04/01/2026
NUEVA YORK ROMPE EL SILENCIO MIENTRAS WASHINGTON JUEGA A LA GUERRA.
Estados Unidos cruzó un límite que ya no puede ocultar bajo discursos de seguridad o libertad. Bombardeó un país, capturó a su presidente y lo trasladó como trofeo político. Esta vez, la denuncia no vino de Caracas ni del Sur Global: vino desde el corazón del propio imperio.
Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, llamó a las cosas por su nombre. Dijo lo que la Casa Blanca evita y lo que los aliados callan por conveniencia.
La captura militar de Nicolás Maduro y su esposa en territorio venezolano no fue un trámite ni una operación quirúrgica. Fue una decisión política ejecutada con aviones, tropas de élite y fuego real. Más de 150 aeronaves, bases bombardeadas, ciudades bajo ataque. Todo para imponer poder, no justicia.
Mamdani fue categórico: atacar unilateralmente a una nación soberana es un acto de guerra y una violación del derecho internacional. Habló como autoridad electa de la ciudad donde Estados Unidos pretende encerrar a un presidente secuestrado. No como diplomático, sino como testigo de un abuso monumental.
Mientras Trump exhibe la operación como demostración de fuerza, Nueva York se convierte en escenario de provocación global. El alcalde advirtió sobre las consecuencias, sobre la seguridad de la ciudad y sobre los decenas de miles de venezolanos que viven allí, ahora usados como daño colateral de una aventura imperial.
No es un detalle menor: cuando hasta dentro de Estados Unidos se denuncia la guerra, el relato de “orden” se derrumba.
CUANDO UN ALCALDE TIENE QUE RECORDAR QUE SECUESTRAR PRESIDENTES ES GUERRA, EL PODER YA PERDIÓ TODA CARETA
La violencia se normaliza, el cinismo se institucionaliza y la fuerza bruta se vende como liderazgo. Lo verdaderamente peligroso no es solo lo que hizo Estados Unidos en Venezuela, sino la idea de que el mundo se acostumbre a que esto sea “normal”.
El secuestro de un presidente extranjero, ejecutado con bombas y soldados de élite, ya no es ficción. Es un mensaje: el poder se impone por encima de la ley, la diplomacia y la ética. Y cuando la voz crítica surge desde Nueva York, el corazón del imperio, queda claro que incluso adentro, los límites del abuso se reconocen.
No se trata de política partidaria. Se trata de humanidad. Se trata de recordar que la guerra no es un espectáculo ni un trofeo: es muerte, desplazamiento y caos.
Estados Unidos cruzó un umbral peligroso. Y aunque algunos celebren la “demostración de fuerza”, hay quienes ven la verdad: esto no es liderazgo. Esto es imperialismo desnudo, y el mundo entero debería alarmarse.