09/04/2026
El verdadero motor de la alianza entre Estados Unidos e Israel no es la Biblia, es el petróleo y el control de Medio Oriente. Mientras los discursos se llenan de retórica religiosa, la realidad es puramente pragmática. La fe del pueblo es la cortina de humo perfecta para justificar una estrategia geopolítica fríamente calculada para asegurar el flujo de energía global.Detrás del mito del "mandato divino", existen tres razones puramente económicas y estratégicas:El "portaaviones" de Washington: Como dijo Joe Biden en los años 80: "Si Israel no existiera, EE. UU. tendría que inventar uno". Financiar al ejército israelí es la forma más barata que tiene Washington de mantener un pie firme en la región, vigilar las rutas del crudo y contener a potencias rivales o países enemigos como Irán.El negocio de las armas: Los miles de millones de dólares que el Congreso estadounidense aprueba para Israel no se van en efectivo; regresan casi por completo a la economía de EE. UU. porque Israel está obligado a gastarlos comprando armamento a contratistas de defensa norteamericanos.Fabricación de consenso: Convencer al ciudadano común de financiar guerras por petróleo genera rechazo. En cambio, vender la alianza como un "deber moral" o un "plan divino" neutraliza las críticas y convence a millones de votantes de que apoyar estas decisiones es cumplir con la voluntad de Dios.En conclusión, las potencias no se mueven por pasajes bíblicos, sino por oleoductos, contratos militares y la obsesión por mantener la hegemonía en la región más estratégica del mundo.