06/08/2026
El árbol que atrae a los desaparecidos: el misterio revelado de la Selva Lacandona
Parte 1:
En marzo de 2023, una patrulla enviada a la Selva Lacandona buscaba a dos hombres que llevaban ocho días desaparecidos. No encontró cuerpos, huellas de violencia ni un campamento abandonado. Encontró algo mucho más inquietante: una cámara colgada de una rama, a dos metros del suelo, como si alguien la hubiera dejado ahí para que fuera descubierta.
La cámara contenía seis horas con cuarenta y siete minutos de grabación.
Durante las primeras seis horas y treinta y un minutos, Rodrigo Solís filmó lo que parecía ser un documental común sobre una comunidad lacandona aislada en Chiapas: sus costumbres, su lengua y su relación con la selva.
Los últimos dieciséis minutos eran distintos.
El expediente oficial los clasificó como «material concluyente para determinar las causas del extravío». En lenguaje institucional, aquella frase significaba que nadie podía explicar lo que aparecía en ellos.
Sin embargo, lo que más me perturbó no fue la grabación.
Fue el cuaderno encontrado junto a la cámara.
Las primeras cuarenta y dos páginas contenían notas de producción. Después, la escritura cambiaba de tema por completo. Había sesenta y ocho páginas dedicadas al Kisin, a ciertas ceibas que supuestamente habían sido «visitadas» y a una lista de coordenadas.
La última coordenada estaba encerrada en tres círculos rojos.
Era el punto exacto donde apareció la cámara.
Rodrigo llevaba años buscando una ceiba específica. El documental sobre los lacandones nunca había sido su verdadero objetivo. Solo era la excusa que necesitaba para entrar.
Había algo más.
Un tercer hombre ingresó con Rodrigo y con Chan K’in, su acompañante lacandón. Se llamaba Ba’al y era el guía. Él salió solo de la selva a la mañana siguiente.
Tres semanas después de la desaparición, aceptó dar su testimonio frente a una cámara.
—El olor no era de la selva —dijo—. Venía de abajo. De muy abajo. Cuando lo sentí, supe que ya era demasiado tarde para Rodrigo.
Seis meses después, Ba’al salió a pescar al río Lacanjá y tampoco regresó.
La Selva Lacandona abarca más de un millón de hectáreas. En algún lugar de ese territorio, entre las raíces de una ceiba centenaria que los lacandones evitan desde hace generaciones, algo encontró a Rodrigo antes de que él pudiera encontrarlo.
Eso sugería la última página del cuaderno.
La letra era diferente: lenta, presionada, irregular. Parecía escrita por alguien consciente de que aquellas serían sus últimas palabras.
«No fui yo quien la encontró. Ella me encontró a mí. Lleva años esperándome».
Para comprender cómo una cámara terminó colgada de un árbol en el corazón de la selva, tuve que investigar quién era Rodrigo Solís.
Tenía treinta y cuatro años. Había estudiado Comunicación en la UNAM y trabajaba como camarógrafo independiente para varias productoras de la Ciudad de México. También había dirigido dos documentales sobre comunidades indígenas de Oaxaca.
Llevaba cinco años intentando conseguir permiso para filmar en Lacanjá Chansayab.
Su productora, Fernanda Reyes, me confesó que aquello nunca le pareció normal.
—Rodrigo no quería llegar hasta los lacandones —me dijo—. Quería llegar a través de ellos. La comunidad era el camino, no el destino.
Después de su desaparición, Fernanda revisó la computadora de Rodrigo. Encontró archivos sobre el Kisin, ceibas antiguas y varios casos de personas desaparecidas en el mismo sector de Chiapas.
El primero ocurrió en 1978.
Un antropólogo de la UNAM llamado Aurelio Montoya se separó de su equipo durante una caminata. Encontraron su mochila, sus notas y su cámara. Nunca encontraron a Aurelio.
Rodrigo había escrito junto a ese caso:
«Mismo sector. Misma época del año. Misma clasificación oficial. No es coincidencia».
Pero no era el único nombre de la lista.
*** Esta historia es completamente ficticia. Todos los nombres, lugares, personajes y acontecimientos mencionados en esta historia son inventados y no tienen relación ni se basan en ninguna persona, acontecimiento o historia real. ***
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