien en un futuro.
Es una ventana a otra época, una donde pasaban tantas cosas pero que no sabía señalar ni nombrar y que ahora entiendo sobre la marcha, valido y veo con compasión.
No era solo la voz de Tom Chaplin gritando al vacío su deseo y anhelo de que alguien pudiera ver sus esfuerzos por reponerse e intentarlo de nuevo todo, era la voz del joven Frank que nadie escuchaba con claridad y que ahora se escucha nítida ante mis oídos.
Uno nunca sabe hasta dónde llegarán los ecos de nuestras almas resonando al son de la música que nos mantiene vivos y hace más soportable la experiencia de seguir día a día.
Felices 20, "Under The Iron Sea".