20/05/2026
https://www.facebook.com/share/p/1DdbLBY83Y/
Un cohete quemó su casa, pero un atole agrio le regreso el alma.Esta es la historia de un comerciante y la bebida mexicana que le cambio la percepción a su paladar.
_EL ATOLE AGRIO _
Por los cominos del sur
José Raquel Badillo Medécigo
Mi padre de quien llevo el nombre heredado, antes de formar una familia y laborar de docente se dedicó al oficio de comerciante; hay dos anécdotas que marcaron la vida ya que fueron imborrables...
Él vendía mercería, palabra que tengo grabada desde mi infancia, pero que no conocía su significado preciso.
La RAE, en su definición dice: “Trato y comercio de cosas menudas y de poco valor…”
¡Cuánto debió padecer mi padre, para tener una utilidad que le remunerara para los gastos básicos!
¿Cuándo fue la última vez que usted adquirió una aguja o un hilo, un pañuelo o un metro de listón, un peine o un espejo de bolsillo?
Son objetos que se compran de manera muy esporádica…
Creo que como en la anécdota donde un maestro y su discípulo, pernoctan en un hogar donde una familia vive en la pobreza, pues vive a expensas únicamente de lo que produce la venta de leche, el maestro empuja a la vaca a un barranco y la mata, algo así le ocurrió a mi padre.
Pues en cierta ocasión, regresó de la ciudad, donde se había surtido de muchos productos y creyó que vender cohetitos era también negocio y por curiosidad tomó un diminuto cohete y desde el interior de su casa, lo arrojó al patio para checar que tanto tronaban.
El cohetito, en su explosión tronó normal, pero lanzó la mecha encendida al techo de su casa y esta era de zacate, cien por ciento inflamable. ¡En cuestión de minutos el fuego fue incontrolable, los vecinos corrieron a auxiliarlo, pero el agua la almacenaban en cubetas y solo tenían la cantidad mínima necesaria, un joven llamado Fernando Leines Granados!! -hoy Prof jubilado- ,corrió a la iglesia e hizo sonar las campanas en señal de auxilio… ¡Todo resultó en vano! ¡Literalmente se quedaron en la calle! —mi abuelita y mi padre—
Y empezó nuevamente de cero a levantar su casa.
Sinceramente no sé en que orden le sucedieron estas anécdotas, la siguiente, tiene que ver con un típico platillo denominado “Atole agrio”
El dicho dice: “Si la montaña no viene a ti, tu ve a la montaña”
Y justamente esa rutina la ponía en práctica. Tomaba parte de la mercancía y salía a ofrecerla, casa por casa en las comunidades. Obviamente las comunidades que ya había visitado, las descartaba para ir a otras donde nunca había acudido.
Mi padre, vivía a la orilla del pueblo, pero de alguna manera la ubicación era de poca afluencia, por ello creo que nunca aprendió a hablar en náhuatl, tampoco entendía por completo lo que le decían en este idioma.
Como salía de madrugada y regresaba ya por la noche, estaba obligado a comer en alguna comunidad. Pero en cierta ocasión llegó a una ranchería que nadie hablaba español, todos se comunicaban en náhuatl. Se esforzaba en darse a entender sin conseguirlo, él quería que le vendieran de comer.
¡Y Nadie le entendía!
Así después de muchos intentos vanos llegó a una casa, la señora, si entendió y sin decir palabra entró a su cocina y le sirvió “Atole agrio” y le puso caldo con frijoles.
Mi padre quería otra cosa, pero la señora por medio de señas lo llevó a la cocina y le mostró que no había ningún otro alimento.
¡Mi padre nunca en su vida había tomado atole agrio, invariablemente desde niño lo rechazaba!
Pero esa vez… era la única opción. Sin más alternativa aceptó la porción del atole agrio, acompañado de frijoles con cilantro y chayotes. Con rodajas de chile verde, que al servirse caliente el picor causa efecto en la boca.
A mi padre, le pareció un platillo tan sabroso, que pidió repetir la porción. A partir de ese día el “Atole Agrio” fue su platillo favorito.
Mi madre lo hacia muy ocasionalmente y a medida que fui creciendo cada vez recuerdo que lo hacía menos.
Mi padre que había sido muy remilgado, a partir de ese entonces cambió su percepción… Ya en sus últimos años, en una ida a Huejutla, vio que en el jardín vendían atole agrio, pidió una ración. Y eso que el puesto solo metía el plato en un bote con agua y ya lo daban por limpio.
Seguramente hay muchos estilos en su preparación, pero en mi pueblo lo elaboran de esta manera:
Ponen en un chichapal —olla de barro— un litro de maíz en agua muy cerca del fogón para que le llegue tenuemente el calor por dos o tres días para que haga una ligera fermentación. Una vez ya fermentado lo lavan y muelen, con la masa elaboran el atole —simple— en otro chichapal ponen frijoles con chayotes, chiles verdes y cilantro. El platillo lo sirven combinado. ¡También llegan a servir el atole agrio en un jarro y lo acompañan con un terrón grande de piloncillo, para morder el piloncillo y darle un sorbo al atole!
¡Buen provecho!
---