01/06/2026
Cuando trabajaba repartiendo pan por rancherías y pueblitos de Veracruz, me tocaba manejar una Nissan blanca ya bastante acabada… de esas camionetas que suenan como si fueran a morir en cualquier subida, pero siguen trabajando años enteros.
Mi jornada empezaba antes de que amaneciera. A las cinco de la mañana ya andaba en carretera porque tenía que surtir cafeterías y tienditas temprano.
Había un pueblo donde siempre me detenía a desayunar café con pan dulce. No recuerdo cómo se llamaba, pero sí hay algo de ese lugar que jamás se me olvidó.
El comedor quedaba justo enfrente del cementerio.
Y afuera de ese panteón siempre estaba sentada una mujer.
Siempre.
No importaba si había frío, lluvia o neblina… ella seguía ahí, junto a la entrada principal, cubierta con un rebozo color gris y una cubeta llena de flores ya secas.
Nunca pedía monedas.
Lo único que decía era:
—Regáleme un poquito de agua.
La mayoría de la gente la ignoraba.
Recuerdo haber escuchado a unos trabajadores decir una vez:
—Ni le hables… esa señora ya parece mu**ta desde hace años.
Yo pensé que simplemente eran crueles.
Aunque sí daba miedo verla.
Estaba exageradamente delgada… como si se hubiera ido consumiendo poco a poco. Tenía la cara hundida, la piel pegada a los huesos y unas uñas largas, amarillas y torcidas.
La primera vez que le llevé una botella me agradeció sonriendo y dijo algo que me dejó pensando:
—Los mu***os nunca olvidan a quien les da alivio.
No entendí a qué se refería.
Después de eso se me hizo costumbre dejarle agua cada vez que pasaba por ahí.
Jamás aceptó comida.
Solo agua.
Un día llegué más tarde porque la camioneta no quiso arrancar y tuve que pasar corriente.
Todavía estaba oscuro cuando llegué al pueblo y había una neblina espesa cubriendo todo.
Fue entonces cuando la vi.
Estaba parada en medio de la calle frente al panteón.
Y eso me sacó muchísimo de onda porque en todos esos meses nunca la había visto ponerse de pie.
Me hizo señas para que me detuviera.
Yo no quería, pero terminé frenando.
Cuando bajé un poco la ventana sentí un olor horrible.
La señora estaba llena de tierra mojada. No parecía lodo normal… era tierra negra pegada por todo el vestido y las manos.
Olía como flores echadas a perder mezcladas con drenaje.
Entonces me dijo:
—Hoy sí necesito que me ayude.
Le pregunté qué pasaba.
Y ella respondió algo que todavía me pone nervioso recordar:
—Quieren llevarse a alguien antes de tiempo.
Sentí un escalofrío inmediato porque en ese entonces mi esposa estaba embarazada.
Automáticamente pensé en ella.
La mujer señaló hacia el interior del cementerio.
La reja estaba abierta de par en par.
Eso nunca ocurría tan temprano.
Después me pidió que entrara con ella para “cerrar la tierra”.
Así lo dijo.
“Cerrar la tierra.”
Obviamente me negué.
Pero la señora empezó a alterarse muchísimo.
Me agarró del brazo y sentí la mano congelada… no fría… congelada de verdad.
—Si no ayudas… van a salir más…
Ahí sí me entró el pánico.
Me solté, subí rápido a la camioneta y antes de arrancar volteé hacia el panteón.
Y vi algo que jamás he podido explicar.
Había muchísimas personas dentro.
Como si estuvieran en un entierro.
Pero nadie se movía.
Nadie hablaba.
Todos estaban completamente quietos mirándome.
Aceleré y me fui de ahí.
Ese día ya no hice entregas.
Regresé directo a mi casa.
Cuando llegué encontré a mi esposa llorando. Durante la madrugada había empezado con una hemorragia muy fuerte.
Pensamos que habíamos perdido al bebé.
Nos fuimos corriendo al hospital.
Fueron horas horribles.
Pero al final mi hijo sobrevivió.
Los médicos dijeron que no entendían cómo había logrado salvarse.
Pasó mucho tiempo antes de que volviera a esa ruta.
Y cuando regresé pregunté por la mujer del panteón.
El dueño de la cafetería primero se quedó callado.
Luego me preguntó:
—¿Cuál mujer?
Le describí el rebozo, las flores secas y la cubeta.
El señor se puso blanco.
Después me dijo algo que me heló la sangre:
—Aquí sí venía una señora así… pero falleció hace años.
Incluso me mostró una fotografía vieja pegada cerca de la caja.
Era ella.
La misma cara demacrada.
El mismo rebozo gris.
Sentí un vacío horrible en el cuerpo.
Pero lo peor fue lo que me contó después.
Resulta que aquella mujer había perdido a su hija, que también estaba embarazada.
Desde entonces se quedaba afuera del panteón porque aseguraba escuchar voces en las madrugadas… decía que había mu***os intentando regresar.
Según ella, algunos difuntos no aceptaban quedarse enterrados.
Antes de irme le hice una última pregunta.
Le pregunté si alguien más decía haberla visto.
Y él respondió:
—Solo se les aparece a personas que estuvieron a punto de perder a alguien… pero lograron salvarlo.
No quise seguir hablando del tema.
Pero desde entonces, cada vez que paso junto a un cementerio… dejo una botella de agua cerca de la entrada.
Por si esa señora todavía sigue esperando.