Ivonne Fernández

Ivonne Fernández ¡Hola! Soy Ivonne y soy analista en política internacional y geopolítica.

Realizo análisis políticos internacionales con base en aspectos históricos, geográficos, económicos y sociales para entender las dinámicas presentes y futuras.

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“Bad Bunny en el Super Bowl 60: cuando el espectáculo se volvió territorio”. 🏈Nada en la participación de Bad Bunny en e...
09/02/2026

“Bad Bunny en el Super Bowl 60: cuando el espectáculo se volvió territorio”. 🏈

Nada en la participación de Bad Bunny en el Super Bowl 60 fue casual. Nada estuvo ahí solo para entretener. Su presencia —en el evento más estadounidense posible— fue una declaración política, cultural y simbólica cuidadosamente construida. Un acto de memoria, identidad y resistencia.

Desde el inicio, el mensaje fue claro: todo fue en español. No “Super Bowl”, sino “Super Tazón”. No un apodo anglosajón, sino su nombre completo. En un país donde el idioma español es constantemente politizado, criminalizado o asociado a la migración “indeseable”, comenzar así fue una toma de espacio. No una provocación estridente, sino una afirmación: estamos aquí, y no vamos a traducirnos para existir.

El escenario hizo el resto. Sin haber pisado Puerto Rico, el espectáculo te llevaba ahí. La caña, los puestos de vendedores, los vendedores de oro, de bebidas típicas, la forma de vestir, los cuerpos, los colores, la cotidianidad. Era un paisaje que remitía al campo, a un jardín de caña, a la vida que no suele representarse en los grandes escenarios globales. Puerto Rico no como postal turística, sino como territorio vivido.

Después un tránsito hacia un Nueva York latino, reconocible para millones: personas trenzándose el cabello, shorts, pieles diversas, cabello rizado, una estética urbana que rara vez es celebrada sin ser exotizada. Aquí no era decoración: era identidad. Y de ahí, la referencia directa al “apagón” —otro apagón— una experiencia profundamente puertorriqueña que habla de precariedad estructural, abandono estatal y resiliencia cotidiana.

Todo esto ocurrió en un contexto específico. Un Estados Unidos profundamente dividido, racializado, con un segundo mandato de Donald Trump marcado por detenciones constantes de migrantes por parte de ICE, por discursos de exclusión y por un repliegue identitario. En medio de ese escenario, Bad Bunny llevó al Super Bowl un mensaje de unidad y esperanza, pero no ingenua: una esperanza política, consciente del momento histórico y del cambio de orden mundial que estamos atravesando.

No es menor que este mensaje venga de alguien cuyo último disco ya era abiertamente político. Tampoco es casual que esas canciones —con su carga crítica— hayan sido cantadas precisamente ahí. El Super Bowl no fue solo un escenario: fue el mensaje.

Hay que decirlo también: el reguetón incomoda. Y no solo por algunas letras problemáticas que, por supuesto, deben ser cuestionadas. Incomoda porque nació en la pobreza, en Puerto Rico, en las clases obreras, en los márgenes. Porque es corporal, cercano, físico. Porque baila lo que otros prefieren ignorar. Para muchos, el rechazo al reguetón no es solo musical: es clasista. Es el rechazo a una forma de goce que no viene de lo “correcto”, de lo “elevado”, de lo privilegiado.

En ese sentido, que el reguetón ocupe el Super Bowl es también una inversión simbólica del poder cultural.

El espectáculo estuvo lleno de imágenes poderosas: el niño dormido en las sillas —una metáfora brutal del cansancio, del desplazamiento, de la infancia atravesada por decisiones políticas—; el gesto de entregar el Grammy a un niño; la vestimenta, los cuerpos, el escenario como lenguaje político.

Y al final, el cierre fue claro y directo: todas las banderas. Un recordatorio explícito de que América no es solo Estados Unidos. América es un continente entero. Diverso, mestizo, migrante, conectado por una música que cruza fronteras incluso cuando los Estados intentan levantarlas.

Incluso dentro del propio género urbano, el mensaje fue de conciliación y memoria. En un mundo donde se insiste en competir, en jerarquizar, en decidir quién es “el más grande”, Bad Bunny eligió honrar a Don Omar y a Daddy Yankee por igual. No hay uno que borre al otro. Hay historia compartida. Hay herencia. Hay respeto.

Y quizá uno de los momentos más contundentes fue la aparición de Ricky Martin, cantando una canción que denuncia lo ocurrido en Hawái y advirtiendo: no queremos que a Puerto Rico le pase lo mismo. Decir eso, en ese escenario, frente a esa audiencia, no es nostalgia: es denuncia.

El Super Bowl 60 fue, así, mucho más que un espectáculo. Fue un mapa simbólico de lo que somos, de lo que hemos sido desplazados, y de lo que seguimos reclamando. Bad Bunny no solo cantó en español: trajo un territorio entero consigo. Y en tiempos de muros, detenciones y exclusiones, eso fue profundamente político.

Nada estuvo ahí por accidente. Y eso es precisamente lo que lo hizo tan poderoso. 👏🏾

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