14/07/2026
Cuando hablamos de palabra Armagedón nos ponemos pensar en imágenes de ciudades reducidas a cenizas, ejércitos enfrentados en una batalla definitiva y un mundo consumido por el fuego antes del juicio final. La cultura popular ha reforzado esa visión mediante novelas, películas, documentales y discursos religiosos que presentan el fin de los tiempos como un acontecimiento abrupto, una especie de interruptor cósmico capaz de separar con claridad un "antes" y un "después". Sin embargo, la historia rara vez funciona de esa manera. Los grandes cambios de la civilización casi nunca llegan de golpe; se desarrollan lentamente, acumulando tensiones hasta que, en retrospectiva, resulta evidente que el mundo ya había cambiado mucho antes de que la mayoría fuera consciente de ello.
La pregunta que hoy comienza a abrirse paso en círculos académicos, políticos y sociales no es necesariamente si el mundo está llegando a su fin, sino si estamos asistiendo al final de un orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial. Las guerras en Europa y Medio Oriente, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, el fortalecimiento de Rusia como actor estratégico, la expansión de los BRICS, la crisis de legitimidad de organismos internacionales, el resurgimiento de movimientos nacionalistas y la aceleración tecnológica alimentan la percepción de que la estabilidad que caracterizó buena parte de las últimas décadas se encuentra bajo una presión sin precedentes.
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