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"OÍDO ATENTO" 'Como el b***o que tocó la flauta'. Solemos usar esta frase para expresar que alguien logró de puritita ca...
23/08/2026

"OÍDO ATENTO"

'Como el b***o que tocó la flauta'.
Solemos usar esta frase para expresar que alguien logró de puritita casualidad dar una respuesta acertada o decir o hacer lo que debía.
Sucede frecuentemente, pero sin duda no sucedió en la escena de la que nos habla el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 16, 13-20).
Narra que luego de que Jesús les pregunta a Sus discípulos quién dice la gente que es Él y recibe unas respuestas de lo más desencaminadas, cuestiona qué dicen ellos, a lo cual Simón Pedro contesta resueltamente: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).
Llama mucho la atención que dé una respuesta tan elevada un hombre tan sencillo.
¿Qué pasó?, ¿llevaba 'acordeón', fue 'chiripada', le atinó de milagro?, ¿de dónde le vino de repente tanta sapiencia?
Lo descubrimos de inmediato cuando Jesús exclama: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún hombre, sino Mi Padre, que está en los Cielos!” (Mt 16, 17).
Es gracias a que Dios lo ilumina que Simón Pedro logra dar una respuesta que por sí mismo jamás hubiera podido dilucidar. Suple con disposición lo que le falta en preparación, y eso hace toda la diferencia.
Su disponibilidad para escuchar lo que Dios le revela y no ponerlo en duda, rechazarlo o dejarlo en el olvido, sino aceptarlo, asumirlo y expresarlo, merece no sólo que se le revele la verdad sobre Jesús y que Él le dedique una alabanza, sino que lo escoja como la piedra sobre la que funda la Iglesia, le confíe las llaves del Reino de los Cielos y le dé poder de atar y desatar sobre Tierra y Cielo (ver Mt 16, 19).
Se convierte así en el primer Papa de la historia.
Resulta lógico y coherente que fuera considerado ideal para el puesto de conducir a la Iglesia alguien capaz de dejar que la barca que se le encomienda sea impulsada no por sus propios débiles remos, sino por las velas desplegadas al viento del Espíritu Santo.
Recuerdo que en la homilía de la Misa Solemne con la que inició su pontificado el Papa Benedicto XVI anunció: "Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia."
Es muy significativo que no sólo Pedro y sus sucesores, sino todos los bautizados a lo largo de la historia de la Iglesia que han logrado grandes cosas o han alcanzado la santidad -y ni duda cabe que un día el Papa Bene será declarado santo- han tenido la misma docilidad para convertirse en instrumentos de Dios a través de los cuales Él hable y actúe. Su ejemplo es digno de imitación.
Ahora bien, hoy en día, quizá haya quien se pregunte cómo se hace eso, cómo puede una persona común mantener el oído del corazón atento para percibir lo que Dios quiere revelarle y poder así responderle afirmativamente; en otras palabras: ¿qué hay que hacer, en términos prácticos, para dejarse iluminar y conducir por el Espíritu?
La respuesta no es complicada; no creas que se trata de 'oír voces' o vivir fenómenos sobrenaturales; se trata simplemente de abrir un espacio cada día (eso sí, sin falta) para aprender a orar no sólo hablando sino escuchando; aprender a acallar el barullo interior, hacer silencio y, por poner un ejemplo entre muchas otras posibilidades, leer despacito y en espíritu de oración un Salmo o el Evangelio de la Misa del día, y repasar con calma y atención el texto que más nos hable al corazón, para dejar que su mensaje penetre, resuene, sea luz, respuesta, exhortación, consuelo, ayuda que permita ir descubriendo, como Pedro, a un Dios Vivo, presente, que siempre nos quiere hablar y está siempre deseoso de que lo queramos escuchar...

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Caminar sobre las aguas”, Col. ‘La Palabra ilumina tu vida’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 137, disponible en Amazon).

"REBELDÍA Y MISERICORDIA"Quienes tienen a su cargo a alguien de quien esperan obediencia, sea un hijo, un subalterno, un...
15/08/2026

"REBELDÍA Y MISERICORDIA"

Quienes tienen a su cargo a alguien de quien esperan obediencia, sea un hijo, un subalterno, un empleado, suelen considerar la rebeldía como una falta grave.
Me decía un amigo maestro que puede pasar por alto que un alumno llegue un poco tarde o no traiga muy bien hecha la tarea, pero no que sea rebelde, que le desafíe, que no obedezca y haga lo que se le pega la gana.
No hay autoridad que apruebe la rebeldía, y a los rebeldes se les suele someter por la fuerza.
Es por eso que resulta muy sorprendente lo que da a entender san Pablo en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Rom 11, 13-15. 29-32): que la rebeldía de los judíos que no creyeron en Jesús, no movió a Dios a someterlos por la fuerza, sino que les tuvo paciencia, y, mientras tanto, buscó la manera de regalar los dones que aquéllos no quisieron recibir a otros que supieron aprovecharlos.
Afirma san Pablo que: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos Su misericordia” (Rom 11, 32).
Él se refería principalmente a la rebeldía del pueblo elegido que rechazó a Jesús, pero sus palabras se aplican también a todo aquel que en algún momento se rebela contra Dios y se aleja de Él.
¡Qué consolador resulta saber que el Señor reacciona ante las rebeldías del ser humano no como reacciona el mundo, forzando o rechazando a los rebeldes, sino con infinita paciencia y misericordia!
Ello tendría que movernos a considerar dos cosas:
La primera: que nunca debemos tener miedo de que por habernos alejado o haber caído en pecado, Él nos rechace cuando queramos volver a Él, pues nos está esperando siempre con los brazos abiertos.
Y, la segunda: que es una tontería rebelarse y alejarse de Aquel que es tan misericordioso, y peor aún si esa rebeldía es calculada. Si alguien dice: ‘bueno, pues puedo abandonarlo y hacer lo que me pegue la gana, al fin que cuando quiera regresar tendrá misericordia de mí’, no sólo corre el riesgo de que llegue un día inesperadamente el fin de su vida y no haya tenido tiempo de regresar, sino que por estar lejos se priva de las gracias divinas de las que hubiera podido disfrutar.
Consideremos esto: Si alguien estuviera dentro de una cabañita en la mitad de un paisaje nevado, disfrutando del fuego acogedor de la chimenea y de un humeante tazón de chocolate (digo chocolate porque soy chocolatera, pero cada quien piense en la bebida calientita de su preferencia), en compañía de sus seres más queridos, seguramente no querría salir y aventurarse a alejarse de allí, no sólo por el peligro de extraviarse y morir congelado, sino para no perderse ni un instante de todo lo que está gozando ahí dentro.
Así también el conocer la infinita misericordia del Señor, debe movernos no sólo a no tener miedo de que nos rechace cuando volvamos a Él, sino sobre todo y primero que nada, a no querer alejarnos ni un instante del Señor, porque no hay sitio mejor que junto a Él, no hay lugar más acogedor que a Su lado.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 114, disponible en Amazon)

"MURMULLO DE BRISA"Espeso, negro, aterrador, así se veía ese gigantesco nubarrón circular, que flotaba amenazante sobre ...
08/08/2026

"MURMULLO DE BRISA"

Espeso, negro, aterrador, así se veía ese gigantesco nubarrón circular, que flotaba amenazante sobre un paisaje rural atravesado por un larguísimo camino en el que a la distancia aparecía un coche alejándose, tratando de escapar de ahí lo más pronto posible.
No faltaba nada para que al centro de la densa nube se formara ese temible embudo de tornado que le permitiría tocar tierra y devastarlo todo a su paso, deshaciendo casas como castillos de naipes y levantando trailers por los aires, como si fueran camioncitos de juguete.
Quien lo fotografíó (y por la foto ganó el premio de National Geographic), seguramente no se quedó a ver qué sucedía, sino salió de allí despavorido.
En otra imagen, captada al otro lado del mundo, se aprecia un gran valle con unas cuantas construcciones de dos pisos rodeadas de una gran área café que parece un lodazal pero en realidad está compuesta por cientos de casas de barro derrumbadas por un terremoto. No quedó nadie. Si acaso hubo sobrevivientes, se fueron en busca de un lugar seguro.
Y en una tercera foto se ve a docenas de familias abandonando sus hogares porque un incendio forestal amenaza con devorarlos, y al fondo se aprecian, demasiado cerca, llamaradas anaranjadas y siniestras columnas de humo negro.
Torbellinos, temblores e incendios nos espantan (en el amplio sentido de la palabra: nos asustan y nos ahuyentan).
Por eso podemos comprender lo que cuenta la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Re 19, 9. 11-13).
Narra que el profeta Elías estaba en una cueva, y que Dios le dijo: “Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar.”
Entonces “vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas.”
Podemos imaginar la escena, ¡qué miedo ver que un ventarrón desgaja los cerros y quiebra las piedras! Era como para que Elías hubiera pensado: ‘Si salgo de la cueva muero descalabrado, mejor me quedo aquí encerrado’, y se hubiera perdido su encuentro con Dios.
“Pero el Señor no estaba en el viento”.
Así que Elías siguió esperando al Señor.
Dice el texto que se “produjo después un terremoto”
Podemos visualizar a Elías, tambaléandose espantado, viendo todo agitarse a su alrededor. Era como para que hubiera salido corriendo, sin quedarse a su cita con Dios.
“Pero el Señor no estaba en el terremoto”.
Y Elías se quedó donde estaba, esperando al Señor.
Dice el texto que “entonces vino un fuego”.
¡Lo que faltaba! Elías debe haber contemplado aterrado cómo se acercaban las llamas, debe haber sentido su sofocante calor, aspirado el olor acre y penetrante de la humareda.
Era como para que se hubiera introducido más en esa cueva, buscando una salida del otro lado, renunciando a su encuentro con Dios.
“Pero el Señor no estaba en el fuego”.
Y Elías siguió esperando al Señor.
Dice el autor bíblico que “después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva”
Hasta allí llega el texto que se proclama en Misa, pero si leemos en nuestra Biblia la continuación, nos enteramos de que fue en la brisa suave que Dios se le manifestó.
Suena muy bonito, pero debo confesar que a mí este modo del Señor de venir con tanta delicadeza, me da más miedo que si viniera aparatosamente, porque un huracán, un terremoto o un incendio nunca pasan desapercibidos, y nos obligan a reaccionar, a cambiar, pero una brisa suave puede pasarnos desapercibida, y corremos el riesgo de quedarnos como estamos.
Si Dios nos enviara al alma un ventarrón, tal vez se nos sacudiría el polvo de la flojera, de la indiferencia. Un terremoto derrumbaría nuestra soberbia, nuestro resentimiento, las barreras que levantamos para separarnos de los otros. Un fuego, derretiría nuestra frialdad y acrisolaría nuestras buenas intenciones.
¿Por qué entonces nos envía una brisa suave?
Porque no quiere avasallarnos, sino seducirnos.
Por eso pudiendo usar la fuerza para tenernos bajo control, eligió no hacerlo.
Y así, cuando empleó el viento, fue para aletear sobre las aguas y ordenar el caos, en la creación del mundo (ver Gn 1,2), fue para comunicarle a Sus apóstoles la gracia de perdonar pecados (ver Jn 20,22-23); fue para exhalar Su último aliento, muriendo por nosotros en la cruz (ver Jn 19,30), fue para comunicarles a Sus Apóstoles el Espíritu Santo (ver Jn 20,22).
El terremoto, el único en el que estuvo, fue el que produjo la tierra, impactada de verlo morir para salvarnos (ver Mt 27, 50-54).
Y solamente trajo el fuego de Su Espíritu Santo (ver Hch 2, 1-4) y de Su Sagrado Corazón, en espera de incendiar, enamorado, el nuestro. (ver Lc 12,49).
No, el Señor no vino a amedrentarnos ni quiere que corramos a escondernos de Él.
No quiere someternos por temor.
Vino a salvarnos por amor, y por amor quiere que le respondamos.
Así que no esperes que a tu vida llegue algo como un huracán, un terremoto o un incendio para acercarte a Dios.
Préstale atención... shhh, calla... ¿escuchaste?....¿sentiste ese murmullo?
Sal de la cueva. El Señor ya está al lado tuyo.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Murmullo de brisa”, Col. ‘La Palabra del Domingo’, ciclo A, p. 116, Ediciones 72, México, disponible en Amazon).

"DE COMPRAS CON JESÚS"'Es mi dinero y yo hago con él lo que me da la gana.' Mucha gente ha dicho esta frase, o cuando me...
02/08/2026

"DE COMPRAS CON JESÚS"

'Es mi dinero y yo hago con él lo que me da la gana.'
Mucha gente ha dicho esta frase, o cuando menos la ha pensado.
Es curioso cómo cuando se trata de la manera como gastamos nuestro dinero consideramos que podemos hacer lo que se nos ocurra, que no tenemos que entregar cuentas a nadie: ‘yo lo trabajé, yo lo gané, es justo que yo lo gaste como quiera’. Fin del asunto, ¿o no?
El otro día mientras esperaba a una persona en la zona de cajas de una tienda de autoservicio, tuve oportunidad de ver lo que la gente llevaba en su carrito.
Me preguntaba si lo que las personas compran expresa su fe, más aún, si podía yo descubrir quién era católico al ver lo que llevaba en su carrito.
Alguien puede pensar: '¡ay ay ay, eso es llevar las cosas demasiado lejos!, ¡Dios no tiene nada que ver con lo que uno compra en el super!' Y sin embargo, cuando se analizan las cosas se advierte que no es que Dios no tenga nada que ver con nuestras compras, es que somos nosotros los que no queremos que Él tenga nada que ver con la manera como gastamos el dinero. ¿Por qué? Porque resulta profundamente incómodo.
Nada más imagínate que un día Jesús te acompañara al supermercado y caminara junto a ti mientras eliges lo que vas a llevar. ¿Cómo te quedarías?
¿Cómo se quedarían esos trabajadores que con su paga recién recibida sólo llevan 'caguamas' para ponerse una borrachera con los cuates? ¿Ese señor que derrocha en manjares y licores importados para apantallar a sus invitados? ¿Esos adolescentes que se surtieron de bebidas embriagantes y pr*********os para el 'reven' de esa noche? ¿Esa señora que cedió a todas las supuestas ofertas y se siente muy satisfecha de sí misma, aunque en realidad no necesita casi nada del montón de cosas que compró? ¿Esa familia que sale del súper con el carrito a tope y no es para convidarle algo al anciano flaquito y mal vestido, que está afuera pidiendo limosna porque todavía no ha comido?
Sería muy embarazoso tener por testigo a Jesús mientras llenamos nuestros carritos movidos por la presión de los amigos, por la influencia de la publicidad, por el afán de despertar envidias, por nuestra propia glotonería, o por mil motivaciones que no tienen nada que ver con nuestro ser discípulos suyos. No nos gusta la idea y por eso convenientemente lo solemos olvidar cuando se trata de gastar.
Pero Él no se olvida de nosotros. Y mientras volteamos hacia otro lado, Él no deja de mirarnos, esperando a ver a qué horas nos damos cuenta de lo absurdo, de lo inútil de dilapidar lo poco o mucho que tenemos buscando inútilmente saciar una necesidad (afectiva, emocional, espiritual, etc.) que sólo Él puede saciar.
En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Is 55, 1-3), Dios nos invita a acudir a Él que todo nos lo da regalado y a manos llenas, y no nos ofrece bagatelas sino ¡vida verdadera!
Nos lanza una pregunta que haríamos bien en plantearnos: "¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no alimenta?" (Is 55, 2).
Es decir, ¿por qué nos dejamos mover por el loco afán de conseguir cosas que realmente no nos alimentan, sobre todo a nivel espiritual?
¿Por qué trabajamos horas y horas para poder adquirir 'bienes' (por llamarlos de algún modo) que en realidad no nos hacen ningún bien?
¿Por qué, si el Señor nos está siempre esperando, las 24 horas, los 365 días del año, con los brazos abiertos y un torrente de gracias y de dones gratuitos que quiere derramar sobre nosotros, no acudimos a la cita con Él y sustituimos la auténtica felicidad que Él nos obsequia por la efímera alegría que nos proporcionan las cosas que el mundo nos vende?
Hay quien prefiere pasar el domingo simplemente paseando en un centro comercial que ir a Misa.
Hay quien cuando busca animarse porque le agobian los problemas, prefiere, si tiene con qué, ponerse a comprar en lugar de orar.
Todo esto no quiere decir que no debamos comprar nada o que debamos limitarnos a comprar sólo lo básico y que no podamos darnos ni un gusto. No. Simplemente significa que como cristianos estamos llamados a vivir nuestra fe, no sólo un rato en la Iglesia, sino a todas horas, y que no podemos decir: 'hago con mi dinero lo que quiero', porque el cristianismo no es algo que se practica una hora los domingos, es una manera de vivir que compromete absolutamente todos los aspectos de nuestra existencia, incluido lo que hacemos con un dinero que no es realmente nuestro, pues nos lo prestó Dios para administrarlo, y al final de la vida tendremos que entregarle cuentas de nuestras cuentas.
Así pues, sé consciente de que Aquel que prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, está contigo también cuando vas de compras al mercado, al súper, al centro comercial, y lo mejor que puedes hacer es atreverte a preguntarle qué opina de las cosas que planeas comprar y, sí, también, de las razones por las que las que quieres comprarlas, y, lo más importante: pedirle que te ayude a usar el dinero, que de por sí es injusto (ver Lc 16, 9) para lograr algo justo y bueno: aprender a comprar sólo aquello que sea para tu bien y el de otras personas; superar el egoísmo y compartir lo que tienes, sobre todo con los necesitados; experimentar que es cierto que hay más alegría en dar que en recibir (ver Hch 20,35) y, lo más importante: entender de una buena vez que lo mejor de la vida es gratis; que al final ninguna cosa comprada colmará tu necesidad, pues sólo te sacia verdaderamente lo que sin pagar has recibido: el amor incondicional de Dios, y el de tus seres queridos.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “¿Te has encontrado con Jesús?”, Col. ‘Fe y vida’, vol. 2, Ediciones 72, México, p. 128, disponible en Amazon)

"SABER PEDIR"Que me gane la lotería o los pronósticos deportivos o el Melate, o mejor aún, de una vez ¡todos!; que gane ...
26/07/2026

"SABER PEDIR"

Que me gane la lotería o los pronósticos deportivos o el Melate, o mejor aún, de una vez ¡todos!; que gane mi equipo favorito, que mi suegra se vaya a vivir a Timbuctú, que con un chasquido de mis dedos pueda aparecer todo lo que se me antoje...
Esta lista de peticiones fantásticas podría seguir y seguir, y probablemente coincidiría en algo, tal vez en mucho, con la que tú harías si Dios te ofreciera lo que leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Re 3, 5-13) que le ofreció al rey Salomón: “Pídeme lo que quieras y Yo te lo daré”.
¿Te imaginas? ¿Que el Todopoderoso, Aquel para quien nada es imposible, te hiciera semejante oferta? ¡¡Uy!!, ¡¡lo que podrías pedirle!! No te alcanzaría la imaginación, la lengua, las horas para pedir y pedir y pedir.
Te sentirías como en esos maratones que organizan algunas tiendas en donde le dicen a la clientela que todo lo que alcance a meter en su carrito en un minuto es gratis y ahí va la gente desesperada, corre y corre, arrojando como loca todo lo que encuentra a su paso (que, por supuesto, no son artículos buenos ni caros, ésos han tenido buen cuidado de ponerlos fuera de su alcance).
¿Qué pedirías tú si Dios prometiera darte gusto, fuera lo que fuera que le pidieras?, ¿qué encabezaría tu lista? Seguramente no lo que se le ocurrió a Salomón. ¿Qué crees que pidió? Ni te lo imaginas. Pidió: “sabiduría de corazón” (1Re 3,9). ¡¡Que ¿¿quéeeee??!!, ¿sabiduría?, ¿de veras?, ¿estaba bromeando?, ¿lo mal aconsejó algún enemigo suyo?, ¿qué pasó aquí?, ¿cómo fue que pudiendo pedir cualquier cosa, y cabe enfatizar: cual-quier-co-sa, se le ocurrió pedir sabiduría? ¿Qué no supo qué contestar y dijo lo primero que le vino a la mente, para luego darse de topes contra la pared pensando: ‘hubiera pedido esto y lo otro’?
No. Nada de eso. Si leemos el razonamiento que viene antes de su respuesta nos damos cuenta de que pensó muy bien qué debía pedir y pidió realmente lo mejor.
De su discurso se desprende que lo que más quería era servir bien a Dios, y como Él le había confiado una difícil tarea para la que Salomón no se sentía capacitado, le pidió lo que más falta le hacía: sabiduría, que le permitiría aprender a conocer Su voluntad, caminar con rectitud, elegir siempre el camino mejor.
No fue una tontería de su parte, no desperdició una buena oportunidad, todo lo contrario, la aprovechó perfectamente, pidió lo máximo que podía pedir, ¿por qué?, no sólo porque era lo que le permitiría gobernar bien al pueblo que le había sido encomendado, sino porque con ello agradó a Dios, que viendo que Salomón no se dejó llevar por la ambición ni la avaricia, le concedió lo que le pidió, un corazón sabio y prudente, y le concedió también lo que no pidió: incomparable gloria y riqueza.
Alguno podría pensar que lo bueno es que Salomón obtuvo grandes riquezas, pero no es así. Lo bueno no es que Salomón se volvió rico, sino que se volvió sabio, y haremos bien en imitarle, y pedir a Dios que nos conceda sabiduría, para no ambicionar otra cosa en nuestra vida que agradarle.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 106, disponible en Amazon).

"SEMILLA BUENA"Sucede cada vez con mayor frecuencia, porque las noticias nos presentan un panorama cada vez más desalent...
18/07/2026

"SEMILLA BUENA"

Sucede cada vez con mayor frecuencia, porque las noticias nos presentan un panorama cada vez más desalentador, que hay quienes se desaniman pensando que el mal está ganando la batalla, y quizá incluso se incomodan con Dios porque siendo Todopoderoso no parece hacer nada al respecto.
Pero entonces, como suele suceder, la Palabra de Dios ilumina el asunto y la Primera Lectura (ver Sab 12, 13.16-19) y el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 13, 24-43), nos ayudan a poner las cosas en perspectiva.
El autor del libro de la Sabiduría empieza estableciendo que el Señor tiene todo el poder, que no tiene que rendirle cuentas a nadie y que no hay otro Dios más que Él. Y le dice: “Siendo Tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza, porque tienes el poder y lo usas cuando quieres” (Sab 12,18).
Nos sorprende esta afirmación porque nos deja ver que, a diferencia de los seres humanos que, cuando tenemos tantito poder lo aprovechamos para imponernos a otros por la fuerza, atropellarlos en sus derechos o quitarlos de nuestro camino, Dios, que tiene todo el poder, lo usa de manera muy diferente, no con prepotencia, sino con delicadeza.
Pero ojo, no hay que confundir delicadeza con debilidad o con falta de fuerza o de firmeza, no. Dios nos trata con delicadeza para no avasallarnos con Su poder, pero eso no significa que no ejerza al máximo ese poder, lo hace, pero no como tal vez hubiéramos imaginado, para aniquilar a Sus enemigos, para imponer el bien a como dé lugar, no. Dios emplea todo Su poder de una manera discreta, pero que se nota si se presta atención; silenciosa, pero que se hace oír si se sabe escuchar; aparentemente inefectiva, pero increíblemente eficaz: Dios emplea todo Su poder no para arrasar, sino para sembrar.
La semana pasada en el Evangelio Jesús se identificaba a Sí mismo con un sembrador que sale a sembrar la semilla buena del Reino de Dios, una semilla que, como vemos en las parábolas del Evangelio de este domingo, es siempre fértil, siempre fecunda, y va creciendo, creciendo, en lo oculto, sin que se note, sin que se sepa cómo, pero crece sin detenerse, y brota y se desarrolla hasta alcanzar dimensiones que nadie hubiera podido imaginar, como sucede con una semilla de mostaza , que pasa de ser una insignificancia a transformarse en un arbusto en el que las aves del cielo pueden anidar (mira la foto que acompaña este artículo, ese puntito en el centro es una semilla de mostaza, para que te des cuenta de su minúsculo tamaño).
Podemos pues anteponer a las malas noticias de las que diario nos enteramos, la Buena Noticia del Reino de Dios, un Reino cuyas semillas siempre fértiles se siguen sembrando y siguen germinando en muchos corazones, moviéndolos, transformándolos, suscitando poderosos cambios, verdaderas conversiones.
Y no dejemos que nos deprima la realidad del mal que nos rodea, porque podemos tener la plena certeza de que por cada ciudadano del mundo que promueve la guerra, hay millones de ciudadanos del Reino que edifican la paz; por cada uno que se dedica a destruir, hay millones que se dedican a edificar; por cada uno que miente, hay millones que se atreven a decir y a afrontar la verdad; por cada uno que odia y se desquita, hay millones capaces de amar y perdonar.
Podemos tener la certeza de que el Todopoderoso está actuando para establecer entre nosotros Su Reino con toda Su fuerza, con todo Su poder, y pese a que las apariencias nos hacen temer un desastroso final, el mal no tendrá la última palabra, el Bien, así con mayúscula, logrará vencer.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 104, disponible en Amazon).

"CIENTO CINCUENTA CONSUELOS"Me contó una amiga que cuando estaba velando a su difunto marido en la funeraria, un parient...
11/07/2026

"CIENTO CINCUENTA CONSUELOS"

Me contó una amiga que cuando estaba velando a su difunto marido en la funeraria, un pariente llegó todo nervioso a darle el pésame, y mientras la abrazaba le dijo sin pensar unas palabras que suelen acompañar un abrazo, pero que resultaron muy fuera de lugar: '¡muchos días de éstos!'. Un amigo cuyo papá murió repentinamente odiaba que le aseguraran: 'ya descansó'. Decía: '¿pues de qué tenía que descansar si no se veía cansado?' Una anciana que pasó por una serie de vivencias muy difíciles paraba en seco a quienes afirmaban: 'sé cómo te sientes'; les replicaba: ‘no, no lo saben’.
Estos ejemplos muestran una cosa. Hay circunstancias en la vida en las que quienes nos rodean no saben qué decirnos. No tienen palabras. Se quedan 'en blanco' o se les ocurre alguna frase desafortunada que sólo nos incomoda o aumenta nuestro dolor.
Nos hace falta contar con alguien que no nos diga tonterías que nos inquieten o lastimen; alguien que en verdad nos comprenda, que en verdad entienda lo que nos pasa y pueda decirnos aquello que realmente nos reconforte.
Si hubiera alguien así de seguro acudiríamos seguido a consultarle, confiados en que siempre tendría algo bueno que decirnos. Pues bien, ese alguien existe: es Dios. Sólo Él ofrece auténtico consuelo, sabe dar acertados consejos, tiene para ti justo lo que necesitas escuchar.
La Sagrada Escritura está toda ella llena de palabras oportunas que Dios quiere dirigirte, pero ahora quisiera compartir contigo que hay en especial un rinconcito de la Biblia al que me gusta acudir a refugiarme cuando necesito hallar de inmediato un alma gemela, una emoción semejante a la mía, un similar suspiro salido desde el fondo del ser. Este rinconcito es el Libro de los Salmos. Ahí encuentro siempre (y mira que me atrevo a usar esta palabra tan contundente) las palabras exactas, las que hacen eco de las mías, las que me hacen sentir que quien las pronunció sabe con toda precisión cómo me siento y lo que necesito que me digan en ese particular momento.
¿Te ha pasado que alguien platica algo y tú exclamas: '¡es idéntico lo que me pasa a mí!', 'eso que dijiste,¡parece que lo hubiera dicho yo!' Pues bien, esa es la sensación que se obtiene cuando se hojea el Libro de los Salmos ('¡esto parece escrito por mí o para mí!'), porque en los ciento cincuenta Salmos que lo componen está reflejada toda la gama de sentimientos y sensaciones que puede experimentar un ser humano: amor y odio, alegría y tristeza, fe y dudas, confianza y desaliento, serenidad y terror, nostalgia y esperanza, tribulación y paz.
Cuando estás necesitado de sentirte consolado, iluminado, favorecido por palabras inspiradas por Dios, que no sólo expresan exactamente como te sientes, sino que te ayudan a convertir tu sentimiento en oración, a ponerlo en manos de Dios y a encontrarle sentido, échale un vistazo a los Salmos; hojéalos, detente donde encuentres una palabra, una frase que te hable al corazón y quédate ahí, dejando que resuene en tu interior, te envuelva y te sane.
En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (Is 55, 10-11) dice Dios que la Palabra que sale de Su boca es como lluvia que empapa la tierra. Sí. Cuando andamos resecos del alma, sólo la Palabra del Señor nos refresca, nos renueva.
Dice el Señor que Su Palabra siempre cumple Su encargo. ¿Cuál es ese encargo? Obviamente no es confundirnos ni desasosegarnos ni hacernos sufrir (como sucede cuando recibimos ciertas palabras humanas), sino, como Él mismo lo dice, fecundarnos, es decir, sembrar en nosotros Su semilla, para que podamos aprovechar lo que sea que nos toque vivir, para dar frutos de amor, de fortaleza, de esperanza, de paz, para gloria Suya, y bien nuestro y de los demás.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “¿Te has encontrado con Jesús?”, Col. ‘Fe y Vida’, vol. 2, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 119, disponible en Amazon)

"YUGO QUE LIBERA"Hay cansancios que no se quitan con echarte una siesta, pasar una buena noche de sueño o tomarte unos d...
04/07/2026

"YUGO QUE LIBERA"

Hay cansancios que no se quitan con echarte una siesta, pasar una buena noche de sueño o tomarte unos días de vacaciones.
Hay cansancios que fatigan el alma, cansancios como el que siente alguien que está luchando por mantener a flote un matrimonio cuando el cónyuge más bien parece querer hundirlo; el que siente un joven que se cansa de nadar a contracorriente y proponerse todos los días por portarse bien en un medio que quiere empujarlo al alcohol, la droga, la pornografía; el que padece una muchacha que se ha vuelto a quedar sin novio porque ha vuelto a mantenerse firme en decir no a prácticas que ‘todos hacen’.
Es la fatiga de ir a contracorriente, de esforzarse en vivir los valores del Evangelio en un mundo que se rige por criterios muy distintos. Y todos los días empeñarse en decir la verdad, en no caer en la corrupción, en no responder con violencia a la violencia, en no abandonar la propia fe y vivirla con coherencia.
Llega un momento en que el alma se siente cansada, tentada a dejar de luchar.
También hay cargas que agobian, no por su peso en sí, sino porque quien las lleva siente que nadie más comprende lo que se siente cargarlas ni puede ayudarle a llevarlas.
El enfermo siente que carga solo con su enfermedad, con su temor al tratamiento, su temor a no curarse y a morir; los padres de familia sienten que cargan solos con la angustiosa responsabilidad de tratar de sacar adelante a sus hijos sin tener suficientes recursos. Toda persona que va arrastrando por la vida una carga que lo abruma, suele pensar que no hay nadie que pueda ayudarle a sobrellevarla, que tal vez haya quien la mire con compasión o simpatía e incluso le ayude de vez en cuando, pero la que tiene que llevar la carga de su angustia, de su trabajo, de su familia desintegrada, de su ancianidad, de su falta de salud, de su soledad, de su depresión, es ella sola.
¿Qué hacer cuando nuestros cansancios y cargas son tan grandes que amenazan con derribarnos, dejarnos derrotados y caídos? Prestar oído a lo que nos dice Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 11, 25-30): “Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y Yo les daré alivio.”
Estas palabras son un bálsamo para el alma fatigada, porque le hacen saber que no está sola, que tiene a Quién acudir, que hay Alguien capaz y dispuesto a ayudarle a aliviar lo que le abruma.
Si quienes se sienten doblados bajo el peso de una fatiga imposible, escucharan estas palabras, levantarían la mirada, alzarían la cabeza, agarrarían fuerzas para enderezarse y pedir: ‘¡Señor, dame ese alivio!, ya no puedo más con todo esto que traigo encima, con todo lo que vengo cargando, ¡libérame!’.
Y pueden estar seguros de que el Señor les respondería, pero cabe aclarar que quizá no como lo imaginarían, no los sacaría del mundo ni los libraría como por arte de magia de todo problema, sino les propondría: “Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí que soy humilde de corazón, y encontrarán descanso.”
Y tal vez alguien se preguntara: ‘¿pero cómo me voy a liberar de todo lo que me agobia echándome un yugo encima?, así llevaría mi propia carga y ese yugo, ¡sería doble peso!’
Según la lógica humana tendría razón, parecería un contrasentido intentar liberarse de un peso echándose más peso encima, pero es que no se trata de aumentar la carga sino de sustituirla, y sustituirla, además, por algo que ¡no pesa nada!
Asegura Jesús: “Mi yugo es suave y Mi carga ligera”, lo cual significa que si alguien se anima a poner Su carga en manos de Jesús y aceptar a cambio el yugo y la carga que Él le ofrece, se descubrirá de pronto yendo ligero por la vida, desagobiado, con un gozo y una paz que jamás creyó poder experimentar.
¿Cómo es eso posible? Porque el yugo de Jesús consiste en caminar por la vida unido a Él, y Su carga consiste en hacerlo todo con y por amor, y con semejante compañía nadie puede sentirse solo o incomprendido, y con semejante propósito todo se vive con un nuevo sentido, y aunque uno siga en la misma situación de antes sentirá que ya no pesa igual. Es que se adquiere nueva fuerza para cargar con el peso que sea, cuando se le ve no como razón para sufrir y desesperar sino como oportunidad para amar.

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 98, disponible en Amazon).

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