14/05/2026
Hoy 13 de mayo se cumple un año más del fallacimiento de Ramón Méndez Estrada (29 de enero de 1954-13 de mayo de 2015), poeta mexicano, y para recordarlo les compartimos uno de sus poemas, además en el primer comentario les dejamos el Dossier con su trabajo poético, que les sea leve:
LUZBEL
Todo cae, se derrumba, se hace polvo.
Jorge Max Rojas
De los altos jardines de la luz
donde me daba
vine a parar a los sótanos del laberinto:
celdas, calabozos, mazmorras, cámaras de tortura
donde, miembro por miembro, me fue arrancado el cuerpo.
Yo que fui sol, yo que viví en tu estrella
sin luz estoy:
ni una luciérnaga me alumbra
en este viaje de terror
por los pantanos, por los tembladerales,
por las arenas movedizas…
Llaga pura, pura llaga,
banda de kamikazes, escuadrón de la muerte.
Rodaron al suelo cuatro botellas de charanda,
y luego trajeron mezcal.
Estaría mu**to, a no ser por esa lucidez atroz,
Marasmo que sin embargo levantaba,
aunque sólo fuera para parir dolor,
rebotar en los parques, caerse entre los árboles,
sacarse sangre en las banquetas.
Un pozo, un pozo
era
hediendo a semen agrio…
con los calzoncillos manchados, soñándote…
Lenta vida, y amarga, tazón de noche,
cielo apretujado de nubes, invierno gélido
y ni una estrella ni una estrella ni una estrella
ni sol…
Después trajeron aguardiente.
Estaba más pálido que un mu**to.
“Más que la cantidad –promedio de tres litros al día–
es la presión
con que lo metes” –dijo El Abate.
Un lamparazo turbio, una llama de alcohol,
y el desquebrajamiento:
Harapo del amanecer que no hizo sol: empujó a la noche
de filo: racha helada, viento cortante,
arpón que parte los pulmones.
Un ventarrón soy, un viento ebrio:
Vuelo sin alas, silbo sin boca
y no me veo y no me toco:
Crótalo volador, bestia de hosca ternura,
luz, lumbre y viento entremezclados.
Mi veneno es mi amor: es temblor de tierra:
Sólo quise mecer, sólo quise mecerlas, sólo mi ser te quise
y se derrumbó todo, frágil castillo de barajas,
frágil y delicada reina eras…
Eras y sigues siendo todo entre las eras.
Eres, y fuiste siempre,
yo
ahora mutilado…
me empujo por la ciénaga,
me arrastro entre culebras
por los tembladerales, por las dunas…
Había regados, aquí y allá, látigos, fierros, piedras,
harta sangre regada, cadenas rotas, cerraduras quebradas.
Nadie cayó jamás así. Nadie
descendió así al abismo:
Derrumbado por siglos una noche, de una a otra caída,
de una sima a otra sima
sin encontrar la tuya, sin encontrar la tuya
que era mi lápida y mi tumba.
Tumbado como un s**o, amarillos los dedos
por fumar, y la barba crecida de días…
No salió el sol. Permaneció la noche.
Todo de negro, todo, de ceniza y ventisca
que azota con látigos de alumbre.
Así venía, de noche, vestido de sombras,
sombrío bosque de escombros, enramada de espinas
donde aúlla el viento, desgarrándose.
(La caña lo zarandeaba azotándolo
brutalmente
por el despeñadero,
cabronazos de un trago ardiente
lo empujaban.)
No es esto una ciudad: es la blasfemia.
No hay estrellas, no hay estrellas, no hay lago:
laberinto de chimeneas y trampas,
rutas de asfalto que son ortiga ardiente
y el viento helado, látigo de granizo negro…
Fotografía de Wendy Rufino