03/03/2026
Hay lugares que se visitan… y hay lugares que se sienten.
Ushuaia, la ciudad del fin del mundo, fue para mí un suspiro profundo desde el primer instante.
Desde que salí del aeropuerto y vi la ciudad abrazada por montañas, algunas cubiertas de nieve, otras apenas salpicadas de blanco, supe que algo en mí se iba a quedar ahí. El imponente Monte Olivia fue mi favorito, con esa fuerza majestuosa que te hace sentir pequeña y viva al mismo tiempo, acompañado por la sorprendente montaña de Los Cinco Hermanos.
Ushuaia es pequeña, alrededor de 80 mil habitantes, pero increíblemente acogedora. Caminar por sus calles es como viajar un poco en el tiempo; muchos edificios conservan su infraestructura original, y eso le da un encanto único, entre lo histórico y lo natural.
Es una ciudad industrial, con educación gratuita, y además ocupa el cuarto lugar como punto de partida para el turismo hacia la Antártida. Y claro… no podía faltar el cabrito en la mesa: sabores intensos, reconfortantes, perfectos para el clima frío pero totalmente disfrutable que nos acompañó.
Me encantó esa combinación mágica entre montañas y mar. El Canal Beagle extendiéndose frente a la ciudad, creando un contraste perfecto entre lo imponente y lo sereno. Es de esos lugares a los que volvería sin pensarlo, especialmente en invierno, para ver esos montes completamente blancos y hacer más hikes por sus paisajes que parecen de otro planeta.
Otro tesoro fue su mercado artesanal: un espacio donde se apoya el talento local y encuentras piezas únicas: joyería, ropa, cosmética natural, pintura, creaciones de artistas locales y también de otros países, pero todas con una esencia hermosa. Definitivamente, una parada obligatoria.
Pero más allá de los paisajes, lo que hizo este viaje verdaderamente maravilloso fue compartirlo con mis primos, que son como mis hermanos, y mis tíos. Reír, descubrir, maravillarnos juntos… esos momentos quedan guardados en el alma y en el corazón