05/09/2026
El doctor Horacio cano nos comparte está reflexión.
Lo más importante de los menos importante
Horacio Cano Camacho
Les voy a contar algo muy privado y… vergonzoso.
Ya les he dicho que soy diabético. Tomo medicamentos y llevo una dieta especial. En esta enfermedad los horarios son importantes: comer, tomar los medicamentos, dormir; todo se va regulando con cierta precisión. La idea es evitar al máximo los “picos de glucosa”.
El asunto es que no es lo único que se sincroniza. La ida al baño también.
Yo tomo mi primer medicamento —y el más importante— de madrugada y, media hora después, desayuno para llegar a mi clase de las 7:00 en punto. Así que suele ocurrir que, al terminar, me den unas enormes ganas. Los diabéticos, o quienes han convivido con uno, saben que cuando nos dan ganas, nos dan ganas…
Ayer me pasó eso terminando mi clase y fui al baño. Estaba cerrado. El empleado encargado los tenía cerrados. No sé si se va a algún lado o se ocupa en otra labor, pero el asunto es que ha sido una queja constante de mis estudiantes desde hace muchos cursos —y mía también, por supuesto—.
Entonces me dirigí a la dirección, al baño privado que hay allí y… estaba cerrado. Y nadie tenía la llave. Bueno, ¿qué hago?, además de bailar y bailar mientras me aguanto.
Me fui de urgencia a un café frente a la facultad. Pedí mi respectiva bebida, para no orinar de gratis, y le pedí al mesero que me indicara el baño. Me mandó a un segundo piso y, al entrar, desaparecieron mis ganas. Horror.
Soy muy delicado con eso desde niño. Así que salí de allí y me fui a mi casa, a considerable distancia y ya con un dolor muy fuerte por aguantarme.
¿Por qué estoy contando algo tan íntimo?
Porque fue una mañana vergonzosa e indigna. Y porque nadie debería pasar por esto.
Pero pongámonos en el lugar de los alumnos. Ellos pasan por situaciones semejantes todos los días, en esta y en otras dependencias de la universidad: la comida, el descanso, las tareas cotidianas, los servicios y, por supuesto, la higiene.
A nadie parece importarle demasiado.
Y quizá aquí está el problema: hemos decidido que hay cosas importantes en la educación y otras que no lo son tanto.
Nos preocupamos por los programas, los contenidos, las horas de clase, las evaluaciones, los indicadores, las competencias y los resultados. Hablamos de enseñar matemáticas, ciencias, idiomas, historia. Y todo eso, por supuesto, importa. Pero hay otras cosas que parecen demasiado pequeñas para entrar en el discurso educativo.
Las autoridades suelen considerar que la educación ocurre dentro de un salón de clase y que la escuela o la universidad son, fundamentalmente, un salón, un pizarrón y un profesor echando discurso. Y olvidan algo fundamental: la escuela no es solamente el edificio. Es el conjunto de relaciones y experiencias que ocurren dentro de él.
Por eso los espacios importan. No solamente como estructuras físicas, como cascarones que contienen a estudiantes y profesores, sino porque permiten, dificultan o favorecen determinadas relaciones y experiencias. Un espacio puede invitar al encuentro o hacerlo imposible; producir comodidad o incomodidad; hacer sentir a alguien bienvenido o decirle, sin palabras, que su presencia no importa demasiado.
De esta manera, el edificio y el entorno participan también en el desarrollo y la maduración de los jóvenes.
Muchos de mis estudiantes, la mayoría diría yo, vienen de entornos muy modestos. Para ellos, la escuela puede convertirse en un nuevo hogar: un lugar donde las experiencias, las relaciones y las expectativas que construyen pueden generar deseos, proyectos de futuro y una idea diferente de lo que pueden llegar a ser.
Por eso importa cómo es ese lugar.
Si la escuela no se diferencia de su entorno precario, ¿qué experiencia estamos ofreciendo? ¿Qué aprendizaje, además del estrictamente académico, estamos construyendo?
La escuela pública mexicana ha tenido que resolver históricamente lo urgente: conseguir un techo, un salón, un pizarrón, un espacio donde impartir clases. Pero muchas veces, al resolver lo urgente, hemos terminado abandonando lo importante.
Y ese techo no es solamente un techo. También puede ser una ventana: la posibilidad de que un joven descubra que existe otro mundo, que puede relacionarse de otra manera con los demás, que puede imaginar un futuro distinto y que él mismo puede contribuir a construirlo.
Aquí aparece algo que solemos llamar, con cierta ligereza, “habilidades blandas”.
La expresión no me gusta demasiado. No porque esas habilidades no sean importantes, sino precisamente porque el adjetivo “blandas” parece disminuir su importancia. Como si aprender matemáticas fuera algo serio y aprender a escuchar a otra persona fuera apenas un complemento; como si resolver una ecuación exigiera formación, pero resolver un conflicto entre dos personas fuera cuestión de buena voluntad. No lo es.
Escuchar, comunicarse, trabajar con otros, colaborar, negociar, reconocer al otro, manejar un desacuerdo, asumir responsabilidades, pedir ayuda, ofrecerla y construir confianza son capacidades fundamentales para la vida.
Y no estoy seguro de que puedan enseñarse de la misma manera que enseñamos una asignatura. Podemos hablar de ellas, ponerlas en un programa, convertirlas en competencias e incluso evaluarlas. Pero las personas aprenden realmente a relacionarse relacionándose.
Aprenden a escuchar cuando alguien las escucha; a colaborar cuando tienen oportunidades reales de hacer algo con otros; a resolver conflictos cuando forman parte de comunidades en las que los conflictos pueden ser enfrentados; a respetar cuando son tratadas con respeto; y a cuidar cuando experimentan espacios y relaciones que merecen ser cuidados.
Por eso los espacios universitarios son también espacios pedagógicos.
Una banca, una cafetería, un pasillo, una biblioteca, un jardín, un patio o un salón pueden parecer elementos secundarios frente al programa de una asignatura. Pero en todos ellos ocurren cosas que forman a las personas: se conoce a un compañero, se conversa con alguien que piensa distinto, se construye una amistad, se resuelve un problema, se negocia, se ayuda a alguien y se aprende que convivir con otros exige algo de nosotros.
Buena parte de lo que una universidad enseña no aparece en ningún programa de estudios. Está en la manera en que se recibe a un estudiante, en la posibilidad de encontrar un lugar donde sentarse, en la limpieza de un baño, en la forma en que un profesor escucha una pregunta, en la confianza para acercarse a una autoridad o en la posibilidad de quedarse después de clase conversando con otros.
Son pequeñas experiencias que, acumuladas durante años, terminan diciéndole a un joven algo acerca de sí mismo y del mundo que lo rodea.
Por eso me preocupa que sigamos pensando la universidad únicamente como el lugar donde se transmiten conocimientos. La universidad también transmite, aunque muchas veces no se lo proponga, una idea de cómo debemos vivir juntos.
Puede decirle a un joven: aquí importas.
O puede decirle exactamente lo contrario. Y creo que, muchas veces, eso es lo que realmente estamos diciendo.
Sabemos que en México solo una pequeña proporción de los niños nacidos en condiciones de pobreza logra superar esa condición. Si además les ofrecemos espacios precarios, feos y sucios, ¿qué mensaje estamos transmitiendo? Que, hagan lo que hagan, su condición difícilmente cambiará; que hay lugares dignos para otros, pero no necesariamente para ellos.
Por el contrario, un espacio digno puede transmitir otra idea: que merecen estar allí, que su presencia importa, que pueden aspirar a algo distinto y que tienen derecho a construirlo.
Que haya un baño abierto y limpio. Que un estudiante pueda sentarse cómodamente. Que tenga un lugar digno para comer o descansar. Que los espacios en los que pasa buena parte de su vida sean adecuados. Que pueda encontrarse con otros y tenga lugares para conversar, trabajar en equipo o simplemente estar. Que aprenda a escuchar, colaborar, resolver conflictos, comunicarse y trabajar con otros.
Son cosas aparentemente menores. Hasta que dejan de serlo.
Tal vez hemos puesto demasiada atención en la enseñanza y demasiado poca en las condiciones que hacen posible aprender. Tal vez hemos separado artificialmente el conocimiento de la experiencia, el aula de la vida y las competencias “duras” de aquellas que llamamos “blandas”.
Porque un estudiante no deja de ser persona cuando entra al salón de clase. Llega con hambre, con sueño, con preocupaciones, con ilusiones, con vergüenza, con problemas que nadie ve y con una necesidad profunda de sentirse parte de algo.
Y todo eso también aprende.
Todo eso también educa.
En nuestro afán por ocuparnos de “lo importante”, hemos terminado descuidando algunas de las cosas más básicas.
Las menos importantes.
Que quizá sean, después de todo, las más importantes.
https://www.facebook.com/share/p/1Ghti2TWS5/