03/08/2025
negarse al rebaño de lo idéntico y lo dócil. Es bailar al filo de la canción, ahí donde la cuerda desafina y la palabra se transforma en grieta. Las ovejas negras ven lo que nadie quiere mirar: el humo en el horizonte, el río que llora petróleo, el árbol que, con dignidad, se resiste a caer ante la motosierra de la costumbre.
Mientras los de siempre repiten el rezo del progreso y los manuales de la obediencia, la oveja negra camina descalza sobre el asfalto caliente, saluda a los pibes que duermen bajo el cartel de una financiera, escribe “NO” en la pared de un banco, inventa canciones con piedras y preguntas. Porque ser oveja negra no es una maldición: es una decisión de no callarse, de no vender el corazón en cuotas, de preguntarse para qué sirve tanta prisa si vamos al abismo.
Dicen que somos raros, conflictivos, “los que no entienden cómo funciona el mundo”. Pero el mundo de ellos es el que está podrido de asfalto, de humo, de miedo y de números rojos. Nosotros, las ovejas negras, queremos un mundo de agua limpia, de abrazos largos, de semillas libres. Nos llaman peligrosos porque nuestra rebeldía no cotiza en bolsa: sólo cotiza en sueños, en utopías, en historias contadas alrededor de un fogón.
Ser oveja negra es honrar la memoria de los que cayeron luchando y de los que siguen soñando. Es no acostumbrarse jamás al ruido de las máquinas ni al silencio de los resignados. Es dejar una huella en el barro y en la historia, aunque duela, aunque arda, aunque nos dejen fuera del rebaño.
Porque en este mundo al revés, como diría Galeano, ser oveja negra es la más hermosa forma de ser libre.
Seguime y seamos más las ovejas negras que se coordinan para buscar un mundo mejor