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Cuando la cabina olvida quién manda: seguridad aérea, autoridad y sentido comúnDesde el RetiroPor: Marco Alejandro Cen N...
12/08/2026

Cuando la cabina olvida quién manda: seguridad aérea, autoridad y sentido común

Desde el Retiro

Por: Marco Alejandro Cen Nava

Hay una regla que debería estar por encima de cualquier moda, discusión social, susceptibilidad personal o conflicto entre pasajeros y tripulación: en un avión, la seguridad operacional no se negocia.

El reciente caso ocurrido en ruta comercial a Tuxtla Gutiérrez —del que han circulado versiones sobre un pasajero de 61 años que viajaba acompañado de una menor de cinco años y que habría enfrentado un conflicto con un integrante de la tripulación por la forma de dirigirse a una persona que se identifica con un género distinto— merece ser analizado con mucho cuidado. No solamente por el componente social del episodio, sino por algo mucho más importante: ¿quién tiene realmente la autoridad para determinar cuándo un pasajero representa un riesgo para la operación de una aeronave?

Y aquí debemos separar dos asuntos que hoy parecen confundirse deliberadamente.

Una cosa es el respeto que merece toda persona, independientemente de su identidad, condición o forma de pensar.

Otra, completamente distinta, es convertir una diferencia personal en un asunto de seguridad aérea.

Un avión comercial no es un restaurante, una oficina, una escuela ni una discusión de redes sociales. Es una aeronave que transporta cientos de personas a gran velocidad, sometida a procedimientos técnicos, reglamentos, listas de comprobación, comunicaciones operacionales y una cadena de mando perfectamente establecida.

Y precisamente por eso existe un comandante.

La Ley de Aviación Civil mexicana establece que el comandante o piloto al mando es la máxima autoridad a bordo y el responsable de la operación y dirección de la aeronave, así como de mantener el orden y la seguridad de la aeronave, los tripulantes, pasajeros, equipaje, carga y correo. La misma legislación establece que toda persona a bordo debe acatar sus instrucciones relacionadas con la seguridad y operación de la aeronave.

No es una figura decorativa.

No es un empleado más de la aerolínea.

No es simplemente quien se sienta frente a los controles.

Es la autoridad operacional de la aeronave.

Y esa autoridad debe recuperarse, fortalecerse y respetarse.

Durante décadas, la aviación comercial construyó una cultura en la que la disciplina operacional era prácticamente una religión. El comandante decidía; la tripulación ejecutaba; cada integrante conocía perfectamente sus responsabilidades; y las diferencias personales quedaban fuera de la operación.

Los sobrecargos tenían —y siguen teniendo legalmente— una función primordialmente vinculada con la seguridad. La normativa señala que su función es auxiliar al comandante en materia de seguridad y emergencias en la cabina de pasajeros y que su actuación se realiza bajo las órdenes del comandante.

Eso debería recordarse con mayor frecuencia.

Porque un sobrecargo no es un policía.

Tampoco es un juez.

No es una autoridad administrativa.

Y mucho menos debería convertirse en árbitro de conflictos personales.

Su responsabilidad fundamental dentro de la aeronave es conocer perfectamente los procedimientos de emergencia, evacuación, incendios, primeros auxilios, supervivencia, equipo de emergencia, control de cabina y atención de situaciones anormales.

La propia regulación obliga a las aerolíneas a mantener programas de adiestramiento aprobados por la autoridad aeronáutica y establece capacitación periódica para sus tripulaciones de sobrecargos.

Ahí está precisamente el debate que México debe abrir.

¿Estamos formando tripulantes de cabina o simplemente personal de servicio al cliente?

Porque existe una diferencia enorme.

La aviación moderna necesita profesionales capaces de sonreír y atender a un pasajero, sí. Pero mucho antes de eso necesita profesionales capaces de actuar correctamente cuando se incendia un motor, cuando existe humo en cabina, cuando un pasajero entra en crisis, cuando debe realizarse una evacuación, cuando existe una despresurización o cuando una emergencia exige tomar decisiones en segundos.

La atención al pasajero es importante.

La seguridad del pasajero es indispensable.

No son lo mismo.

Y aquí también debemos hablar de la evolución de la formación de los sobrecargos.

Durante muchos años, la formación aeronáutica tenía un componente técnico mucho más profundo. Hoy existen rutas de formación considerablemente más cortas para obtener la preparación necesaria y posteriormente tramitar la licencia correspondiente. La AFAC exige actualmente instrucción, conocimientos, pericia y aptitud psicofísica para el personal técnico aeronáutico.

No se trata de regresar al pasado por nostalgia.

Se trata de preguntarnos si estamos formando suficientemente bien a quienes tendrán bajo su responsabilidad la vida de cientos de pasajeros.

Y eso nos lleva directamente a las aerolíneas.

Las empresas concesionarias o permisionarias no pueden limitarse a decir: “nuestro personal siguió el procedimiento” y con ello afectar a todo un Aeropuerto, a un sistema de Aerodromos y a la Seguridad Aérea en conjunto.

La responsabilidad de una aerolínea no termina cuando contrata a una persona que posee una licencia.

Tiene que existir una cultura de seguridad.

Una cultura de mando.

Una cultura de profesionalismo.

Y, sobre todo, una cultura en la que la seguridad operacional tenga prioridad sobre cualquier conflicto interpersonal.

También la autoridad aeronáutica tiene una responsabilidad enorme.

La Agencia Federal de Aviación Civil no puede ser únicamente una oficina que expide licencias y revisa documentos. Tiene que ser el garante de que los estándares de capacitación, competencia y disciplina operacional se cumplan realmente.

La aviación comercial necesita autoridad.

Pero necesita autoridad técnica.

No autoridad basada en ocurrencias ni funas en redes sociales.

No autoridad basada en quién se siente ofendido.

Y tampoco podemos caer en el extremo contrario: permitir que cualquier pasajero ignore instrucciones legítimas de seguridad simplemente porque no está de acuerdo con ellas.

El equilibrio es claro:

respeto absoluto a las personas y autoridad absoluta en materia de seguridad operacional.

Son perfectamente compatibles.

El problema comienza cuando una discusión de trato personal termina convirtiéndose en una supuesta amenaza a la seguridad de vuelo sin que exista una relación objetiva entre ambas cosas.

Porque entonces podemos llegar a un escenario absurdo: que una aeronave sea detenida, un vuelo retrasado, cientos de pasajeros afectados y una operación completa alterada porque alguien dentro de la cabina decidió convertir un desacuerdo personal en una cuestión de seguridad y con ello desgastar a la autoridad portuaria y a la propia operación.

Eso tampoco es seguridad aérea.

Eso es una mala gestión operacional.

Y en aviación, la mala gestión también puede generar riesgos.

Por eso hay que devolverle al comandante el lugar que nunca debió perder.

El capitán debe tener autoridad.

Pero también debe ejercerla con criterio.

El sobrecargo debe tener autoridad funcional dentro de su ámbito.

Pero debe entender perfectamente cuáles son sus atribuciones y sus límites.

La aerolínea debe respaldar a su tripulación.

Pero también debe supervisarla.

Y la autoridad aeronáutica debe vigilar que todos cumplan.

Porque una cabina de pasajeros no puede convertirse en un campo de batalla ideológico.

Un avión no tiene ideología. Tiene procedimientos.

Y cuando las puertas se cierran y la aeronave comienza a moverse, todos —pasajeros, sobrecargos, pilotos y empresa— deben recordar una sola cosa:

Ahí arriba no importa quién ganó la discusión.

Importa que todos lleguen vivos a su destino.

Esa es la verdadera razón por la que existe la aviación.

Y esa debe volver a ser la prioridad.

Un favor, abracen muy fuerte a los suyos.
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Consultor en Temas de Seguridad, Normatividad, Administración y Control de Daños. Certificado por International Criminal Investigative Training Assistance Program del Departamento de Justicia de USA como Instructor, Evaluador y Diseñador de Planes y Programas de Adiestramiento, Formado en la Ciencia del Derecho, 30 años de Experiencia en Procuración de Justicia, Operaciones Aéreas, Normatividad, Administración, Seguridad Pública, Seguridad Corporativa, Seguridad Nacional y Regional Nivel LATAM y Control de Daños, fiel creyente que el Amor es el Motor más poderoso de la humanidad.

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20/07/2026

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09/07/2026

Redes sociales: cuando la popularidad sustituye al servicio público.

Desde el Retiro
Por: Marco Alejandro Cen Nava

Vivimos una época inédita. Nunca antes un ciudadano había tenido la posibilidad de comunicarse, casi de manera inmediata, con artistas, deportistas, científicos, académicos, empresarios o figuras públicas de cualquier parte del mundo. Las redes sociales democratizaron la comunicación y redujeron la distancia entre las personas y quienes ocupan espacios de relevancia pública.

La política, naturalmente, no quedó al margen de esta transformación.

Hoy resulta impensable encontrar un presidente municipal, un alcalde, un diputado, un senador, un gobernador o incluso un jefe de Estado que no tenga presencia en redes sociales. No es un fenómeno exclusivo de México; ocurre prácticamente en todas las democracias contemporáneas. Utilizadas con responsabilidad, estas plataformas representan una extraordinaria herramienta de comunicación, transparencia y rendición de cuentas. Permiten informar de manera oportuna, escuchar a la ciudadanía y mantener un diálogo permanente con la sociedad.

Sin embargo, también existe un riesgo que cada vez resulta más evidente: confundir el ejercicio del servicio público con la construcción permanente de una imagen digital.

En algunos casos, la prioridad parece dejar de ser resolver los problemas de la ciudadanía para concentrarse en obtener la mejor fotografía, el video más viral o la publicación con mayor número de reacciones. La política corre entonces el peligro de convertirse en un escenario donde importa más el algoritmo que los resultados, más la percepción que la realidad y más los "likes" que las soluciones.

No se trata de descalificar a quienes utilizan correctamente estos medios. Muchos servidores públicos los emplean con profesionalismo para informar, transparentar acciones y mantener contacto con la población. El problema aparece cuando la comunicación deja de ser un medio y se convierte en el objetivo mismo.

Pero el fenómeno no termina ahí.

Las redes sociales también han transformado la manera en que la sociedad juzga a sus gobernantes. Hoy un video de pocos segundos, una fotografía fuera de contexto o un fragmento de una declaración pueden construir, o destruir, una reputación en cuestión de minutos. En numerosas ocasiones el juicio público se emite antes de conocer los hechos completos, sin contexto y sin permitir el derecho a la explicación. Las redes pueden convertirse fácilmente en un tribunal donde la sentencia suele dictarse antes que la investigación.

Esta dinámica afecta especialmente a quienes desempeñan responsabilidades públicas, pero en realidad alcanza a cualquier ciudadano.

Diversas investigaciones en neurociencia y psicología han mostrado que las plataformas digitales están diseñadas para captar y mantener nuestra atención mediante mecanismos de recompensa inmediata. La psiquiatra española Marian Rojas Estapé ha explicado cómo la búsqueda constante de estímulos y validación fortalece circuitos relacionados con la dopamina, el neurotransmisor asociado con la motivación y la recompensa. Cuando una publicación recibe cientos de reacciones, el cerebro obtiene una gratificación inmediata que puede incentivar la necesidad de repetir ese comportamiento una y otra vez.

El resultado es una sociedad cada vez más conectada digitalmente, pero muchas veces más desconectada emocionalmente.

Niños, adolescentes y adultos permanecen durante horas frente a una pantalla mientras disminuye el tiempo destinado a la convivencia familiar, la lectura, el deporte, la reflexión o simplemente la conversación cara a cara. Los algoritmos aprenden nuestros gustos con enorme precisión y terminan ofreciéndonos únicamente aquello que confirma nuestras preferencias, limitando la diversidad de información y favoreciendo la polarización.

A ello se suma otro problema de enorme relevancia: la desinformación. Las noticias falsas circulan con una velocidad muy superior a las verificaciones. Del mismo modo, las redes sociales pueden facilitar fraudes, extorsiones, robo de identidad y múltiples delitos relacionados con la obtención de datos personales.

Existe además una consecuencia silenciosa: la comparación permanente.

Las plataformas suelen mostrar únicamente los momentos más exitosos de la vida de las personas. Viajes, lujos, cuerpos perfectos, relaciones aparentemente ideales y una felicidad constante que pocas veces corresponde con la realidad. Esa comparación permanente deteriora la autoestima de muchas personas, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes, quienes llegan a sentir que su propia vida resulta insuficiente frente a una realidad cuidadosamente editada.

En el ámbito de la seguridad pública tampoco podemos ignorar otra amenaza. Las organizaciones delictivas han encontrado en las redes sociales un espacio para identificar perfiles vulnerables, captar jóvenes, realizar engaños, extorsionar e incluso reclutar personas mediante falsas oportunidades laborales o promesas económicas.

Por ello, hablar del uso responsable de las redes sociales ya no es únicamente un asunto tecnológico. Es un tema de salud mental, de educación, de convivencia, de democracia y también de seguridad.

La solución no consiste en prohibirlas. Sería tan absurdo como intentar detener el avance de la tecnología. El verdadero reto consiste en aprender a administrarlas con inteligencia.

Los padres deben acompañar y supervisar el tiempo que sus hijos pasan frente a las pantallas. Los adultos necesitamos establecer límites para nuestro propio consumo digital y recuperar espacios de convivencia humana. Los servidores públicos deben recordar que la mejor campaña de comunicación sigue siendo un trabajo bien realizado y no una publicación bien editada.

Las redes sociales son una herramienta extraordinaria. Pero ninguna tecnología debe sustituir el contacto humano, el pensamiento crítico ni la responsabilidad pública.

Cuando aprendamos nuevamente a encontrar satisfacción en una conversación, en un abrazo, en una lectura, en el servicio auténtico y en la construcción de comunidad, descubriremos que la verdadera validación no proviene de una pantalla, sino de la confianza que somos capaces de generar en los demás.

Porque al final, una sociedad más informada, más crítica y más conectada entre sí también es una sociedad más segura. Y esa seguridad comienza, paradójicamente, cuando somos capaces de levantar la mirada del teléfono para volver a encontrarnos como personas.

Un favor, abracen muy fuerte a los suyos.
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Consultor en Temas de Seguridad, Normatividad, Administración y Control de Daños. Certificado por International Criminal Investigative Training Assistance Program del Departamento de Justicia de USA como Instructor, Evaluador y Diseñador de Planes y Programas de Adiestramiento, 29 años de Experiencia en Procuración de Justicia, Operaciones Aéreas, Normatividad, Administración y Control de Daños, formado a través de la ciencia del Derecho, con experiencia en SEGURIDAD Nacional, Seguridad Pública, Seguridad Regional LATAM y Seguridad Corporativa. Admirador del ser Humano, fiel creyente que el amor es el motor más poderoso de la humanidad

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