27/11/2020
En su libro “Tonantzin Guadalupe” , el historiador mexicano Miguel León-Portilla muestra la relación que Guadalupe tiene con el antiguo pensamiento náhuatl: “con el simbolismo de la flor y el canto se pinta y matiza esta otra realización del encuentro de dos mundos”. En su texto, donde realiza una interpretación del Nican Mopohua o relato náhuatl que significa “Aquí se refiere.”, y donde se da cuenta de las apariciones de la virgen, León-Portilla expone la estrecha relación de la Virgen de Guadalupe y Tonantzin. “Ha llegado a la tierra florida, la de nuestro sustento, ha hecho suyos los cantos, las flores; sabe ya, sobre todo, que la noble señora celeste es su madrecita compasiva, es Tonantzin Guadalupe”, describe el historiador, a partir del texto antiguo.
Así, con el paso de los años, “la Lupita”, como se le dice de cariño, se convirtió en objeto de devoción oficial y popular en la Nueva España, que se sustentó en la historia de las apariciones al indio Juan Diego, representando la dignificación e incorporación de esa raza, excluida por los recién llegados a la Nueva España. De esta forma, criollos, mestizos e indios se unieron en la devoción común y la virgen ayudó a limar diferencias de castas, unidas por el fervor religioso y nacional, al menos aparentemente. La necesidad de poseer lo propio llevó a que la imagen del Tepeyac fuera la del escudo nacional y su condición de patrona de México.
Guadalupe o Tonantzin ha sido para México quizás el más fuerte polo de atracción y fuente de inspiración e identidad que se vislumbra en el significado que ha tenido, en catástrofes como hambrunas, pestes, inundaciones durante el periodo de conquista, y el papel predominante que jugó a lo largo del movimiento independentista y el revolucionario, pues además de ser estandarte para el cura Hidalgo en su marcha hacia la liberación del pueblo, Agustín de Iturbide en su condición de emperador del Anáhuac, acudió en 1821 al Tepeyac y rodeado por los principales jefes del Ejército Trigarante, la declaró Patrona de la Nación. En 1859 el gobierno liberal reconoció su significado e importancia social y el propio Benito Juárez firmó el decreto que autorizaba la celebración del 12 de diciembre.
Y así llegamos a la actualidad, en que parece que todo vestigio de Tonantzin ha quedado borrado de la memoria colectiva aunque se acude año con año a visitar a la “Patrona de las Américas” por pura devoción. Es común observar en la ciudad también muros donde la “morenita” ocupa un lugar sustancial, o ahora convertida en un elemento “chic” de la cultura mexicana, bordada en algún vestido o bolso de un diseñador famoso.
Bautizando la tienda de la esquina, la tortillería o el taller mecánico, en las esquinas de los barrios construyen nichos para adorarla, en las plegarias le suplican a Nuestra Madrecita que interceda por sus hijos, en la imagen que cuelgan los automovilistas para que los acompañe en sus viajes, en los hogares de las familias mexicanas que le dedican un lugar especial para que los proteja, o bien, en la fachada de los comercios donde se escribe su nombre y en las actas de nacimiento de sus vástagos.
Símbolo de lo sagrado y lo profano, de lo humilde y majestuoso, de lo esplendoroso y lo más pobre y llano, la Virgen de Guadalupe o Emperatriz de América, es un emblema de lo nacional por el que cada año se levantan clamores al cielo, se caminan kilómetros de distancia y se enarbolan banderas de México en todo el mundo aún sin recordar los verdaderos motivos que nos llevaron a ello.
créditos a: Lucía Izquierdo