12/11/2025
Imposible Rendirse: El Último Disparo por una Nueva Existencia.
El caballo avanzaba despacio por la nieve profunda, resoplando v***r en el aire helado. Mateo iba encorbado sobre la montura, con el sombrero de ala ancha cubierto de escarcha y el sarape grueso apretado contra el pecho. Había cabalgado tres días desde el valle, subiendo por senderos que apenas se distinguían bajo la nieve, buscando el lugar más alejado posible de todo y de todos.
La sierra fronteriza era tierra de nadie, un laberinto blanco de picos y cañones donde los hombres venían a desaparecer. Eso era exactamente lo que Mateo necesitaba. Hacía 4 meses que había enterrado a su hijo de 7 años, Danielito, después de un accidente que todavía no podía nombrar sin que se le cerrara la garganta.
Su esposa lo había dejado una semana después del funeral, incapaz de soportar el peso de su propia culpa y la mirada vacía de Mateo. Ahora él estaba solo, con alforjas llenas de cecina y frijoles, una manta de lana y un rifle viejo. Subía a la montaña como los hombres del viejo tiempo, cuando escapar significaba cabalgar hasta que el mundo conocido quedara atrás.
La cabaña apareció entre los pinos cubiertos de nieve como un fantasma de madera oscura. Era una construcción vieja del tipo que levantaban los tramperos hace generaciones con techo de tejamanil y paredes de troncos mal ajustados. Mateo desmontó con cuidado las piernas entumecidas por el frío, amarró el caballo bajo un alero donde había algo de protección y empujó la puerta con el hombro.
Adentro olía a humedad, a animales mu**tos y a abandono. La nieve había entrado por las ventanas sin vidrios y formaba pequeñas dunas en las esquinas. Había una estufa de hierro oxidada, una mesa volcada y los restos de lo que alguna vez fue un catre. dejó caer las alforjas en el suelo y se sentó en el piso de madera, recargando la espalda contra la pared. El cielo afuera era de un gris plomizo que prometía más nieve.
Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de no pensar en nada, pero la imagen de Danielito corriendo hacia la calle lo perseguía como siempre. había subido a esta montaña buscando silencio, buscando olvidar, buscando tal vez morirse un poco sin que nadie lo notara. La nieve y el frío harían el trabajo si él no tenía el valor de hacerlo primero.
Estaba a punto de quedarse dormido cuando escuchó un ruido afuera, pasos ligeros, rápidos, crujiendo sobre la nieve. Se incorporó de golpe, la mano yendo instintivamente al revólver en su cinturón. ¿Quién más subiría a un lugar tan alejado en pleno invierno? Miró por la ventana rota y vio una figura pequeña moviéndose entre los árboles.
Era un niño, tal vez de unos 9 años, con un poncho demasiado grande y el cabello negro desordenado bajo un gorro de lana. Mateo salió sin pensarlo. "Oye, chamaco, ¿qué haces aquí?", preguntó con voz ronca que apenas había usado en días. El niño se detuvo en seco, lo miró con ojos enormes y salió corriendo, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas, pero sin detenerse.
"Espera, no voy a hacerte nada", gritó Mateo, pero el niño ya había desaparecido entre los pinos. Mateo se quedó parado en medio del claro, confundido. Un niño solo en la montaña, en invierno, con la nieve llegando hasta las rodillas, con lobos y pumas rondando. No tenía sentido. Regresó a la cabaña, pero ahora ya no podía descansar.
La curiosidad y algo parecido a la preocupación lo mantenían despierto. Se sentó en la entrada, envuelto en su zarape y esperó. Una hora después, cuando la luz comenzaba a fallar, volvió a escuchar pasos. Esta vez eran más lentos, más pesados, acompañados del crujir de ramas secas. Una mujer apareció entre las sombras, apenas visible en el crepúsculo nevado.
Llevaba un rebozo oscuro sobre los hombros y cargaba un morral de cuero gastado. Detrás de ella venían dos niños, el que Mateo había visto antes, y una niña más pequeña, de unos 6 años, con trenzas desparejas y los ojos brillantes de miedo. Los tres iban vestidos con ropa pesada, pero remendada, las botas atadas con cordel.
¿Quién es usted? preguntó la mujer con voz firme, pero cansada, deteniéndose a varios pasos de distancia. Mateo se puso de pie despacio, levantando las manos para mostrar que no era una amenaza. Me llamo Mateo. Vine a quedarme unos días. Pensé que la cabaña estaba vacía. La mujer lo estudió con la mirada.
Tenía el rostro marcado por el sol y el trabajo, pero sus ojos eran claros y directos. Está vacía, dijo finalmente, pero nosotros también la usamos a veces. Mateo asintió. No sabía. Si quieren me voy. Ella negó con la cabeza. No hay necesidad. La montaña es grande, solo no nos moleste. Los niños se aferraban a su falda mirándolo con desconfianza. El mayor tenía las manos metidas en los bolsillos del poncho, listo para correr de nuevo.
La pequeña temblaba, aunque no estaba claro si era por el frío o por el miedo. Mateo sintió una punzada en el pecho al verlos. Le recordaban todo lo que había perdido. ¿Ustedes viven aquí arriba?, preguntó con cuidado. La mujer dudó antes de responder..................
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