19/01/2026
Otra vez el mismo mensaje.
Otra vez la misma defensa preventiva: “el Va y Ven no se va”.
Cuando un gobierno repite tanto una frase, no es certeza.
Es miedo.
Porque después de un año de gestión, el sistema no levanta. Se redujeron unidades, se rompieron rutas, se alargaron esperas y se castigó directamente a quienes dependen del transporte público para trabajar, estudiar o simplemente llegar a casa. La justificación fue financiera: “se estaba pagando de más”.
El resultado fue humano: cientos de ciudadanos pagando el error.
Luego vino el paro del sistema metropolitano. Un golpe seco a la narrativa oficial. Quedó claro que la planeación no existe o llega tarde. Y cada protesta, cada recorte y cada improvisación fueron sembrando algo más grave que el enojo: desconfianza.
Lo más alarmante no es que el gobierno reconozca que el Va y Ven nació como un negocio para unos cuantos.
Lo verdaderamente grave es esto: hablan de desfalcos, pero no hay culpables.
Hablan de saqueo, pero no hay sanciones.
Hablan de un desastre heredado, pero no hay nombres, ni procesos, ni responsables.
Entonces, ¿para qué señalar?
¿Para limpiar el discurso?
¿Para justificar el fracaso?
¿O para ganar tiempo?
El gobernador Joaquín Díaz Mena insiste en que recibió un sistema quebrado y presume una inversión millonaria para rescatarlo. Reconoce fallas técnicas, operativas y estructurales. Promete soluciones. Promete buenas noticias.
Pero mientras el discurso se repite, la experiencia del usuario no mejora.
Mientras se habla de rescate, el servicio sigue siendo irregular.
Mientras se culpa al pasado, el presente no responde.
Repetir que el Va y Ven no se va no tranquiliza.
Lo que tranquiliza es que funcione.
Y hoy, para miles de yucatecos, el transporte sigue siendo un experimento caro, mal operado y sostenido más por discurso que por resultados.
Porque cuando un sistema realmente es sólido, no necesita gritar que va a sobrevivir.
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