02/09/2026
😨 **DESDE HACE SEMANAS SUEÑO CON UN HOMBRE AL QUE JAMÁS HE VISTO DESPIERTA, PERO EN MIS SUEÑOS ME BESA COMO SI FUÉRAMOS AMANTES DESDE HACE AÑOS. ANOCHE, EN MEDIO DE UNO DE ESOS BESOS, LE ARAÑÉ EL CUELLO Y DESPERTÉ CON LA SENSACIÓN DE TENER SU PIEL TODAVÍA BAJO MIS UÑAS. HOY DENUNCIÉ A UNA COMPAÑERA POR FALSIFICAR DOCUMENTOS DE SU EXAMEN PROFESIONAL Y ELLA TRAJO A SU HERMANO MAYOR PARA AMENAZARME. CUANDO ESE HOMBRE CRUZÓ LA PUERTA, SENTÍ QUE EL CORAZÓN SE ME DETENÍA: ERA ÉL… Y TENÍA MI ARAÑAZO EN EL CUELLO.** ⚠️
Me llamo Emilia Rojas.
Tengo veintitrés años y curso el último semestre de Arquitectura en Guadalajara.
Hasta hace tres semanas, mi problema más grave era terminar mi proyecto final sin quedarme dormida encima de una maqueta.
Luego comenzaron los sueños.
La primera noche apareció un hombre parado bajo la lluvia.
No podía verle bien la cara.
Solo recuerdo su camisa negra mojada, sus manos y una voz grave que me dijo:
—Por fin.
Me desperté sobresaltada.
Pensé que había sido un sueño cualquiera.
La segunda noche volvió.
Esta vez estábamos dentro de una casa que no conocía.
Él estaba recargado contra una ventana.
—Otra vez llegaste tarde —me dijo.
—¿Quién eres?
Sonrió.
—Siempre preguntas lo mismo.
Me acerqué.
No sé por qué.
No sentía miedo.
Sentía nostalgia.
Como cuando extrañas un lugar donde nunca has estado.
Entonces me tomó de la cintura y me besó.
No fue un beso confuso de sueño.
Sentí su respiración.
Sus dedos en mi espalda.
El roce de su barba.
Hasta el aroma de su loción.
Desperté con el corazón desbocado y una palabra atorada en la garganta:
**Darien.**
No conocía a ningún Darien.
Busqué el nombre entre mis contactos.
Nada.
En redes.
Nada.
Pregunté discretamente entre mis amigos.
Nadie.
Pero cada noche regresaba.
Y cada sueño continuaba donde terminaba el anterior.
Una noche caminábamos por una calle empedrada.
Otra estábamos discutiendo en una cocina.
Otra me abrazaba mientras yo lloraba.
Había algo todavía más extraño.
Él parecía saber que aquello era un sueño.
—Cuando despiertes, no vas a recordarlo todo —me dijo una noche.
—Entonces dime quién eres.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Me acarició la mejilla.
—Porque si te acuerdas antes de tiempo, vas a buscarme.
—¿Y qué tendría de malo?
Su sonrisa desapareció.
—Que ellos también sabrían que me encontraste.
Desperté de golpe.
Eran las 3:17 de la mañana.
Me quedé sentada en mi cama durante casi una hora.
Desde esa noche empecé a escribir cada sueño en una libreta.
Fechas.
Frases.
Lugares.
Todo.
No se lo conté a nadie.
¿Quién iba a creerme?
“Hola, estudio arquitectura y estoy desarrollando sentimientos por un hombre que solamente existe cuando cierro los ojos”.
Sonaba de locos.
Así que seguí con mi vida.
Universidad por la mañana.
Prácticas profesionales por la tarde en un despacho pequeño.
Café barato.
Planos.
Correcciones.
Maquetas.
Y casi nada de sueño.
Fue en ese despacho donde conocí a Zafira Orendáin.
Zafira tenía veintiséis años.
Siempre llegaba impecable.
Tacones.
Perfume caro.
Bolsa que probablemente costaba más que mi computadora.
Y una habilidad impresionante para lograr que los demás hicieran su trabajo.
Presumía que estaba a punto de obtener un puesto importante porque ya era arquitecta titulada.
Eso último terminó siendo mentira.
Lo descubrí por accidente.
El martes pasado, mi jefe me pidió buscar unos archivos de un proyecto.
Abrí una carpeta compartida.
Había planos.
Presupuestos.
Contratos.
Y un documento escaneado con el nombre de Zafira.
Era una supuesta constancia relacionada con su examen profesional.
Algo no cuadraba.
El sello estaba extraño.
La tipografía cambiaba a mitad del documento.
Y la firma parecía pegada encima.
Al principio cerré el archivo.
No era asunto mío.
Hasta que encontré otro.
Y otro.
Había documentos con fechas distintas.
Números que no coincidían.
Además, Zafira estaba usando esas credenciales para presentarse ante clientes como si ya tuviera una situación profesional que, por lo que mostraban los archivos, no parecía tener.
Le pregunté directamente.
Fue mi error.
—Zafira, ¿puedo hablar contigo?
Ni siquiera levantó la vista del celular.
—¿Qué pasó?
Le mostré una impresión.
Su cara cambió.
Solo durante un segundo.
Después sonrió.
—¿Por qué estabas revisando mis cosas?
—Estaban en la carpeta del proyecto.
Tomó la hoja.
La dobló por la mitad.
—Entonces olvídala.
—Hay información que no coincide.
—Emilia.
Se acercó.
—Olvídala.
Su tono ya no era amable.
—Si esos documentos no son reales, el despacho tiene que saberlo.
Soltó una risa seca.
—Ay, no manches. ¿De verdad quieres jugar a la policía conmigo?
—No estoy jugando.
—Entonces aprende algo antes de graduarte.
Se acercó todavía más.
—En este medio hay gente a la que te conviene no hacer enojar.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo.
Esa tarde envié la documentación a mi jefe y solicité que la revisaran formalmente.
No dormí bien.
Y, por supuesto, Darien apareció otra vez.
Pero aquel sueño fue diferente.
Estábamos en una habitación oscura.
Él parecía nervioso.
—Emilia, mírame.
—Por fin dijiste mi nombre.
—Escúchame.
Intenté bromear.
—¿Ahora qué? ¿Se está acabando el mundo?
Me sujetó del rostro.
—Mañana, si ves algo que reconoces, no reacciones.
Me quedé inmóvil.
—¿De qué estás hablando?
—No dejes que se den cuenta.
—¿Quiénes?
Escuchamos un golpe detrás de una puerta.
Darien volteó.
Pareció asustarse.
Era la primera vez que lo veía con miedo.
—Ya vienen.
—¿Quién viene?
—Despierta.
—Darien…
—¡Despierta, Emilia!
Lo sujeté de la camisa.
Él intentó apartarse.
—¡No vuelvas a dejarme sin respuestas!
—Suéltame.
—¡No!
Me aferré a él.
Darien giró.
Mi uña le raspó con fuerza el lado izquierdo del cuello.
Vi aparecer tres líneas rojas.
Una incluso empezó a sangrar.
Él me miró sorprendido.
Luego ocurrió algo imposible.
Sonrió.
—Eso sí lo voy a recordar.
Desperté.
Me incorporé jadeando.
Miré mis manos.
Debajo de la uña del índice había una diminuta mancha oscura.
Me fui al baño.
La lavé.
Desapareció.
Me repetí que seguramente era tinta.
Pegamento.
Pintura de la maqueta.
Cualquier cosa.
A las nueve de la mañana ya estaba en el despacho.
Zafira no llegó.
A las once, mi jefe me llamó a su oficina.
—¿Estás segura de lo que reportaste?
—Sí.
—Esto puede ponerse feo.
—Solo pedí que revisaran los documentos.
Suspiró.
—La familia de Zafira tiene contactos.
—Eso no hace auténtico un documento falso.
Me observó unos segundos.
—Eres más valiente de lo que te conviene.
Aquella frase me dejó intranquila.
A las doce con veinte apareció Zafira.
No venía sola.
Entró aventando la puerta.
—¿Dónde está Emilia?
Todo el despacho quedó en silencio.
Me levanté.
—Aquí.
Zafira caminó hasta mi escritorio.
—Tienes hasta hoy para retirar lo que dijiste.
—No.
—Te estoy dando una oportunidad.
—No voy a mentir para cubrirte.
Me señaló con el dedo.
—No tienes idea de con quién te estás metiendo.
—Pues explícamelo.
Sonrió.
—Con gusto.
Sacó su celular.
Escribió algo.
—Mi hermano viene para acá.
—¿Y?
—Él se va a encargar de que entiendas.
Mi jefe intervino.
—Zafira, aquí no vamos a permitir amenazas.
Ella se rio.
—Cuando llegue mi hermano, también usted va a querer quedarse callado.
Eso sí me dio miedo.
Pasaron quince minutos.
Luego veinte.
Zafira caminaba de un lado a otro.
Yo intentaba fingir que trabajaba.
No podía.
A las 12:47 escuchamos un automóvil detenerse afuera.
Zafira miró por la ventana.
Su sonrisa regresó.
—Ya llegó.
Sentí una presión extraña en el pecho.
Sin razón.
Después escuché pasos.
Lentos.
Firmes.
Cada vez que se acercaban, algo dentro de mí gritaba que corriera.
La puerta se abrió.
Primero vi unos zapatos negros.
Después un pantalón oscuro.
Una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los antebrazos.
El hombre entró hablando por teléfono.
—Te marco después.
Colgó.
—¿Dónde está la persona que denunció a mi hermana?
Yo levanté la mirada.
Y dejé de respirar.
Era imposible.
La misma mandíbula.
Los mismos ojos oscuros.
La pequeña cicatriz cerca de la ceja.
Incluso el reloj que había visto decenas de veces mientras aquellas manos me abrazaban en mis sueños.
Era Darien.
El hombre que llevaba semanas besándome mientras dormía estaba parado a seis metros de mí.
De carne y hueso.
Zafira lo tomó del brazo.
—Ella.
Darien volteó.
Nuestros ojos se encontraron.
Esperaba sorpresa.
No hubo ninguna.
Su expresión se endureció.
Como si ya supiera exactamente quién era yo.
—¿Tú eres Emilia Rojas?
Se me secó la boca.
—Sí.
—Necesitamos hablar.
—Yo… te conozco.
Zafira frunció el ceño.
—¿Qué?
Darien ni siquiera parpadeó.
—No. No me conoces.
Su voz.
Dios.
Era exactamente la misma.
Di un paso hacia atrás.
—Tu nombre es Darien.
Ahora sí cambió su expresión.
Muy poco.
Pero lo vi.
Zafira volteó hacia él.
—¿Ya se conocían?
—No —respondió demasiado rápido.
Me empezó a zumbar el oído.
—Claro que sí.
—Emilia —dijo él con frialdad—, deja de hablar.
La frase del sueño regresó a mi cabeza:
**“Si ves algo que reconoces, no reacciones.”**
Sentí un escalofrío.
Bajé la mirada.
Y entonces lo vi.
En el lado izquierdo de su cuello había tres líneas rojas.
Frescas.
Paralelas.
Una tenía una pequeña costra.
Exactamente donde lo había arañado la noche anterior.
Mi estómago se revolvió.
—No puede ser…
Darien se tocó instintivamente el cuello.
Zafira lo miró.
—¿Qué te pasó ahí?
Él retiró la mano.
—Nada.
—Darien…
—Dije que nada.
Yo ya no podía detenerme.
—Eso te lo hice yo.
El despacho entero quedó en silencio.
Zafira soltó una carcajada.
—¿Qué dijiste?
Darien me miró como si quisiera atravesarme con los ojos.
—Emilia, cállate.
—Anoche.
Su mandíbula se tensó.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Estábamos en una habitación. Escuchamos un golpe detrás de una puerta. Tú dijiste que “ellos” venían. Intentaste alejarte y yo te arañé.
El color desapareció de su rostro.
Zafira dejó de sonreír.
—¿De qué diablos está hablando?
Darien no contestó.
Yo sentía que iba a desmayarme.
—También dijiste que lo ibas a recordar.
Darien dio dos pasos rápidos hacia mí.
—Basta.
—Entonces dime cómo tienes esas marcas.
—Fue un accidente.
—¿Qué clase de accidente deja exactamente las mismas tres líneas que vi aparecer bajo mis uñas mientras soñaba contigo?
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Porque su cara cambió otra vez.
Ya no estaba enojado.
Estaba asustado.
Entonces agarró mi muñeca.
—Enséñame tu mano.
—Suéltame.
—Emilia, enséñamela.
Intenté apartarme.
Él giró mi mano y observó mi índice.
Había una pequeña cortada junto a la uña.
La misma que había descubierto al despertar.
Darien se quedó completamente inmóvil.
Zafira se acercó.
—¿Qué está pasando?
Él soltó mi muñeca.
Después hizo algo todavía más extraño.
Cerró con llave la puerta del despacho.
Mi jefe se levantó.
—Oiga, ¿qué está haciendo?
Darien ignoró a todos.
Sacó el celular.
Revisó la hora.
12:52.
Luego me miró.
—¿Desde cuándo sueñas conmigo?
Sentí un n**o en la garganta.
—Tres semanas.
—¿Exactamente tres?
—No sé. Tal vez veintidós días.
Darien murmuró una grosería.
Zafira se puso pálida.
—Darien…
Él se giró hacia su hermana.
—Tú dijiste que habían destruido todo.
—No sé de qué hablas.
—No me mientas.
Por primera vez, Zafira pareció realmente aterrada.
—Aquí no.
—¿Qué destruyeron? —pregunté.
Ninguno respondió.
Tomé mi bolsa.
—Me voy.
Darien bloqueó la salida.
—No puedes.
—Quítate.
—Emilia, escucha.
—¡No sé quién eres! ¡No sé por qué sueño contigo! ¡No sé cómo tienes un rasguño que te hice mientras yo estaba dormida!
Me temblaba todo el cuerpo.
—Así que te vas a quitar de esa puerta.
Darien me sostuvo la mirada.
Luego habló tan bajo que casi nadie más pudo escucharlo.
—Anoche no fuiste la única que soñó.
Se me heló la sangre.
—¿Qué?
Metió la mano dentro del bolsillo de su s**o.
Sacó una fotografía vieja, doblada por la mitad.
—Yo también llevo tres semanas despertando con recuerdos tuyos.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Extendió la fotografía.
No quise tomarla.
—¿Qué es?
—Algo que encontré esta mañana.
—¿Dónde?
Darien miró a Zafira.
Su hermana empezó a negar con la cabeza.
—No se la enseñes.
—Ya es demasiado tarde.
—¡Darien, no!
Él abrió la fotografía.
Yo miré.
Y sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
La imagen tenía años.
Muchos.
En ella aparecía Darien más joven, parado frente a una casa que reconocí inmediatamente.
Era la casa de mis sueños.
La misma ventana.
La misma puerta.
La misma habitación donde lo había arañado.
Pero eso no era lo peor.
A su lado había una mujer.
Una mujer cuya cara estaba parcialmente cubierta por una quemadura en la fotografía.
Aun así reconocí mi propia sonrisa.
Mis ojos.
Incluso el pequeño lunar debajo de mi labio.
Era yo.
Solo que la fecha escrita detrás de la foto decía:
**14 de octubre de 2007.**
Yo tenía cuatro años en 2007.
—Esto es falso —susurré.
Darien negó lentamente.
—Ojalá.
—¿Quién es ella?
No respondió.
—¡¿Quién es esa mujer?!
Zafira comenzó a llorar.
Darien cerró los ojos.
Y entonces, desde el pasillo, alguien golpeó tres veces la puerta.
**Toc. Toc. Toc.**
Mi sangre se congeló.
Era exactamente el mismo sonido del sueño.
Darien abrió los ojos de golpe.
Me tomó del brazo.
—No hagas ningún ruido.
—¿Quién está afuera?
Otro golpe.
Más fuerte.
**TOC. TOC. TOC.**
Zafira retrocedió.
—No puede ser… nos encontraron.
Miré a Darien.
—¿Quiénes?
Él se llevó un dedo a los labios.
Y desde el otro lado de la puerta, una voz de mujer pronunció mi nombre.
—Emilia Rojas… sabemos que ya empezaste a recordar, así que abre antes de que Darien tenga que morir por ti otra vez y...