Ediciones 72, editorial católica

Ediciones 72, editorial católica Libros, artículos, cursos de Biblia gratuitos, y el ingenioso juego de mesa 'Cambalacho'. Visítanos en www.ediciones72.com

"RECORDAR Y AGRADECER"Dicen que a lo bueno se acostumbra uno pronto.Y quien disfruta de algo bueno, o muy bueno, no suel...
28/03/2026

"RECORDAR Y AGRADECER"

Dicen que a lo bueno se acostumbra uno pronto.
Y quien disfruta de algo bueno, o muy bueno, no suele estar dispuesto a renunciar a ello, al contrario, hace todo lo posible para defenderlo y conservarlo.
Los seres humanos nos aferramos a nuestros bienes con uñas y dientes.
Qué diferente, y por ello, sorprendente y muy conmovedor, lo que hizo Jesús.
Dice san Pablo, en la Segunda Lectura que se proclama en Misa este Domingo de Ramos (ver Flp 2, 6-11), que “Cristo Jesús, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de Su condición divina, sino que por el contrario, se anonadó a Sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres.”
Siendo Dios, que estaba por encima del tiempo y del espacio, se sometió al tiempo y al espacio. Al desesperantemente lento transcurrir de los minutos, las horas, los días, los años.
Siendo Dios que no tenía cuerpo, asumió un cuerpo, susceptible de sentir hambre, sed, frío, dolor; de ser golpeado, escupido, flagelado, coronado de espinas, crucificado.
Siendo Dios inmortal, asumió un cuerpo mortal y aceptó morir, entrar hasta lo más hondo, lo más oscuro e irremediable de la condición humana, para iluminarlo y ponerle remedio.
Siendo Dios, podía haberse encarnado como emperador, rey, gobernador, como alguien poderoso que estuviera por encima de todos, y en cambio tomó “la condición de siervo” hasta sus últimas consecuencias, naciendo en un pesebre, dejándose matar en una cruz.
¡¡Es inconcebible que haya querido renunciar a tanto por nosotros!!
¿Por qué cometió semejante locura?
Por amor. Sólo por amor.
Para hacernos hermanos Suyos, librarnos del pecado y de la muerte, poner Su Reino a nuestro alcance e invitarnos a disfrutar con Él la vida eterna.
Este domingo empezamos la Semana Santa. Aprovecha este tiempo privilegiado para volver la mirada hacia el Señor y recordar y agradecer, todo lo que estuvo dispuesto a soportar, a padecer por ti, para venirte a salvar.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Sed de Dios”, Col.Reflexión dominical, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 73, disponible en Amazon)

"REPROCHES"“Si hubieras estado aquí, no habría mu**to mi hermano” (Jn 11, 21.32). Como quien dice, ‘si hubieras estado a...
22/03/2026

"REPROCHES"

“Si hubieras estado aquí, no habría mu**to mi hermano” (Jn 11, 21.32).
Como quien dice, ‘si hubieras estado aquí de seguro hubieras hecho lo que yo te hubiera pedido que hicieras’.
Esa frase aparece en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 11, 1-45), y Jesús tuvo que oírla dos veces, pronunciada por dos amigas Suyas, Martha y María, que le reprochaban que cuando el hermano de ellas, Lázaro, enfermó y mandaron llamar a Jesús, Él se tardó en llegar y Lázaro murió.
Son palabras que expresan cierta pretensión de saber mejor que Dios lo que debe suceder.
Y cuando se cree eso, ya no se acepta la voluntad de Dios, sino se la juzga y aun se la condena.
Ejemplo de esto lo que cuenta san Juan que comentaban algunos de los ahí presentes: “No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?” (Jn 11, 37).
Esta misma idea ha sido repetida a lo largo de la historia con incontables variantes:
‘¿No podía Él, que curaba enfermos, haberme curado ya de esto?’
‘¿No podía Él, que revivió mu**tos, haber impedido que mi ser querido muriera?’.
‘¿No podía Él, que multiplicaba panes y peces, hacer que se me multiplique el sueldo y me alcance para todo?’.
Tal parece que consideramos que con Dios sucede como cuando vamos a presentar un trámite en una ventanilla, y cuando ya toca nuestro turno la persona que debía atendernos saca su torta o se pone a pintarse las uñas y no importa cuánto le insistamos en que nos haga caso, no lo hace, y vemos con desesperación que pasa el tiempo y llega la hora de cerrar y nuestro trámite se pierde por pura negligencia, por culpa suya. ¡Nos sentimos impotentes, frustrados, enojados!
Pero pensar así de Dios es pasar por alto algo fundamental.
Que a diferencia de esa persona a la que no le interesa atendernos, a Dios no sólo no le somos indiferentes, sino nos ama apasionadamente, y todo lo que nos atañe o nos preocupa, le interesa.
Si nos fijamos en el recado que las hermanas le enviaron a Jesús, queda claro que amaba a Lázaro (ver Jn 11,3), así que no podemos pensar que cuando supo que éste estaba enfermo, se tardó en ir a verlo porque no le importaba. ¡No!
Se tardó porque tenía en mente algo mucho mejor que sólo rescatarlo de la enfermedad, planeaba rescatarlo de la muerte.
Así que si hubiera estado ahí, de todos modos lo hubiera dejado morir, y no porque no lo amara, sino precisamente porque lo amaba.
Y cabe hacer notar que le dolió que muriera, y no fue ajeno al sentimiento de las hermanas de Lázaro y de la gente.
Cuando Jesús vio a éstas y a los demás llorar, se conmovió y también Él lloró, y eso que ya sabía que iba a revivir a Su amigo.
Jesús nunca nos contempla indiferente cuando sufrimos; le duele nuestro dolor. Lo hace Suyo.
Nosotros podemos acompañar a quien sufre, podemos compadecerlo, pero siempre un poco de lejecitos, porque no podemos meternos en su corazón, no podemos sentir lo que siente; a veces no podemos ni siquiera imaginarlo.
Jesús en cambió sí puede, y lo hace. Y llora con nuestro llanto, y se duele de lo que nos duele.
Entonces, ¿por qué lo permite?
Porque, Él lo ve todo en términos de eternidad, juzga todo con relación a si conviene o no para nuestra salvación.
Nosotros en cambio juzgamos las cosas de acuerdo a nuestros sentimientos, o a nuestra necesidad del momento.
Y así, por ejemplo, queremos que no se nos muera ningún ser querido, que todos gocemos de buena salud, de trabajo, de bienestar en este mundo.
Y si ocurre aquello que no queríamos que ocurriera, pensamos: ‘no podía Él, que hizo a Lázaro y a sus hermanas ese gran favor, hacerme éste a mí?’, y nos enojamos, le reprochamos, llegamos incluso a retirarle el habla.
No captamos que el Señor nos ama tanto o más que a Lázaro, y ha hecho por nosotros, ¡infinitamente más de lo que hizo por su querido amigo!
A él lo rescató momentáneamente del sepulcro, pero tarde o temprano volvió a morir; a nosotros nos rescata para siempre del pecado y de la muerte.
¡Qué vergüenza nos va a dar cuando lleguemos a la presencia de Dios y podamos contemplar toda nuestra existencia, en su conjunto y en relación con las de los demás y comprendamos por qué Dios hizo o permitió esto o aquello que de momento nos pareció tan mal!
¡Querremos tragarnos nuestras palabras de reproche y pedirle perdón por haberle juzgado y reclamado!
Y aunque podemos estar seguros de que nos comprenderá y nos perdonará, ojalá nos ahorremos esa pena, dándole desde ahora nuestro voto de confianza, un voto cimentado en la certeza absoluta de que todo lo hace o lo permite por una sola razón: porque nos ama con amor eterno, y quiere nuestro bien y nuestra salvación.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Murmullo de brisa”, Col. ‘La Palabra del Domingo’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 64, disponible en Amazon).

"VER Y NO VER"‘No hay peor ciego que el que no quiere ver’, dice el dicho, para referirse a quien neciamente cierra los ...
14/03/2026

"VER Y NO VER"

‘No hay peor ciego que el que no quiere ver’, dice el dicho, para referirse a quien neciamente cierra los ojos para no reconocer una realidad que tiene, como se dice popularmente ‘frente a sus narices’.Y aplica muy bien a lo que leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 9, 1-41).
Empieza diciendo que Jesús vio a un ciego de nacimiento. De entrada resulta conmovedor comprobar que aun cuando una persona sea incapaz de voltear la mirada hacia Dios y darse cuenta de Su presencia en su vida, Él, en cambio, sí tiene Su mirada puesta en ella, y no es una mirada indiferente, sino compasiva.
Jesús, que dijo de Sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9,5), hizo lodo, lo puso en los ojos al ciego, le pidió que fuera a lavarse, éste obedeció y recobró la vista.
Tan radical cambio en aquel hombre no pasó desapercibido, y sus vecinos y conocidos se preguntaban: ‘¿es él o se parece?’
Así sucede con quien ha tenido un encuentro con Dios y se ha dejado iluminar el corazón. Ya no es el mismo de antes, tiene ahora una nueva luz interior que se le nota, y hay un cambio también en su actitud, si antes su dios era el dinero, ahora es el Señor; si antes buscaba poder para que otros lo sirvieran, ahora lo que busca es poder servir a otros, y así en todo.
Claro que semejante cambio provoca en los que lo conocen muy diversas reacciones. Hay quien se alegra genuinamente por su conversión, pero hay otros a los que su cambio los incomoda grandemente porque sin querer les echa en cara que ellos no han cambiado y no quieren cambiar.
Es lo que sucedió a los fariseos de los que nos habla el Evangelio. No querían creer que ése, al que conocían de toda la vida, había sido curado, y lo cuestionaban, discutían entre ellos, lo volvían a interrogar, incluso buscaron a los papás de él para ver qué decían, y cuando le volvieron a hacer preguntas y él, muy sensatamente, les hizo ver que semejante curación no podía venir sino de Dios, en lugar de abrirse a esa posibilidad, lo insultaron.
Si hubiera dicho lo que querían oír, le habrían hecho caso, pero como dijo lo que no querían oír, lo tildaron de pecador y lo echaron fuera.
Y justamente fuera fue que se encontró de nuevo con Jesús, ante el cual se postró para adorarlo. Los que lo corrieron le hicieron un favor, le permitieron encontrarse de nuevo con Aquel que es la Luz, ellos en cambio permanecieron en tinieblas. De ellos dijo Jesús: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, continúan en su pecado” (Jn 9, 41).
En este Cuarto Domingo de Cuaresma, llamado ‘Domingo Laetare’, es decir, ‘de la alegría’ (pues nos alegramos de que esté ya más cerca la Pascua), quedamos invitados a examinar cómo están nuestros ojos, no los del cuerpo, que no importa si ven mal o poco, sino los del alma. Si saben captar la presencia del Señor que nos llena de gozo. Si vemos realmente y caminamos alegres y seguros, o sólo creemos ver, pero tropezamos porque seguimos a oscuras.
Preguntémonos cómo se nos aplica lo que dijo Jesús: “Yo he venido...para que los ciegos vean y los que ven se queden ciegos” (Jn 9, 39).

(Del libro de Alejandra Ma Sosa E “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 59, disponible en Amazon)

"NOTICIA COMPARTIDA"¿No te ha pasado que tienes una noticia que te alegra tanto que sientes necesidad de compartirla y s...
08/03/2026

"NOTICIA COMPARTIDA"

¿No te ha pasado que tienes una noticia que te alegra tanto que sientes necesidad de compartirla y se la dices a la primera persona con la que te topas?
Y así, a la menor provocación, le haces plática al dependiente de la tienda, al chofer del taxi, a quien se te sentó junto en el camión, a quien sea, y le sueltas que te vas a casar, que nació tu primer hijo o nieto, que por fin conseguiste chamba, que te dieron de alta o cualquier otra cosa buena que acaba de sucederte.
Y quizá tu interlocutor se te queda viendo con cara de ‘y a mí ¿qué?’, pero estás tan feliz que no te importa.
Claro que lo mejor es compartir la noticia con alguien que sabes que está deseando oírla y que alegrará tanto como tú. Ejemplo de esto es lo que nos narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 4, 5-42).
Jesús llegó a un poblado, y mientras Sus discípulos se iban a comprar comida, se sentó en el borde de un pozo. Por lo que sucedió se puede deducir que Él estaba ya dispuesto a revelar Su identidad, a dar a conocer que era el Mesías enviado a salvar a Su pueblo.
Es pues significativo que se sentara allí, como esperando comunicar Su noticia a alguien que tuviera sed, pero no sólo de agua, sino de salvación, alguien que necesitara oírla, alguien que verdaderamente se alegrara al conocerla.
Dice san Juan que era mediodía. Eso significa, por una parte la hora del máximo calor, donde se experimenta la mayor sed, la mayor necesidad de beber del manantial de agua viva que Jesús vino a ofrecer.
Y también la hora en que ilumina con toda su fuerza el sol y no hay sombras. Vienen a la mente las palabras de Zacarías: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79).
Llegó entonces al pozo una mujer que vivía así, en sombras. Si se hubiera realizado una encuesta preguntando quién se hubiera considerado digno de ser el primero al que Jesús revelara que era el Mesías, ella no hubiera encabezado la lista de preferencias.
Era samaritana, es decir, de un pueblo que estaba enemistado con los judíos; era mujer, en un tiempo en que no contaban los testimonios femeninos, y era pecadora y probablemente la comidilla del lugar, pues había tenido muchos maridos y ahora tenía un amante con el que estaba viviendo.
Sin embargo Jesús la consideró la candidata ideal. ¿Por qué? Porque conocía que ella estaba muy sedienta, pero no sólo de agua, sino de algo que sacie ese anhelo interior, esa ansia de felicidad que la había llevado a buscarla inútilmente y, en su búsqueda, equivocar rotundamente el camino (decía San Agustín: ‘busca lo que buscas, pero no donde lo buscas’).
Y así, cuando ella se disponía a sacar agua, Él se dirigió a ella con una petición inesperada: “Dame de beber”.
Conmueve que el Señor se aproxima siempre a nosotros sin exigir, sin avasallar, vulnerable, necesitado de lo que le podamos dar. Él es el manantial de agua viva y la mujer llevaba tan sólo un cántaro, y cabe pensar que no muy grande, para poder cargarlo lleno, y de ese cántaro pidió Jesús beber. El Señor se pone siempre a nuestro nivel, acepta nuestra pequeñez, lo poco que podemos ofrecerle. Él que es el Amor, se conforma con recibir el amor que brota de nuestro pequeño corazón; Él que es la Bondad, se alegra cuando hacemos aunque sea una insignificante obra buena; Él que nos lo da todo, se pone feliz cuando le damos algo, aunque sea pequeño.
La petición del Señor inició un diálogo que Él aprovechó para revelarle que era el Mesías. La noticia debió haberla estremecido, no sólo por conocer al esperado Enviado de Dios, sino porque Él se dignó dirigirle la palabra, la trató con respeto, la miró con misericordia.
Ahora ¡era ella la que tenía un notición que no podía guardarse!, y corrió al pueblo a compartirlo, y fue tal su testimonio que movió a todos a ir a comprobar por sí mismos lo que les anunció.
En este Tercer Domingo de Cuaresma, llega oportuna la Palabra a despertar nuestra sed, a revelarnos Quién es el Único que puede saciarla, a invitarnos a acudir a Él y a llamar a otros, a invitarlos a presentarle sus cántaros vacíos, con la certeza de que sólo Su manantial de agua viva puede llenarlos.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 56, disponible en Amazon).

"FE EN MARCHA"‘Pero déjame pensarlo, aunque no prometo nada’, dice la letra de una canción ranchera que tal vez nosotros...
01/03/2026

"FE EN MARCHA"

‘Pero déjame pensarlo, aunque no prometo nada’, dice la letra de una canción ranchera que tal vez nosotros le hubiéramos cantado a Dios si nos hubiera pedido lo que le pidió a Abram.
En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Gen 12, 1-4), dice:
“dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que Yo te mostraré” (Gen 12, 1).
De entrada, le pide que deje tres cosas vitales para él:
Su país
El lugar donde nació, del cual conoce la lengua, la gente y sus costumbres; el lugar donde ha pasado toda su vida, con el que está familiarizado, a donde pertenece, de donde es. Para ir quién sabe a dónde, a ser un extranjero, donde todo le será ajeno: el idioma, la comida, las costumbres. Le pide desarraigarse de su patria, cortarse de raíz y dejarse trasplantar en otro suelo.
Su parentela
Al oír esto tal vez algunos piensen que eso sí les gustaría, que Dios les pidiera dejar a ciertos parientitos a los que no tragan. Pero el Señor no le pide a Abram que abandone sólo a los insoportables, sino a todos, incluidos aquellos a los que quiere y con los que cuenta. Dejar a sus parientes era dejar la red de seguridad que le daba la tranquilidad de pensar que si algo le pasaba, ellos le echarán la mano.
Así era entonces y así es ahora. En un hospital, por ejemplo, cuando sale un doctor a dar un parte médico siempre pregunta: ‘¿familiar de fulano?’ Se da por hecho que alguien de su familia está pendiente del paciente. Abandonar a la familia es renunciar a contar con un apoyo incondicional.
La casa de su padre
Esto tiene varias implicaciones.
Por una parte, le daba identidad. En ese tiempo se acostumbraba referirse a alguien mencionando de quién era hijo. Abandonar la casa paterna conllevaba el riesgo de no ser ya reconocido como miembro de una determinada familia.
Por otra parte, dejar la casa del padre implicaba también renunciar a su patrimonio, a lo que le hubiera correspondido heredar o asumir. Era quedarse en una especie de orfandad emocional y material.
¡No le pide poco Dios a Abram! Y cuando éste tenía setenta y cinco años, una edad en la que muchos ya se jubilaron y no están pensando en emprender nuevas aventuras.
Nos admira que le pida tanto, porque si hoy nos lo pidiera a nosotros, tal vez le diríamos: ‘Si quieres que deje mi país dime a dónde quieres que vaya, a ver si me conviene; déjame averiguar cómo están las cosas por allá, qué idioma se habla, a ver si lo puedo aprender; qué costumbres tienen; cómo está la situación política, social, cultural. Déjame comprarme una buena guía de turismo, darle una buena leída y luego te contesto’.
‘Si quieres que deje a mis parientes, Señor, déjame preguntar si alguien que conozca tiene amigos o familiares en la tierra a la que me vas a mandar, para al menos tener a alguien conocido en quien apoyarme si necesito algo, voy a averiguar y luego te digo qué decido.’
‘Si quieres que deje la casa de mi padre, déjame primero arreglar que a la hora de repartir la herencia el albacea me haga un traspaso a mi cuenta, porque ni modo que me vaya así nomás y renuncie al único patrimonio que tengo. Voy a ver si es posible arreglar eso y luego te aviso, ¿eh?’
¡Ay, qué bueno que no fue a nosotros sino a Abram a quien Dios se dirigió!
Porqué a diferencia de lo que nosotros hubiéramos respondido, él no hizo preguntas, no puso trabas, no inventó pretextos, ni siquiera pidió una brújula o un mapa.
En cuanto Dios le pidió que dejara todo y partiera, prometiéndole hacer de él un gran pueblo por el que serían bendecidos todos los pueblos de la tierra: “Abram partió, como se lo había ordenado el Señor”. (Gen 12, 4).
Partió sin demoras, sin aspavientos, sin pensarlo dos veces.
¿Por qué pudo renunciar a tanto y marcharse sin dudarlo? Porque no tenía puesta su seguridad en sí mismo, ni en su país, ni en su gente, ni en sus bienes, sino en Dios.
Su confianza estaba enteramente puesta en Dios, y por eso pudo decir sí a lo que Dos le pidió, y estar confiado, seguro, de que aunque renunciara a todo, aunque todo le faltara, no le faltaría nunca el apoyo de Aquel que lo llamaba a dejarlo todo.
Abram dejó mucho, pero obtuvo mucho más. Dejó una patria, unos parientes, una casa, pero se volvió padre de incontables pueblos en los que fue y sigue siendo abundantemente bendecido.
A nosotros no nos pide tanto Dios. Apenas una renuncia aquí, otra allá. Pero al igual que con Abram, cuando nos pide que dejemos algo no suele darnos muchas señas ni nos explica minuciosamente por qué nos lo pide, o qué sigue después. Simplemente espera que nos fiemos de Él, como Abram, con una fe que nos ponga en marcha cuando Dios nos pida marchar.
Ojalá no lo dejemos defraudado, nosotros, que le llevamos de ventaja a Abram que contamos con su ejemplo, y con lo que dice el Salmo que responde a esta Lectura y que en nuestra propia vida hemos comprobado: “En el Señor está nuestra esperanza, pues Él es nuestra ayuda y nuestro amparo” (Sal 33, 20-21).

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Murmullo de brisa’, Col. ‘La Palabra del domingo’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 54, disponible en Amazon).

"PRUEBAS"Conozco a varias personas que afirman no ser creyentes o haberlo sido y haber perdido su fe. Y he escuchado muc...
22/02/2026

"PRUEBAS"

Conozco a varias personas que afirman no ser creyentes o haberlo sido y haber perdido su fe. Y he escuchado muchas veces los argumentos que dan para su incredulidad. Es por ello que me llamó la atención descubrir ecos de esos argumentos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 4, 1-11;).
Cuando lee uno este texto, el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto, normalmente fija la mirada en Jesús con el fin de aprender de Él a superar las tentaciones pues, toda proporción guardada, son similares a las que enfrentamos nosotros todos los días, a nivel personal y comunitario. Sin embargo ahora quisiera proponerte que pongamos la mirada, o mejor dicho el oído, en otra parte: en las palabras que el diablo le dice a Jesús pues hay en ellas resonancias de tres cuestiones que suelen plantear los no creyentes para justificar su falta de fe, por lo que vale la pena abordarlas y tratar de darles respuesta. Estas tres cuestiones son:

1. Si Dios existe y si, como dicen, es Bueno, ¿por qué permite que haya hambre en el mundo?

En su libro 'Jesús de Nazaret', el Papa Benedicto XVI pregunta: '¿Hay algo más trágico, algo más opuesto a la creencia en la existencia de un Dios Bueno y Redentor de la humanidad, que el hambre mundial? ¿No debería ser ésta la primera prueba para el Redentor ante la mirada del mundo y a favor de éste, darle pan para terminar con toda hambre?'
El Papa relaciona esto con la primera prueba a la que el diablo pretende someter a Jesús: "Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes" (Mt 4, 3) y da una amplia respuesta, pero antes de comentar algunos puntos de ésta, cabe hacer notar que Dios creó el mundo con una superabundancia de recursos que podrían alcanzar y sobrar para que nadie pasara hambre. No es culpa Suya que unos cuantos acaparen esos recursos y despojen a otros. Y si alguien se pregunta por qué entonces Dios no hace nada contra los acaparadores, habría que responderle que el hecho de que no los fulmine con un rayo o los desaparezca de la tierra, no significa que no haga -o que no vaya a hacer-algo al respecto, pero a Su tiempo, respetando siempre la libertad humana, y dando a todos oportunidad de arrepentimiento y conversión.
Volviendo a lo que plantea el Papa en su libro, él parte de lo que el propio Jesús contesta al diablo: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4), y explica que a la exigencia de pan Jesús no respondió abusivamente buscando saciar Su propia hambre, sino respondió, por una parte, en la multiplicación de los panes, para dar de comer a una multitud que primero tuvo hambre de Su Palabra, y por otra parte la respondió en la Eucaristía, dándose Él mismo como alimento para el mundo, Pan que verdaderamente alimenta al hombre, que es para todos, que no se agota nunca y que nos da, no una vida que termina, sino vida eterna.

2. A ver, si Dios existe que haga que suceda -o que no suceda- esto que le exijo ahoritita mismo

Se publicó en un diario la trágica confesión de un periodista que decía que como un día sufrió una situación muy traumática en la que Dios no le respondió como esperaba, dejó de creer en Él. Su caso es muy común. Son muchas las personas que se la pasan poniendo a prueba al Señor buscando que compruebe que es Dios.
En el Evangelio dice que el diablo llevó a Jesús a lo alto del templo de Jerusalén y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a Sus ángeles para que te cuiden" (Mt 4,6).
Quienes quieren obtener a voluntad una espectacular intervención divina se decepcionan cuando ésta no sucede; no comprenden que el hecho de no recibir la respuesta que esperan no prueba que Dios no exista, sino más bien que Sus pensamientos están muy por encima de los nuestros, y que como sólo Él puede ver por encima del tiempo y del espacio, sabe y permite lo que realmente es mejor para nosotros, aunque de momento nos desconcierte.
Le dice Jesús al diablo: "No tentarás al Señor tu Dios" (Mt 4,7), es decir, no lo pondrás a prueba. No nos corresponde a nosotros andarle poniendo 'cuatros' a Dios, sino abandonarnos confiadamente a Su Providencia.

3. Creería en Dios si me conviniera

Mucha gente estaría dispuesta a creer en Dios si Él sirviera a sus intereses. Les encantaría que Él se prestara a avalar cuantas causas se les ocurrieran. Vienen a la mente los que hacen las guerras, los que bajo pretexto de defender libertades y derechos, arrasan con libertades y derechos; sin duda todos ellos querrían tener a Dios a sus pies, enarbolando sus banderas.
Sus pretensiones se asemejan a las del diablo que le promete al Señor darle los reinos del mundo (ja, como si le pertenecieran) a cambio de que se postre y lo adore (ver Mt 4,9).
A esto responde Jesús: "Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto" (Mt 4,10).
Nadie puede pretender hacer de Dios una especie de 'genio de la lámpara mágica' para que salga sólo cuando se le mande y obedezca siempre. Dios está por encima de todo y de todos y quienes se niegan a creer en Él porque no quieren someterse a Su voluntad se engañan creyendo que están mejor así, no lo están: se han condenado a sí mismos a una vida en soledad y sin sentido.
Como se ve, la escena evangélica no sólo trata de tres pruebas a las que el demonio quiso someter al Señor, sino de tres pruebas que mucha gente considera como claves para poder creer o no en Dios. Pidamos a Jesús que es la Verdad, que venció todas las pruebas, que haga brillar Su luz y a todos les dé Su gracia para disolver toda duda y para desandar los caminos que los han alejado de Su lado.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Caminar sobre las aguas”, Col. ‘La Palabra ilumina tu vida’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 45, disponible en Amazon).

"SI SOY ASÍ"‘Si soy así, ¿qué voy a hacer?’Así empezaba un famoso tango argentino que cantaba Carlos Gardel, allá por lo...
15/02/2026

"SI SOY ASÍ"

‘Si soy así, ¿qué voy a hacer?’
Así empezaba un famoso tango argentino que cantaba Carlos Gardel, allá por los años treintas del siglo pasado.
Y lo que seguía después pretendía justificar esa primera frase: ‘nací buen mozo y embalao para el querer’; ‘con las mujeres no me puedo contener’; ‘es el destino el que me empuja a serte infiel’; ‘las viuditas, las casadas y solteras, para mí son todas peras, en el árbol del amor’.
Fue un gran éxito. Por lo visto mucha gente se identifica con eso de justificar el propio modo de actuar diciendo: ‘así nací, así soy, ni modo, no puedo evitarlo’.
Incluso entre personas creyentes no falta quien no admite tener culpa en lo que hace, sino que le echa toda la culpa a Dios, dice: ‘así me hizo Dios’, como diciendo: ‘¿quién le manda?, si me hubiera hecho de otro modo, no haría yo esto, no caería en aquello, no pecaría de tal modo’.
Nos encanta deslindarnos de toda responsabilidad, voltear a ver a qué o quién le echamos la culpa.
Recordemos lo que narra el primer libro de la Biblia acerca de Adán y Eva (ver Gen 3, 1-19): cuando Dios le pregunta a Adán por qué comió del fruto del que les prohibió comer, Adán responde: “La mujer que me diste por compañera, me dio del árbol y comí.”, como quien dice, ‘Tú tienes la culpa por dármela, y ella tiene la culpa por ofrecerme lo que no debía, a mí que soy débil, ¿qué le voy a hacer?’
Y cuando Dios le pregunta a Eva, por qué le dio ese fruto a Adán, ella contesta: “La serpiente me sedujo y comí”.
Y si Dios le hubiera preguntado a la serpiente, tal vez ésta hubiera dicho, como el tango de Gardel: ‘no me pude contener, si soy así, ¿qué voy a hacer?’
Nos gusta pensar que no somos culpables, porque no tuvimos más remedio que actuar como actuamos.
Pero en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Eclo 15, 16-21) viene esta rotunda afirmación: “Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya”.
En otras palabras: no me vengas con que ‘así soy’ y ‘es mi destino’. Es verdad que así eres, pero también es verdad que tienes libre albedrío. Tú puedes decidir qué hacer con eso que eres.
Ciertamente todos tenemos características con las que nacimos, y que no podemos cambiar. Por ejemplo, una persona de temperamento nervioso, o muy sensible, será así toda su vida. Pero ello no significa que no pueda hacer algo al respecto.
Con la gracia de Dios, puede encauzar su temperamento, para que esa tendencia natural que tiene, sea para bien y no para mal.
Por ejemplo, la persona muy sensible, puede decidir no tomar a mal cualquier cosa que le digan, no darse por ofendida a la primera, ni convertirse en una de esas gentes a las que hay que tratar con pinzas porque todo lo que les digas podrá ser usado en tu contra. Puede elegir no conformarse con pensar: ‘yo de todo me siento, así soy, no tiene remedio’. Y puede elegir usar su sensibilidad para aprovechar cada supuesta ofensa que recibe, para ejercitarse en el perdón, la paciencia, la comprensión. Puede aprovechar su gran sensibilidad para estar atenta a captar lo que los demás sienten y necesitan, y disponerse a ayudar.
Concluye la Primera Lectura dominical, diciendo que el Señor “a nadie le ha mandado ser impío y a nadie le ha dado permiso de pecar”.
Puede suceder que un padecimiento, una situación o condición que nos afecte, influya gravemente en nuestra manera de reaccionar en un momento dado, pero en la gran mayoría de los casos, somos libres para optar, así que ante lo que nos sucede, y con la gracia de Dios, siempre podemos, y debemos, elegir cumplir Su voluntad.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Sed de Dios”, Col. ‘Reflexión dominical’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 45, disponible en Amazon).

ORACIÓN PARA MIÉRCOLES DE CENIZAHace algunos años mi párroco de entonces y quienes le ayudamos el Miércoles de Ceniza, c...
13/02/2026

ORACIÓN PARA MIÉRCOLES DE CENIZA

Hace algunos años mi párroco de entonces y quienes le ayudamos el Miércoles de Ceniza, comentamos que ese día acude mucha gente que no conoce el sentido de ponerse ceniza y habría que explicarles. Lo intentamos, pero comprobamos que la gente no acepta recibir explicación, dice: ‘ya lo sé’, aunque no lo sepa. Como lo que sí acepta es que quien le impone la ceniza haga antes una breve oración, se nos ocurrió meter la explicación en dicha oración y así, sin darse cuenta, al rezar ésta reciben también la otra. Ha resultado muy bien. Te la comparto por si quieres emplearla en tu iglesia. Se puede rezar lo mismo con una sola persona, que con muchas.

Oración antes de imponer la ceniza:

Señor:
Como Tu pueblo elegido
que empleaba la ceniza
como señal de arrepentimiento,
dolor y penitencia,
concédenos recibirla
hoy que inicia la Cuaresma,
no sólo por costumbre,
ni por superstición,
sino para expresar
nuestro deseo de conversión,
nuestro propósito
de apartarnos del pecado,
reconciliarnos Contigo,
y crecer en fe, esperanza y amor,
a través de los caminos
que propone Tu Iglesia:
abstinencia y ayuno, caridad y oración.

Que en nuestro camino cuaresmal
Tu Palabra sea nuestra luz,
y la Eucaristía el alimento
que fortalezca nuestro corazón
para acompañarte hasta la cruz
y en la Pascua poder celebrar contigo
que derrotaste la muerte
con Tu Resurrección.
Amén

Dirección

Jojutla3, Tlalpan
Mexico City
1400

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Ediciones 72, editorial católica publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Ediciones 72, editorial católica:

Compartir

Categoría