25/06/2017
UN ÁNGEL TERRENAL
Texto: Janine Quezmar
Foto: Manuel Moreno
Finas gotas de lluvia cubrían el cuerpo de
un niño, cuyo cuerpo yacía tirado de bruces
sobre el asfalto de una calle abandonada.
Su cuerpo mancillado era acariciado por
las gotas de agua que resbalaban
silenciosamente por su piel, intentando
borrar los hematomas generados por los
golpes y la sangre que aún salía a
borbotones por las heridas, intentando
limpiar la tierra hecha lodo que manchaba
sus mejillas.
Lejos de su hogar y el agradable calor de
una familia, el frío azote del viento le
recordaba a aquél chiquillo que aún le
quedaba un soplo de vida… unos momentos
en que todos sus errores desfilaban por su
mente y le orillaban a pedir las disculpas
más sinceras que jamás pronunciaría.
Pedía perdón a un padre que jamás estuvo
en casa, a una madre que nunca le mostró
afecto, le pedía disculpas a un mundo que
parecía negarse a concederle un lugar
digno para encontrar la felicidad.
Una muerte en soledad, sin otro testigo mas
que el asfalto o las casas vacías; incluso la
lluvia había retrocedido para dejar que el
alma del joven diera el último suspiro en
comunión con aquél cuerpo mortal… y
entonces todo se redujo a nada, la vida se
escapó con el aire caliente que abandonó
los pulmones de un niño mancillado, de un
niño que intentaba hacer frente a una
herida letal.
¿Quiénes fueron sus captores? ¿Qué hizo
aquel infante para merecer tal castigo?
Fueron esas algunas de las tantas
interrogantes que el mundo cuestionaba
con indignación, pero al final de los
barullos no había más que silencio; la
misma quietud sepulcral de una tumba
recién abierta o de ésa calle vacía que vio
morir a un ángel terrenal.