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Hay estadios que se construyen para ganar partidos. Y hay estadios que se construyen para decir algo sobre la ciudad que...
02/07/2026

Hay estadios que se construyen para ganar partidos. Y hay estadios que se construyen para decir algo sobre la ciudad que los alberga.

El Estadio BBVA de Monterrey pertenece definitivamente al segundo grupo.

Desde el momento en que Populous y VFO Arquitectos comenzaron a trabajar en su diseño, quedó claro que este no sería un recinto más. Sería un gesto arquitectónico de identidad regiomontana — industrial, austero, orgulloso — que dialogaría directamente con el paisaje de montaña que define a Monterrey como ninguna otra ciudad del país.

Una reverencia al Cerro de la Silla

La decisión más poderosa del diseño del BBVA es su forma asimétrica. La estructura desciende hacia el sur, en un gesto intencional: una “reverencia” hacia el Cerro de la Silla, uno de los íconos más representativos de Monterrey. Esta decisión no solo define la silueta del edificio, sino que también busca integrarlo visualmente al paisaje, convirtiéndolo en parte de la narrativa urbana y mediática del lugar.

El resultado es que desde el interior del estadio, entre las tribunas superiores, se abre una ventana perfecta hacia la montaña. El paisaje entra al estadio. La ciudad y el deporte se funden en una sola imagen.

La identidad industrial como lenguaje arquitectónico

Inspirado en la historia de la ciudad y en su tradición en la producción de cerveza y la fabricación de acero, el estadio tiene una estructura trípode que se sostiene sobre sí misma y está revestida con una armadura metálica y aluminio. El flujo de aire entra a través de “branquias” en la fachada metálica, que consiguen ventilar el estadio y mantener a los espectadores y jugadores frescos y cómodos.

La elección del aluminio para la envolvente responde tanto a criterios estéticos como ambientales. Su capacidad reflectante permite que la fachada cambie a lo largo del día, registrando las variaciones de luz y atmósfera, convirtiéndose en un elemento dinámico dentro del paisaje urbano.

No es decoración. Es arquitectura que habla de dónde está y de dónde viene.

El primer estadio LEED Platino de América Latina

El Estadio BBVA cuenta con certificación LEED Platino, resultado de una estrategia integral que incorpora captación de agua pluvial, eficiencia energética y una cuidadosa selección de materiales.

Inaugurado en 2015 con una inversión de 200 millones de dólares, fue reconocido con el Premio de Honor a la Excelencia en Diseño de Edificación a Gran Escala del AIA Kansas City. Es el primer estadio en América Latina con certificación LEED Gold por el Consejo de Edificación Sustentable de Estados Unidos — aunque actualizaciones posteriores lo llevaron a Platino.

Con capacidad para 53,500 espectadores, albergará cuatro partidos del Mundial 2026.

Más que un estadio: un centro comunitario

El estadio promueve la integración social, con áreas de acceso abierto y espacios inclusivos que lo transforman en un centro animado para la comunidad fuera de los días de juego y lo integran en el tejido social de Monterrey.

Conciertos de Justin Bieber, Coldplay, Bad Bunny y The Weeknd han llenado su cancha en años recientes. El BBVA no es solo el estadio de Rayados: es el recinto de eventos más importante del norte del país.

Una arquitectura que sirve más allá de su función original. Ese es el criterio más exigente. Y el BBVA lo cumple.

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Hay estadios que se construyen para ganar partidos. Y hay estadios que se construyen para decir algo sobre la ciudad que los alberga. El Estadio BBVA de Monterrey pertenece definitivamente al segu…

01/07/2026

Populous. La firma de arquitectura deportiva más influyente del planeta. El despacho detrás del Wembley renovado en Londres, del Yankee Stadium en Nueva York, del Melbourne Cricket Ground en Australia, del Aviva Stadium en Dublín y de los estadios olímpicos de Sídney y Londres.

Y en 2026, la firma a cargo de las remodelaciones de los estadios Banorte, BBVA y Akron para el Mundial 2026.

Del despacho más influyente del deporte

Populous comenzó su historia como HOK Sport, la división deportiva de la firma estadounidense HOK. En 2009 se independizó bajo el nombre actual, con sede en Kansas City y oficinas en Londres, Brisbane, Nueva York y otras ciudades globales.

Su filosofía de diseño parte de una premisa que parece obvia pero que durante décadas no fue la norma en la arquitectura deportiva: el estadio debe diseñarse primero para quien lo habita, no para quien lo fotografía.

Eso significa: visibilidad del campo desde cada asiento, acústica pensada para amplificar la emoción colectiva, circulaciones que reduzcan el tiempo de espera, integración con el entorno urbano para que el recinto funcione más allá de los días de partido.

Partho Dutta, socio y diseñador principal de Populous, lleva más de 25 años proyectando estadios en cuatro continentes y fue el responsable de dar seguimiento a las renovaciones de los estadios para el Mundial 2026.

El Mundial más austero — y más sostenible — de la historia reciente

La edición 2026 del torneo tiene una particularidad que la distingue de prácticamente todos los mundiales recientes: los 16 recintos de México, Estados Unidos y Canadá son edificios preexistentes. Sus edades van de seis a 60 años. Ninguno se levantó para este Mundial.

Para Populous, eso representa un tipo de desafío completamente distinto al de construir desde cero. No se trata de imponer una visión nueva sobre un terreno vacío, sino de entender la identidad de cada edificio, respetar lo que lo hace único y mejorarlo sin borrarlo.

El objetivo es usar materiales y métodos de construcción sustentables en las renovaciones para alcanzar o superar los estándares de sustentabilidad que establece la FIFA para el Mundial 2026. Los sistemas modulares y temporales juegan un papel creciente en ese esquema, por su velocidad de instalación y menor costo frente a la construcción permanente.

Tres estadios mexicanos, tres lecciones de arquitectura

Lo más fascinante del trabajo de Populous en México es la diversidad de retos que plantean los tres recintos:

El Banorte es un ícono de 60 años que no puede perder su carácter monumental. El reto es actualizar sin transformar.

El BBVA de Monterrey es el estadio más moderno del país — apenas 11 años de vida — y ya cumple estándares internacionales de primer nivel. El reto es afinar, no reconstruir.

El Akron de Guadalajara es el más joven (16 años) y el más singular en su diseño: un volcán de concreto cubierto de pasto. El reto es adaptarlo sin perder lo que lo hace irrepetible.

Tres soluciones distintas para tres identidades distintas. Una sola firma coordinando el resultado. Eso, en sí mismo, es una lección de arquitectura deportiva.

¿Por qué importa para los arquitectos mexicanos?

Porque Populous no opera en el vacío. En los tres casos mexicanos trabajó en colaboración con firmas locales: VFO Arquitectos en el BBVA y el Akron, y con la supervisión de profesionales mexicanos como David Lizárraga en el Banorte.

La arquitectura deportiva de gran escala en México no se hace sin talento local. Y el Mundial 2026 es la prueba más visible de ese principio.

Mañana: El Estadio BBVA de Monterrey — cuando la arquitectura rinde homenaje a la identidad industrial de una ciudad.

→ Explora proyectos de arquitectura en Revista ARCA

30/06/2026

David Lizárraga es el arquitecto mexicano detrás de los tres recintos mundialistas de México en 2026. Y su historia merece ser contada.

De Culiacán a Kansas, con escalas en el mundo del deporte

Lizárraga es sinaloense. Vive en Kansas, donde opera una de las sedes de Populous — el despacho de arquitectura deportiva más influyente del mundo, responsable del diseño del Wembley, el Yankee Stadium y decenas de los recintos más importantes del planeta.

Como Senior Architect Principal de Populous, Lizárraga es el encargado de dar seguimiento a las remodelaciones de los tres estadios mexicanos para el Mundial 2026: el Banorte en la Ciudad de México, el BBVA en Monterrey y el Akron en Guadalajara.

Tres estadios. Tres ciudades. Un solo arquitecto mexicano coordinando el mayor ejercicio de renovación de recintos deportivos que México ha vivido en décadas.

“¿Dónde firmo?”

La llamada llegó en 2022. Sus colegas en Populous le preguntaron si estaba disponible para el encargo. Su respuesta fue inmediata.

No era para menos. El Estadio Banorte — conocido en el mundo del fútbol simplemente como “el Azteca” — es uno de los recintos más reconocibles del deporte global. Como el propio Lizárraga ha explicado: la afición del fútbol en Europa, Asia y Sudamérica sabe qué es este estadio, así como nosotros sabemos del Maracaná y el Wembley.

El encargo tenía una condición clara del dueño, Emilio Azcárraga: mantener el exterior con su monumentalidad, lo más original posible, respetando la idea inicial, pero moviéndolo al siglo XXI en todos sus aspectos — más cómodo, más seguro, más inclusivo y más estable estructuralmente.

Un equilibrio difícil. Intervenir un ícono sin transformarlo. Actualizarlo sin borrarlo.

Un récord dentro de otro récord

De los 16 estadios que albergan partidos del Mundial 2026, 8 fueron diseñados por Populous. La mitad del torneo más visto de la historia, en manos de un despacho donde un arquitecto sinaloense juega un papel central.

Y del lado del estadio, el Banorte suma su propio récord: la trayectoria en la máxima competición del fútbol se amplió al ser parte de las 16 sedes de la Copa del Mundo Canadá-Estados Unidos-México 2026, designado como sede inaugural y anfitrión de cinco partidos — situación que lo convirtió en el primer estadio que alberga tres Copas del mundo.

Lizárraga forma parte de ese hito. No en las portadas. No en los comunicados de prensa. Sino en los planos, en las reuniones de coordinación, en las visitas de obra con mochila y botas.

Lo que su historia nos dice sobre el talento mexicano

La historia de David Lizárraga es un recordatorio que en DICAM documentamos constantemente: el talento arquitectónico mexicano no tiene fronteras. Está en los despachos más reconocidos del mundo. Está detrás de los proyectos más visibles del planeta.

El Mundial de fútbol durará semanas. Los estadios que lo albergan, generaciones. Y en los planos de esos estadios, hay firmas mexicanas que el mundo no siempre ve — pero que están ahí.

Mañana: Populous, el despacho que diseñó la mitad del Mundial 2026 — historia y filosofía.

→ Conoce más perfiles de arquitectos mexicanos en Revista ARCA

27/06/2026

NOTA EDITORIAL: La semana del Mundial ya arrancó (el torneo inició el 11 de junio). Este contenido aprovecha el momentum del evento para hablar de arquitectura deportiva con datos frescos y ángulos que nadie más está cubriendo desde el diseño. Cada nota termina anunciando la del día siguiente. El domingo cierra con reflexión de legado.

“El Estadio Banorte: 60 años, 3 Copas del Mundo y una remodelación de más de 3,000 millones de pesos — la historia del estadio más importante de México”

Hay edificios que pertenecen a su época. Y hay edificios que aprenden a transformarse con ella.

El Estadio Banorte — conocido en el inconsciente colectivo del mundo entero como el Estadio Azteca — pertenece al segundo grupo. Y en 2026, ese aprendizaje llega a su tercera y más extraordinaria expresión.

Esta semana en DICAM dedicamos siete días a la arquitectura de los estadios que México le presenta al mundo en el Mundial 2026. Y no hay mejor punto de partida que el inmueble que más historia carga en sus muros de concreto.

Un estadio que nació de una dinamita y un error

En 1962, Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa y del Club América, decidió construir un estadio propio para el club. Convocó a dos de los arquitectos más importantes del México moderno: Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca — los mismos que más tarde diseñarían el Museo Nacional de Antropología.

El primer obstáculo llegó antes de que comenzara la construcción: el terreno elegido en Santa Úrsula estaba cubierto de roca volcánica, herencia del volcán Xitle. Para prepararlo, hubo que dinamitar 180,000 toneladas de piedra. Ese solo proceso consumió casi todo el presupuesto inicial. A diez metros de profundidad, los mantos freáticos inundaron el terreno e impidieron seguir bajando.

La solución de Ramírez Vázquez fue radical y elegante al mismo tiempo: no construir hacia arriba, sino hacia adentro. El estadio se hunde en el terreno, aprovechando la topografía para organizar visuales, acústica y flujos. Más que imponerse, se integra. Más que un objeto, es una operación territorial.

El estadio fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y el Torino de Italia. Su capacidad inicial era de 110,000 espectadores.

Curioso dato: el nombre “Azteca” no lo eligió ningún arquitecto ni dirigente. El Servicio Postal Mexicano lanzó una convocatoria pública, recibió propuestas por carta y eligió el nombre más votado. Antonio Vázquez Torres, de León, Guanajuato, fue quien sugirió el “Azteca”. A cambio, recibió dos asientos en platea por un periodo de 99 años.

Tres Copas del Mundo, sesenta años, un récord histórico

El Estadio Azteca albergó también el denominado “Partido del siglo” entre Italia y Alemania Federal en la semifinal del Mundial México 1970, donde los italianos se impusieron en un emotivo juego por marcador 4-3. Cuatro años después, en el mismo campo, Maradona inmortalizó su “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo” en México 1986.

Con el Mundial 2026, el Estadio Banorte se convirtió en el único recinto en la historia en albergar cuatro Copas del Mundo. Un hito que no solo habla de fútbol, sino de permanencia arquitectónica.

La remodelación más ambiciosa de su historia

En mayo de 2024, tras la final del Clausura entre América y Cruz Azul, el estadio cerró sus puertas para la renovación más profunda de sus seis décadas de vida. La inversión total superó los 300 millones de dólares — más de 3,500 millones de pesos mexicanos.

Se reconstruyó por completo el anillo inferior para acercar a la afición al césped, se implementó un sistema de techumbre sustentable, se modernizaron las zonas VIP y vestidores con estándares europeos, y se instaló iluminación LED de última generación.

En el exterior, resalta la nueva cubierta de la parte superior fabricada con ETFE — Etileno TetraFluoroEtileno —, una película plástica de alta resistencia en color rojo que hace resaltar la nueva identidad del Estadio Banorte. El aforo actual quedó en 87,000 espectadores.

La intervención incorpora la experiencia global de Populous, junto con la mirada local de arquitectos como David Lizárraga. El objetivo no es competir con el pasado, sino dialogar con él.

Lo que el Azteca le dice a la arquitectura

El Estadio Banorte es un caso de estudio extraordinario sobre algo que la arquitectura contemporánea debate con urgencia: ¿cómo se actualiza un ícono sin borrarlo?

Su historia responde la pregunta con 60 años de evidencia: con respeto a la lógica original, con intervenciones que mejoran sin transformar la identidad, y con la claridad de que hay edificios cuyo valor no está en su forma, sino en lo que han vivido dentro de ellos.

El concreto del Azteca lleva grabada la voz de 132,247 personas en una noche de 1993. Lleva el eco del gol que Pelé hizo para coronar a Brasil en 1970. Lleva el silencio de una ciudad que lloró en 1985 y volvió al estadio para seguir siendo ella misma.

Eso no se renueva. Se preserva.

Mañana: David Lizárraga, el arquitecto sinaloense que está detrás de los tres estadios mexicanos del Mundial.

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26/06/2026

El 12 de marzo de 2026, el jurado del Premio Pritzker anunció al ganador de la 47ª edición del galardón.

El nombre no era el que muchos apostadores del circuito arquitectónico esperaban. No era el de un despacho con oficinas en múltiples ciudades. No era el de alguien que hubiera construido rascacielos o museos mediáticos en las capitales del mundo.

Era el de un arquitecto de 60 años que trabaja desde Santiago de Chile con un equipo pequeño, que no diseña edificios espectaculares en el sentido convencional, y cuya obra — según el propio jurado — “parece temporal, inestable o deliberadamente inacabada”.

Smiljan Radić Clarke es el Pritzker 2026. Y con él, América Latina tiene ahora cinco ganadores en la historia del premio más importante de la arquitectura.

Una obra que huele a tiempo

Radić estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Lleva décadas trabajando desde Santiago, alejado de los circuitos de celebridad que suelen rodear a los ganadores del Pritzker.

Lo que define su obra no es la forma — aunque sus formas sean extraordinarias. Es la textura temporal. Sus edificios dan la impresión de haber estado siempre ahí, de haber crecido orgánicamente del terreno, de tener una historia que no empezó con el proyecto.

Para lograrlo, mezcla materiales que parecen incompatibles: granito y fibra de vidrio, madera bruta y acero, piedra sin desbastar y superficies translúcidas. La contradicción es deliberada. Esconde una ingeniería y una construcción precisas detrás de una apariencia de fragilidad.

El jurado lo describió como “optimista y discretamente alegre”. Alejandro Aravena, presidente del jurado, fue más directo: “En cada obra es capaz de responder con una originalidad radical, haciendo obvio lo que no es obvio.”

Las obras que cuentan la historia

La CR House en Santiago (2003) es probablemente la obra que más circula en publicaciones especializadas. Una construcción que parece surgida de la ladera como si fuera una roca más, con una presencia casi geológica.

La Vik Millahue Winery (2013) en la región vitivinícola chilena lleva los principios de Radić al paisaje del valle. Una bodega que no interrumpe el terreno sino que lo continúa.

La Prism House en Conguillío (2020) y la Chanchera House en Puerto Octay (2022) son dos variaciones del mismo tema: habitar el territorio chileno desde el más profundo respeto por su carácter.

Y en 2014, Radić diseñó el Pabellón Serpentine en Londres — una estructura semitransparente de fibra de vidrio sobre una base de roca que no era completamente abierta ni completamente cerrada. Libre, permeable, efímera. Un anticipo de lo que el despacho LANZA atelier haría en el mismo escenario en 2026.

El quinto latinoamericano — y lo que eso significa

Radić es el quinto arquitecto latinoamericano en ganar el Pritzker, después de Luis Barragán (México, 1980), Oscar Niemeyer (Brasil, 1988), Paulo Mendes da Rocha (Brasil, 2006) y Alejandro Aravena (Chile, 2016).

Cinco premios en 47 ediciones. Una presencia que ya no puede atribuirse a la casualidad.

Lo que une a estos cinco arquitectos — más allá de sus diferencias estilísticas radicales — es que todos construyeron desde una identidad territorial profunda. Barragán desde la paleta cromática y los patios del México colonial. Niemeyer desde las curvas del paisaje carioca. Aravena desde la urgencia social del Chile post-dictadura. Radić desde la geología y el silencio del sur chileno.

No imitaron a Europa. No siguieron modas globales. Construyeron desde adentro.

Un mensaje para 2026

En un año en que la conversación sobre arquitectura gira en torno a la inteligencia artificial, la velocidad de producción y la optimización de procesos, el Pritzker eligió premiar exactamente lo opuesto: la lentitud, la memoria, la fragilidad calculada, la experiencia del tiempo en el espacio.

No es una coincidencia. Es un mensaje.

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25/06/2026

Hay una pregunta que la arquitectura lleva siglos evitando con elegancia: ¿para quién construimos

En 2016, el Premio Pritzker eligió honrar a un arquitecto que la había respondido con una honestidad incómoda: para todos. Incluyendo los que no pueden pagar.

Alejandro Aravena, nacido en Santiago de Chile en 1967, recibió el galardón más importante de la arquitectura mundial por un trabajo que, en apariencia, no podría estar más alejado de los grandes gestos formales que suelen definir a los ganadores del premio.

No diseña rascacielos. No trabaja para corporaciones globales. No persigue la forma espectacular.

Diseña vivienda social incremental. Casas a medias. Edificios que sus habitantes pueden terminar solos.

El problema que nadie quería resolver

En 2004, el gobierno chileno le presentó a Aravena y su equipo en Elemental un encargo aparentemente imposible.

93 familias llevaban tres décadas viviendo ilegalmente en un terreno del centro de Iquique, en el norte de Chile. El gobierno quería regularizar su situación y construirles vivienda digna. Presupuesto disponible: 7,500 dólares por familia. Con eso había que pagar el terreno, la infraestructura y la arquitectura.

Con ese presupuesto, las opciones convencionales llevaban a un resultado predecible: viviendas de 30 metros cuadrados en la periferia de la ciudad, lejos de los trabajos, los colegios y las redes de apoyo que esas familias habían construido en décadas. El modelo que reproduce la pobreza mientras la elimina del mapa.

Aravena planteó una pregunta diferente: ¿qué es lo que una familia de bajos ingresos no puede hacer sola, pero un arquitecto sí puede hacer por ella?

La respuesta fue la estructura. El núcleo. La mitad buena de la casa.

La media casa: el concepto que cambió todo

Elemental diseñó viviendas que entregaban exactamente la mitad del espacio habitable final — pero la mitad correcta: la que requiere mayor inversión técnica y es más difícil de autoconstruir. La estructura de concreto, la cocina, el baño, la escalera.

La otra mitad quedaba abierta, con los anclajes listos para que cada familia la completara con sus propios medios, a su propio ritmo.

El proyecto se llamó Quinta Monroy. Las 93 familias se mudaron. Y en pocos años, la mayor parte de ellas había completado su casa. El valor de las viviendas — según estudios posteriores — se había triplicado.

El concepto de vivienda incremental fue tan poderoso que Elemental lo replicó en decenas de proyectos a lo largo de Chile y América Latina. También en Monterrey, México, donde diseñaron un conjunto habitacional usando el mismo principio.

Después del terremoto y tsunami que devastó Chile en 2010, Aravena fue convocado para liderar la reconstrucción de Constitución, una de las ciudades más afectadas. No llegó con planos prediseñados. Llegó a escuchar. El proceso participativo que desarrolló — involucrando a los habitantes en cada decisión — se convirtió en un modelo de reconstrucción post-desastre estudiado en universidades de todo el mundo.

El Pritzker que redefinió el premio

Cuando el jurado anunció su nombre, la respuesta fue de sorpresa y alivio al mismo tiempo. Sorpresa, porque el Pritzker rara vez había reconocido explícitamente la arquitectura social como su máxima expresión. Alivio, porque muchos esperaban que en algún momento lo hiciera.

Tom Pritzker fue directo en su declaración: “Su obra construida le da oportunidades económicas a los menos privilegiados, mitiga los efectos de los desastres naturales, reduce el consumo de energía y provee espacios públicos acogedores. Innovador e inspirador, muestra cómo la arquitectura en su mejor versión puede mejorar la vida de las personas.”

Aravena — quien también fue jurado del Pritzker por varios años y es quien anunció el premio de Smiljan Radić en 2026 — lo puso en términos más sencillos:

“La arquitectura tiene la capacidad de mejorar la vida de las personas. Y la pregunta no es si debería hacerlo, sino cómo.”

¿Qué puede aprender México de Aravena?

Con un déficit habitacional que supera los 9 millones de unidades y una brecha creciente entre los precios del mercado y la capacidad de compra de la mayoría de la población, la pregunta de Aravena resuena con urgencia en México.

La vivienda incremental no es la única respuesta. Pero sí es una pregunta que los arquitectos mexicanos deberían hacerse con más frecuencia: ¿cómo diseño para que el habitante pueda seguir construyendo?

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24/06/2026

Durante veintiséis años, el Premio Pritzker fue, sin excepción, un premio de hombres.

No porque las mujeres no estuvieran haciendo arquitectura extraordinaria. Sino porque la arquitectura — como la mayor parte de las profesiones de alto reconocimiento — llevaba décadas sin ver a las mujeres con los mismos ojos.

En 2004, eso cambió. Y cambió de manera espectacular.

Zaha Hadid — nacida en Bagdad, formada en Londres, incomprendida durante años, temida y admirada a partes iguales — recibió el Premio Pritzker a los 53 años. Y lo hizo sola. Sin socios, sin despacho compartido, sin el respaldo de un nombre masculino junto al suyo.

Hasta hoy, sigue siendo la única mujer en haberlo ganado en solitario.

De Bagdad a la Architectural Association

Zaha Mohammad Hadid nació el 31 de octubre de 1950 en Bagdad, en una familia acomodada. Su padre era político e industrial; su madre, pintora aficionada. Creció en una ciudad que entonces era moderna, laica y culturalmente vibrante — muy distinta de lo que sería décadas después.

Estudió matemáticas en la Universidad Americana de Beirut y luego se mudó a Londres para cursar arquitectura en la Architectural Association, donde fue alumna de Rem Koolhaas — con quien también trabajó en OMA. De esa formación surgió una arquitectura que no reconocía los ángulos rectos, que curvaba el espacio como si fuera líquido, que desafiaba la gravedad con una confianza desconcertante.

Fundó Zaha Hadid Architects en 1980. Durante más de una década, sus proyectos ganaban concursos y luego no se construían. Era demasiado radical. Demasiado cara. Demasiado difícil.

“La reina de la curva” que tardaron en construir

Durante los años 80 y buena parte de los 90, Hadid fue más conocida por sus dibujos y pinturas arquitectónicas que por sus edificios construidos. Sus representaciones — ángulos imposibles, perspectivas fragmentadas, formas que parecían explosiones congeladas — se exhibieron en el MoMA en 1988 y circularon por el mundo como objetos de arte en sí mismos.

La crítica la admiraba. Los clientes la respetaban. Los constructores la temían.

El primer gran proyecto construido llegó en 1993: el Pabellón de Bomberos Vitra en Weil am Rhein, Alemania. Un edificio pequeño pero absolutamente radical — muros inclinados, planos que se intersectan, formas que parecen estar en movimiento permanente. Era la prueba de que sus dibujos podían convertirse en concreto real.

A partir de ahí, los encargos llegaron uno tras otro. El Centro de Arte Contemporáneo Rosenthal en Cincinnati (2003). El MAXXI en Roma (2009). El Centro Acuático de los Juegos Olímpicos de Londres (2012). El Centro Cultural Heydar Aliyev en Bakú (2012), quizás su obra más monumental.

Cada uno era inconfundiblemente suyo. Formas orgánicas que fluían. Espacios interiores que te desorientaban en el mejor sentido. Una arquitectura que obligaba al cuerpo a moverse de manera diferente.

El Pritzker que tardó demasiado

Cuando el jurado anunció su nombre en 2004, el mundo de la arquitectura aplaudió — pero también se preguntó por qué había tardado tanto. Hadid llevaba décadas siendo reconocida como una de las mentes más brillantes de la profesión.

La respuesta incómoda es la que todos conocen: ser mujer en un campo dominado por hombres tiene un costo. No solo en reconocimiento: también en encargos, en credibilidad, en la disposición de los clientes a apostar por ti.

Hadid nunca lo negó. Pero tampoco lo convirtió en el centro de su discurso. Prefería hablar de arquitectura.

El legado que sigue vivo

Zaha Hadid murió el 31 de marzo de 2016, a los 65 años, de un ataque al corazón en Miami mientras se recuperaba de una bronquitis. Tenía proyectos en construcción en cuatro continentes.

Su despacho, Zaha Hadid Architects, continúa operando bajo la dirección de Patrik Schumacher con más de 400 personas en plantilla. El legado formal y filosófico que dejó — la llamada arquitectura paramétrica, que usa algoritmos para generar formas complejas — sigue siendo una de las corrientes más influyentes del diseño contemporáneo.

Pero quizás su legado más importante no sea estético sino social: después de Hadid, el Pritzker fue entregado a Kazuyo Sejima (2010), Carme Pigem (2017) y Anne Lacaton (2021). Todas mujeres. Ninguna hubiera sido posible, al menos no tan pronto, sin que Zaha abriera esa puerta.

“La reina de la curva”, la llamaban. Inspirada por las dunas y los ríos de su Bagdad natal. Construyó un mundo donde la arquitectura no tenía por qué parecerse a nada que hubiera existido antes.

Mañana: Alejandro Aravena — el Pritzker que fue para la gente que más lo necesita.

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19/06/2026

Semana Pritzker en DICAM

Hay arquitectos que construyen desde convicciones profundas. Y hay arquitectos que construyen desde una inteligencia extraordinaria para leer el momento y siempre estar donde pasan las cosas.

Philip Johnson fue, sin duda, lo segundo. Y en 1979 se convirtió en el primer arquitecto en recibir el Premio Pritzker — el galardón que él mismo ayudaría, sin saberlo, a convertir en el más importante del mundo.

Un hombre que llegó tarde a la arquitectura — y llegó para quedarse

Johnson nació en Cleveland, Ohio, en 1906. Estudió filosofía en Harvard. No arquitectura: filosofía. Y durante años fue crítico, historiador y curador antes que proyectista.

Fue el primer director del Departamento de Arquitectura del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) — cargo que aceptó en 1932 — y desde ahí se convirtió en el gran difusor de las ideas de Mies van der Rohe y el Movimiento Moderno europeo en Estados Unidos. Organizó las primeras visitas de Mies y Le Corbusier al país. Les abrió puertas, espacios y audiencias.

No fue hasta los 36 años que comenzó a diseñar y construir sus propias obras. Tarde para la mayoría. A tiempo para la historia.

La Glass House: una tesis que se convirtió en ícono

En 1949, Johnson diseñó su propia residencia en New Canaan, Connecticut. La llamó The Glass House — la Casa de Cristal.

La premisa era radical en su sencillez: una caja de vidrio perfecta, sin muros opacos, flotando entre árboles. El interior visible desde afuera en su totalidad. La privacidad resuelta no con paredes, sino con la distancia del terreno y la densidad del bosque circundante.

La obra era una conversación directa con la Casa Farnsworth que Mies diseñaba simultáneamente para una clienta en Illinois — Johnson lo sabía, lo reconocía, y lo llevaba más lejos. Era su tesis de grado. Su manifiesto. Su declaración de principios.

Hoy la Glass House es museo. Miles de personas la visitan cada año. Sigue siendo uno de los edificios más fotografiados y estudiados de la arquitectura del siglo XX.

El arquitecto más famoso que no fue el mejor

En su 90 aniversario, los invitados incluían a Frank Gehry, Zaha Hadid, Rem Koolhaas y Arata Isozaki. No porque Johnson fuera mejor arquitecto que ellos. Sino porque Johnson era la persona que los había unido a todos, que había estado en el lugar correcto en el momento correcto durante décadas enteras.

Él mismo lo describió con una honestidad que pocos profesionales se permiten. Cuando le preguntaron por el hotel que diseñó para Donald Trump en Columbus Circle, respondió: “Soy una p**a. Me pagan bien.”

La frase era una broma. Pero también era una confesión. Johnson no tenía apego profundo a ninguna corriente. Comenzó como modernista, abrazó el posmodernismo cuando llegó, y siguió cambiando. Sus detractores lo llamaban camaleónico. Sus admiradores, genial.

La arquitectura del edificio AT&T en Nueva York — hoy sede de Sony — fue la obra con la que catapultó el posmodernismo al debate público americano con su célebre remate estilo “Chippendale”. Polémica, visible, inevitable.

Por qué importa como primer Pritzker

Elegir a Johnson para inaugurar el premio no fue un accidente. Era el arquitecto más famoso de Estados Unidos, el nexo entre generaciones, el hombre que conocía a todos y al que todos conocían.

Pero también fue una declaración: el Pritzker no solo premiaba la pureza de ideas. Premiaba la influencia. La capacidad de transformar una profesión desde múltiples frentes — como crítico, como curador, como constructor, como agitador cultural.

Johnson murió en 2005, a los 98 años. Diseñó su último edificio a los 90. Su obra está presente en los skylines de Nueva York, Houston, Chicago, Atlanta, Minneapolis y Madrid.

Y en New Canaan, Connecticut, la casa de vidrio sigue esperando al visitante entre los árboles.

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