10/10/2026
Detrás de una ventanita
En otra vida nací en el Centro, en esta tengo esa certeza. Así se llaman las verdades que se sienten por dentro aunque no se puedan comprobar, según me dijo un sacerdote sabio hace muchos años.
Desde que el taxi toma Reforma me va creciendo un sentido de pertenencia, de identidad territorial, un estado que es casi ensoñación. El aviso desde una aplicación la desbarata repentinamente: hoy también hay bloqueo. La voz-guía anónima nos desvía hacia Polanco.
Atravesamos las mil miradas del muro de calaveras del Museo de Antropología. Más adelante, un grupo de hombres vestidos de naranja tiene sujeto con cuerdas un ahuehuete prehispánico que debe alcanzar unos treinta metros. Está mu**to y lo van a derribar antes de que a su vez mate a alguien. La mente distraída hace sus conexiones y de pronto estoy pensando en el padre cuyo corazón no resistió la noticia de la muerte de su hijo en la reciente tragedia de Montemorelos.
A los pies del ahuehuete sometido yace otro, sin ramas, seco y descortezado. Recuerdo un documental sobre el monasterio de Corias, el “Escorial asturiano”, en el que se cuenta la historia de una araucaria viuda de ciento treinta años. La araucaria macho murió, han intentado plantarle otra pareja, pero las raíces invisibles de la hembra ahogan a las del recién llegado y le impiden crecer, como si insistiera en cumplir su destino de vivir en soledad. El árbol que veo yacer derrotado en Chapultepec espera a que su pareja caiga a su lado.
El taxista pregunta de qué es mi libro.
—De la ciudad —le digo.
—Échele una ojeada a este.
Su brazo cruza el respaldo del copiloto y me alcanza unas fotocopias engargoladas. No da tiempo a la respuesta sincera, que habría sido “no me interesa”. El texto trata de maldiciones; no de hacerlas, sino de cómo burlarlas. No tengo la certeza de que los hechizos funcionen; tampoco de que no lo hagan. Lo hojeo y me confirmo y refuerzo: no me interesa.
Retomamos Reforma, que se alista para recordar y festejar a los mu**tos. El tramo entre la Diana y el Ángel está salpicado de esculturas de Frida Kahlo intervenidas por artistas mexicanos. Pronto convivirán con catrinas, xoloitzcuintles y alebrijes. Flores de cempasúchil y de plástico made in China ya adornan los balcones de los hoteles.
Después, avenida Juárez: la entrada a mi paraíso. A la izquierda, el tianguis de Soli. Así le llaman acá a la Plaza de la Solidaridad, el vacío que creó el hotel Regis al desaparecer entre escombros, hecho ruinas. Acá se aprenden nuevas formas de hablar: hace unos días aprendí que “trae cuete” quiere decir que trae pi***la. «Fusca», así dice mi papá.
Me instalo detrás de una ventanita: varios turistas pegan sus caras al ventanal de La Ópera, curiosos, buscando algo en el techo. Adivino que el guía les cuenta del balazo de Villa. Una mujer voluptuosa camina sobre esos objetos obsoletos llamados tacones. Los hombres ponen todo en pausa y por un momento se olvidan del diablo que empujan o del plato de unicel con tacos que sostienen para girar el pescuezo hasta el límite que las articulaciones cervicales les permiten. Una pareja de ancianos camina sin prisa, tomados del brazo, mientras jóvenes con mochila a la espalda los rebasan, como si algo les recordara a cada instante, igual que el conejo de Alicia, que van tarde, siempre tarde.
Un ciego adivina el camino con su bastón. Cierro los ojos e intento ver, más bien no ver, como él: pasa al lado de Pedro Infante con gran indiferencia, mientras el cilindrero gira la manivela; reconoce al vendedor que no se cansa de anunciar a diez pesitos la botella de agua; más allá, el chico malo de la moto ruidosa; y en la esquina, el carrito de los ricos y deliciosos tamales oaxaqueños, tamales calientitos.
Junto con ellos todos los infaltables están, cumplidos, ahí, aunque sean personas distintas haciendo el papel que ha sido jugado desde hace décadas o siglos por tanta gente diferente: el policía haciendo la conquista de la empleada de una panadería, ella, halagada y fingidamente cándida, dejándolo intentar. La señora del puesto de periódicos y revistas que calcula las ventas posibles en el rato que queda antes de partir rumbo al cuarto en el que vive, el dependiente de una tienda de camisas que ha salido del local a la banqueta a intentar conseguir clientes o a tomar un poco de aire y algo de la luz menguante del sol cobrizo de la tarde. El anciano que toma un café expreso con porte de conde de otro siglo, el boleador de zapatos con todo y su empleado público sentado por unos minutos en el trono alto, viejo y desgastado, leyendo con interés el diario de la tarde que ha pasado por varias manos, mientras sus zapatos ya raspados reciben tratamiento de los de un rey. El tipo que al salir de su oficina, cansado, se cruza con el que apenas va a empezar su turno. La señora que fue a comprar cosas que no encontraría en ningún otro lugar, el mandadero que para esta hora ha recorrido en su bicicleta varios kilómetros sin salir de las mismas seis u ocho cuadras; la empleada que lleva pan dulce a su casa, disfrutando imaginar los rostros y las reacciones en el momento en que revele el tesoro.
Miro hacia ninguna parte y veo pasar a mi abuelo, de traje, rumbo al Café La Blanca, y a mi otro abuelo, también formal, atravesando las puertas del Banco de México. A mi madre, de niña y de la mano de la suya, entrar al once de Filomeno Mata, al consultorio del dentista. A mi padre en sus distintas edades subiendo a un primer piso en Madero para recoger unas fotos. Los vi sin que me vieran. Les hablé sin que me oyeran. Los rocé sin que lo percibieran, los abracé sin que estuvieran.
Podría pasar cien años aquí, viendo pasar el tiempo sobre estas calles sobre las que tantos aires helados como el de hoy han soplado y que tantas lluvias como esta han mojado, y sobre las que tantísimas personas han caminado, el ir y venir de los vivos y de los mu**tos que, tengo la certeza, por aquí siguen rondando.
Leticia González Montes de Oca