28/05/2026
Marín
Eric Antonio Martínez
El 20 de Diciembre de 2013 hice un recuento de una parte de lo que había vivido con "Marín". Aún no creo haya mu**to, aunque lo sé. Su cuerpo estará siendo velado a partir de las 11:30 de la noche y todo el viernes en la capilla 1 de Funerales Espejo. El entierro es el Sábado en la mañana, a las 9. Pasará por su casa y de ahí se irá al panteón. Publico estas líneas como parte del recuento que, como amigo de infancia, me toca hacer. En su momento, él las leyó. A estas líneas le puse como título: "Marín (Nota para la Nueva Historia de Papantla)":
Conocí a Luis Ángel Marín en el 1º. A de la Escuela Secundaria Federal en 1981. Nosotros, nuestra generación, no teníamos necesidad de definir si íbamos a la 1 o a la 2, porque no existía otra en la ciudad. La Federal era el símbolo del prestigio y nosotros, niños desprestigiados y con afán de reconocimiento, íbamos a sus aulas como guadalupanos al Tepeyac,detrás de muchos mitos.
Marín era el único del grupo que llevaba el corte como la regla lo pedía. Qué gordo me cayó cuando una maestra le pidió que se levantara y él, con su sonrisa de oreja a oreja, mostrando sus dientes bien formados, giraba su cabeza de un lado a otro sin dejar de sonreír.
¡Qué tipo tan odioso!, pensé,mientras los demás niños nos mirábamos entre sí, puestos al descubierto por uno de los nuestros como incumplidos, sintiéndonos violadores de las normas por traer unos cabellos de más y no las orejas descubiertas como ese ca**ón. Casquete corto nos pedía un impactante Filemón Rojas Pérez, nuestro director.
No me le acerqué. Nunca había soportado a los que tocaban mi ego y a quienes disminuían el prestigio de mi peluquero. En el primer día de clases un niño nos había hecho ver mal y eso merecía desprecio.
Pasó el tiempo y poco a poco supe más de ese niño: más bien: una advertencia: “Es de tu familia”, me dijo mi madre.
Se lo comenté.
- ¿Qué es tuyo Sara Domínguez? Una señora que siempre sale en los periódicos…
- Mi tía.
- Ah, entonces sí… bueno, pues mucho gusto pariente – dijo él. Y me dio la mano,riéndose, con su carcajada de siempre.
Salió corriendo del salón.
La plática sobre él había salido a propósito del primer día de clases.
Llegué a mi casa y le dije a mi familia:
- Me tocó con un tipo odioso.
Mis hermanas se rieron.
Les dije el nombre.
- Es el hijo de la maestra Cuca – me dijeron mis hermanas, que habían tomado clases con ella.
La maestra Cuca.
Refugio Marín es una de las profesoras más conocidas y prestigiadas en la ciudad. Educada en la época de la más férrea disciplina, la maestra puso en alto el nombre de la escuela primaria María Gutiérrez, de donde llegó a ser directora, una temida directora por las niñas con quienes ajustaba cuentas cuando fallaban.
Tal vez por eso mi hermana no tenía problemas con ella. Todo lo contrario. La agilidad de mi hermana era recordada con gracia por la dura maestra ante la que, cuando me presentaron, no sonrió sino hasta después de que le dije que yo era hermano de Lucero, “la que salta bien la cuerda”, dijo ella sonriendo.
A ella le debe Marín su apellido. Y por su amor por ella ha decidido perpetuarlo haciéndolo que lo repitan sus seguidores. Y por lo distinto. Mi abuelo, Ángel Domínguez Marín, también firmaba así: Ángel Marín. El amor por las madres es inocultable.
Y me recibió en su casa. Marín me abrió su estudio, donde alguna vez hicimos tarea o simulábamos que hacíamos eso, y ahí me presentó a un amigo, que aún hoy conservo: Procopio.
Recuerdo que me reí cuando me dijo cómo se llamaba.
- Oye, no mames, ¿por qué le dices así?
- Así se llama – dijo Marín, divertido con mi pregunta mientras la cara roja de Procopio asomaba del otro lado del escritorio donde estábamos.
De su padre sólo recuerdo que tenía la voz tan fuerte y grave como la de él, porque fue a llamarlo cuando jugábamos en el piso de la sala de su casa. Falleció cuando estábamos en la secundaria. Por él, el nombre completo de Marín es Luis Ángel Hernández Marín.
Marín comenzó tocando una melódica con la que desesperaba a todos. Nos reíamos de él por su empeño y porque a cada rato tenía que andar tirando la saliva que la manguera acumulaba.
La dejó cuando su mamá le regaló su primer órgano de doble teclado con pedales que tenía en la parte de arriba de su casa.
Fue ahí donde me presentó a otro de sus amigos: Jesús Antonio Ruiz, el maestro de Karate.
Chucho se reía con él y le preguntaba:
- ¿Cómo se toca esto?, ¿Y esto?
Porque el órgano tenía muchos botones que su dueño descubriría con el paso de los años y no agotaría sino con muchos teclados.
En el salón del 1º. A fue el primero que se hizo de novia. Y lo odié por segunda vez: porque le había hecho caso una de las niñas más inteligentes del salón: Deyanid Alejandra González Trinidad.
De ese noviazgo lo único que recuerdo era al osado Marín y la atrevida Yedi tomados de la mano en el aula, uno de los actos insólitos del salón donde estudiaban los más pequeños de la Federal y que aún no despertaban a la sexualidad.
Éramos niños que hacían travesuras, no maldades.
La de Marín era la más celebrada. Imitaba , a sus 11 años, con la voz más ronca de toda la Federal, a José López Portillo, entonces presidente de la nación:
“Me siento profundamente emocionado”, decía delante de todos provocando las carcajadas de quienes lo oíamos.
Esa fue una de las formas en las que se ganaba el cariño del salón.
Posteriormente se integró al grupo de música que organizó la maestra María Antonieta (La maestra Toñita) en la Concepción Fuente. Ella hizo una invitación que llenó un salón de la primaria para todos los que quisiéramos aprender guitarra.
Y ahí entró él. Después, aprendió atocar melódica. No supe en qué momento ya tocaba el acordeón. Marín aprendió muy rápido.
Al dejar la secundaria se fue a la preparatoria Papanteca y la dejó después para llegar al CBTIS.
Fue por esos años cuando tuvimos nuestra primera pelea, donde debía ser: en el Karate.
Quedó derrotado por el amigo, el compañero, el ingrato al que le había presentado al maestro.
La revancha vino después, cuando de una mae-geri me aventó fuera del dojo y Chucho, el profesor, lo detuvo para que no me golpeara más. Estaba enfurecido.
Ya en el CBTIS volvió a pretender chavas que me gustaban. La lista es larga y no la voy a mencionar. Ellas quedarán en mi memoria y en mi corazón en este recuento para dar algunos de los aspectos biográficos de un joven sobresaliente.
Su primer grupo se llamaba Twins. El nombre lo había escogido El Concord, un ayudante de Les Grands que era el único baterista que nosotros conocíamos. El nombre lo tomó de una revista de Notitas Musicales y como nos urgía un nombre pues todos dijimos que sí, que no le veíamos problema.
De Twins formábamos parte Marín, El Concord, Facundo y yo. Después se integraron Gustavo y El Pitufo (que hoy es El Cácaro, en realidad se llama Luis Alberto y ahora también trabaja para la radio).
El equipo nos lo rentaba Pepe Castro, dueño del grupo Les Grands. Creo que le pagábamos cinco pesos por hora, por dejar usar sus aparatos.
A Pepe le simpatizaba Marín, tal vez por su entusiasmo, aunque –para él- no tocaba muy bien. Tuvieron que pasar muchos años para que Pepe fuera rebasado por su nuevo alumno que creció y creció y creció sin que nada lo pudiera contener.
Y cantó. Todavía se ruboriza cuando recuerda la forma en la que la maestra Toñita en segundo de Secundaria se burlara de él diciéndole: ¿qué es eso?, al escuchar su voz. Ah. Y la maestra trató de imitar su voz de tenor. Hizo un sonido gutural y todos reímos, hasta las niñas, pero ellas lo miraban con ternura y celebraban la broma femenina.
- Nunca se me va a olvidar ese día –me diría una vez, en una de las ocasiones en que recordábamos nuestra infancia en común.
Su voz después ha sido su todo. Por ella está en la radio. Es poco común. Nadie con ese tipo de voz pasa desapercibido. Su voz ahora es y ha sido escuchada por miles de personas que seguramente reirían si conocieran esta anécdota. ¿Quién lo diría?
No supe más de él por muchos años. Lo que supe ya fue por terceras personas. Se fue de Papantla pero no duró mucho. El grupo, la música, siempre lo devolvieron a la ciudad como boomerang. Y Xóchitl, un amor de juventud en cuya primera etapa me tocó acompañarlo.
Falta mucho por escribir, pero al calor de la celebración de los 40 años de la Federal son los recuerdos que me parece importante grabar. Ojalá y él siga viviendo muchos años más y dé alegría a la gente que lo rodea.
Hay cosas en común que nunca voy a escribir. Por ejemplo, cuando me regañó en el Scaramouch, que era un Centro Nocturno donde nos pagaban el cover. Estaba donde hoy es el Ministerio Público. El edificio le pertenecía a Arsenio Aparicio.
A mí se me ocurrió prestarle el bajo a un guitarrista que yo conocía y admiraba pero de quien él no sabía nada.
Como el guitarrista estaba borracho y Marín siempre ha despreciado el alcohol (lo que siempre tomaba era su Choco Milk en las noches cuando lo llamaba su mamá), me pidió que no lo volviera a hacer.
Le expliqué quién era, le explicamos–junto con Pepe- por qué lo había hecho.
- ¿Se equivocó?- le dijo Pepe a un Marín enojado.
- No, pero…
- ¿Entonces? - le cuestionó Pepe, divertido- mientras Marín me miraba con odio.
Pepe se reía cada vez que lo veía hacer una rabieta. Y Luis Ángel movía la cabeza y me miraba, fulminándome con los ojos.
Pero sus ojos fueron los que, muchos años después, me recibieron con mucho cariño en Imagen Digital, que después se convirtió en EXA, cuando a mí me acababan de censurar en la XENG, una radio en Huauchinango, Puebla, en 1995. Ya entonces él desarrollaba cierta vocación periodística y empresarial, aunque su primer negocio de hamburguesas creo que se fue al fracaso.
Como fracaso fue la primera vez que tocamos.
Nos prestaron unos instrumentos feísimos y nos oíamos mal. Muy mal. De la chingada.
Salimos del Club de Leones todos ruborizados.
- No no, gritaba Marín en la calle.Vamos con Pepe, ahorita está tocando en la Ganadera.
- Ya Marín -, decía yo.
- Es que si no tocamos hoy nos vamos a traumar. ¡Son los instrumentos! – gritaba.
Y fuimos con Pepe. Le explicamos lo que había ocurrido. Nos dejó tocar una tanda. Y nos reivindicamos. Marín volvió a sonreír desde el teclado fínísimo Korg que tenía en sus manos, con una cara de “te lo dije”. (Eric Antonio Martínez, 20 de diciembre de 2013).