02/02/2026
✍🏼💕 Recuerdos que sigo cuidando: "El hombre que, incluso en la oscuridad, caminaba para agradecer."
Su nombre era de origen hebreo y deriva de Immanuel, cuyo significado es “Dios está con nosotros”, nombre masculino clásico, ampliamente utilizado en España e Hispanoamérica, que evoca fortaleza, protección divina, bondad y alegría.
Era un hombre mayor, muy mayor, invidente, que siempre saludaba con afabilidad. Su palabra favorita era “qué chido, está chido”. La decía con una sonrisa sencilla, honesta. Cuando comía y algo le gustaba, caminaba por el área de comedor; entre la oscuridad con un solo propósito: agradecer la comida. Decía que, como él sabía cómo se preparaban los alimentos, también sabía reconocer cuándo estaban bien hechos, y por eso los agradecía de corazón.
No solo estaba limitado por no ver; también tenía una capacidad pulmonar reducida. Aun así, su actitud frente a la vida era de gratitud.
En una ocasión se realizó una actividad muy bonita: un intercambio entre adultos mayores y niñas y niños de un grupo de una institución de nivel preescolar y primaria. Se les preguntó qué les gustaría recibir como parte de esta dinámica, se intercambió una carta por un obsequio. Me di a la tarea de preguntarles a cada uno. No recuerdo con exactitud qué fue lo que él pidió, pero sí recuerdo que, gracias a esa iniciativa del plantel y de una de sus docentes, cada uno de esos corazones mayores conoció, a través de mí, a su amigo secreto.
Un día me pidieron que les platicara sobre la actividad que se realizaría en el marco del 14 de febrero y que ellos escribieran —o mejor dicho, que yo escribiera por ellos— lo que querían decirle a su pequeño amigo. No todos podían participar, porque algunos mayores no tiene capacidad de expresarse por el deterioro cognitivo; pero él lo hizo con entusiasmo y profunda gratitud. Recuerdo que, le dio consejos a su amiguito secreto, uno que fue muy claro: no fumar. No fumar porque, aunque era él era un hombre alto y fuerte de espíritu, su mayor limitación ya no era la vista, sino la enfermedad que padecía (EPOC).
Nunca lo vi enojado. A veces se quedaba pensativo. Tal vez hurgaba en recuerdos que no siempre eran gratos, porque su rostro se endurecía y, en ocasiones, se le veía profundamente triste. Durante su estancia en la institución donde le conocí no recibió visitas de familiares. No me fue posible conocer a sus hijas e hijos, se me compartió que a pesar de que ellos tenían conocimiento de que se encontraba en la institución, no acudieron a visitarlo, al parecer debido a heridas familiares que permanecían abiertas. Esta ausencia de contacto deja ver un distanciamiento afectivo y una red de apoyo limitada, y me provocaba reflexionar sobre el valor de la presencia, el acompañamiento y los lazos que, aun con el paso del tiempo, siguen siendo significativos.
Yo lo recuerdo como un hombre afable y cariñoso, respetuoso, como alguien que intentaba mostrar lo mejor de sí en los últimos años de su vida. Un hombre que, incluso en la oscuridad, caminaba para agradecer.