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Ciudad de México, 17 de febrero de 2026.Querido Taniel:Te conocí por el 2012, en la Central del Pueblo. Impartías un cur...
18/02/2026

Ciudad de México, 17 de febrero de 2026.

Querido Taniel:

Te conocí por el 2012, en la Central del Pueblo. Impartías un curso de arte contemporáneo. No fueron muchas sesiones, porque surgió la oportunidad de irte a trabajar a Francia y tuviste que poner en pausa aquel proceso. Pero no quedó inconcluso. Las enseñanzas que por entonces sembraste en mí han trascendido con el tiempo: la importancia de la educación no formal, el reconocimiento de nuestra “urgencia”, el accionar y el eco que puede alcanzarse con y a través del otro, por pequeño que eso parezca.

En otra ocasión volví a tomar un par de clases contigo en SOMA y me compartiste otra enseñanza vital: una enfermedad puede y debe resignificarse. Comprenderla como condición, y no como fatalidad, transforma nuestra relación con el cuerpo, experiencia que deja de ser infortunio para convertirse en aprendizaje.
Entonces, me contaste cómo te afectó anímicamente el Temblor de 1985, cuando, con 15 años, te sumaste a las labores de rescate y auxilio. Entre la angustia y la inercia del trabajo dejaste de comer, y apareció esa condición diabética que tanto habría de marcarte.

Tu trayectoria artística y vital admite y merece muchos adjetivos: pedagógica, social, comprometida. Pero desde donde yo tuve el privilegio de conocerte, lo que siempre te distinguió fue tu humanidad y tu coherencia. Improntas que atravesaron al artista y al profesor, pero sobre todo a la persona y al amigo.

Nunca me llegó la credencial de Bizbirije, pero sí la Credencial de Certificación de Ser Vivo de la Tierra, donde, con el humor y el compromiso que te caracterizaban, escribiste que tenemos “los derechos irrenunciables de decidir sobre nuestro destino y nuestro cuerpo”; que en este mundo “estamos de tránsito” y “nada te pertenece”, porque “tú le perteneces a la vida”.

Y ahora, querido Taniel, aunque tenemos el alma fracturada por tu ausencia física, únicamente puedo decirte gracias. Porque todo lo que ayudaste a sembrar ha dado frutos. En cada uno de esos procesos habita y respira tu presencia. Y dado que nada nos pertenece, como decías, hoy no te perdemos: sólo has continuado tu tránsito a otras esferas del universo.

Armando I. Escandón Muñoz.

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