05/12/2025
Latosos, Cuando deje 😔
Dicen que uno nunca olvida la primera vez que deja su tierra… y yo lo comprobé aquella noche fría en la vieja terminal del ADO de Misantla. Tenía apenas 18 años y un sueño más grande que mi propio miedo: buscar un mejor futuro para mi familia rumbo a la Ciudad de México.
La corrida salía a las doce de la noche. Mis papás me acompañaron, caminando despacio, como queriendo alargar los minutos. Yo llevaba mi mochila en la espalda y una caja de huevo con mi poca ropa, porque así se viajaba cuando no había para más, pero había esperanza de sobra. La terminal estaba casi vacía, solo el ruido del motor calentándose y uno que otro pasajero con cara cansada.
Cuando el chófer anunció la salida, la gente empezó a subir sin prisa. Yo me quedé unos segundos quieto, sintiendo cómo el corazón me latía fuerte, como si quisiera regresarme. Me acerqué a mis padres tratando de no derrumbarme. Abracé a mi madre y ella, con la voz entrecortada, me dio su bendición: “Que Dios te cuide y te acompañe, hijo.” Sus manos temblaban más que las mías. Mi padre me abrazó después, fuerte, como queriendo decirme muchas cosas sin palabras. Solo alcanzó a desearme buen viaje.
Subí despacio al autobús. Busqué mi asiento, me acomodé como pude y volteé a la ventana. Ahí estaban ellos. Mi padre abrazando a mi madre, consolándola mientras juntos me decían adiós con la mano. Yo respondí con la mía, aunque me temblaba. Y sí, se me escapó una lágrima… tal vez dos. Era la primera vez que salía de Misantla, la primera vez que estaría lejos de mi familia, la primera vez que sentí el peso real de crecer.
Las luces de la terminal se fueron alejando mientras el autobús avanzaba, y con ellas también quedaba atrás esa parte de mí que aún era niño. Nunca olvidaré esa noche. Porque fue justo ahí, entre el ruido del motor y mi corazón apretado, que comenzó mi vida de adulto. Y aunque el destino era incierto, algo dentro de mí sabía que ese viaje cambiaría mi historia para siempre.