29/04/2026
Frente occidental, junio de 1944
Querida madre:
Espero que estas líneas alcancen el calor de nuestro hogar y que Dios te guarde bajo su manto, al igual que a mi padre y a mi hermano. Por aquí, a incontables kilómetros de casa, el cielo parece ser el mismo, aunque el aire se respira distinto. Entre el estruendo y la calma del campamento, los muchachos y yo nos mantenemos firmes en nuestro puesto.
Como te relaté en mi carta anterior, finalmente fui ascendido a Gefreiter. Es un honor que recibo con el pecho erguido, madre, pero debo confesarte que la realidad del mando es un cáliz más complejo de lo que mis sueños de gloria imaginaban. Llevar hombres bajo mi responsabilidad es un peso que no se mide en kilogramos, sino en almas.
Apenas una semana después de mi ascenso, mientras patrullaba con la escuadra por una densa vereda, el destino nos puso frente a un pelotón norteamericano. En ese instante, el tiempo se detuvo. Ordené cubrirse de inmediato antes que nos avistaran, pero un muchacho de apenas dieciséis años, con el ímpetu de quien aún no conoce el miedo, se lanzó tras de mí en un arranque de valor purísimo. Antes de llegar al refugio, el plomo enemigo lo alcanzó y cayó herido sobre la tierra seca.
No hubo tiempo para el llanto. Cuerpo a tierra y con el corazón martilleando en las sienes, dirigí el fuego de los míos hasta poner en fuga a los americanos. Mientras el sanitario se arrastraba entre la maleza para arrebatar a ese joven de las garras de la muerte, comprendí que ahora soy el escudo de estos valientes.
Ten por seguro, madre, que volveré para estrecharte en un abrazo y contarles a todos, frente a la calidez del fuego, estas vivencias que hoy me forjan como hombre. De mí no te preocupes; tengo a los mejores hombres a mi lado, somos valientes y, mientras estemos juntos, nada nos será imposible.
Con todo mi amor.
Bastian.