30/10/2025
Te voy a contar algo que nunca he dicho, pero todavía me da escalofríos recordarlo.”
Hace unos años me quedé unos días en casa de mi tía, en el pueblo. Ella vivía sola, pero tenía un gato… un gato flaco, gris, con unos ojos amarillos que parecían brillar incluso sin luz.
Decía que ese gato había llegado solo una noche, que lo alimentó y se quedó ahí. Pero nadie del pueblo lo quería, decían que traía cosas raras, que desde que apareció empezaron a pasar cosas en esa casa.
Yo no creía en eso… hasta que pasó lo de mi primo.
Él tenía como ocho años, y siempre jugaba con el gato. Lo cargaba, le hablaba, hasta dormía con él. Pero una tarde, de repente, mi tía empezó a gritar. No lo encontraban por ningún lado.
Buscamos por todo el terreno, revisamos el pozo, el patio, hasta el monte. No había rastro.
Esa noche, el gato se quedó quieto en la cama del niño, mirando hacia la puerta. Yo no podía dormir, así que me quedé viéndolo desde el pasillo… y lo juro por mi vida: escuché la voz de mi primo llamándome desde dentro del cuarto. Su voz, bajita, como si viniera de adentro del gato.
Cuando prendí la luz, el gato me miró.
Y te juro que en sus ojos… vi reflejado el rostro de mi primo.
A la mañana siguiente, el gato ya no estaba.
Nadie volvió a verlo.
Y mi tía… nunca volvió a hablar del tema