07/09/2025
🩸👁️ “La hija que nunca quiso m0rir”
Las 3:30 de la madrugada siempre han tenido algo ma***to. No era casualidad que mi cuerpo supiera antes que mi mente lo que estaba por ocurrir. Ese gemido… ese sonido grave, gutural, que parecía venir de otro mundo, atravesó las paredes y desgarró mi pecho.
Mi esposa ya lloraba, temblando en la cama, como si su alma reconociera la tragedia que se repetía noche tras noche. Yo, con la cabeza nublada, me levanté de un salto. Kylie me agarró la muñeca con tanta fuerza que por un instante pensé que quería arrancarme la piel. Sus ojos me suplicaban no salir, pero lo hice.
El pasillo estaba ahogado en sombras. La luz de la luna entraba a través de las cortinas como cuchillas de plata, guiándome hacia la misma condena de siempre. Cada paso era un martillazo en mi pecho. Y entonces, el olor. Ese hedor indescriptible que mezclaba la dulzura de la carne en descomposición con el ardor químico del formol. El aire estaba tan contaminado que mi estómago se volteó y el ácido me quemó la garganta.
Sabía lo que iba a encontrar. Sabía que mi vida se había convertido en una espiral de horror sin salida. Pero aun así, abrí la puerta.
La luz tenue reveló lo impensable.
Allí estaba mi hija. Mi pequeña Annie. El cadáver que nunca quiso descansar.
Su cabello, antes rizado y hermoso, ahora se desprendía en mechones pegajosos que caían como algas podridas. Su rostro era una máscara rota: un ojo colgando, la mandíbula torcida, la lengua pútrida sacudiéndose como un animal atrapado. El vestido rosa que habíamos elegido para su entierro estaba convertido en un lienzo de sangre seca y manchas oscuras. Y sin embargo, gemía. Gemía con un dolor tan profundo que parecía provenir del mismísimo in****no.
Me acerqué con lágrimas ardiendo en mis ojos. Cada parte de su cuerpo era un recordatorio de que el tiempo, lejos de devolvernos la paz, solo descomponía más su inocencia. Su brazo, al levantarse, se partió en dos. La piel se desgarró como papel viejo. Yo lo tomé y lo recosté sobre su vientre, temblando al sentir cómo la carne se deslizaba entre mis dedos.
Annie… mi amor —susurré con la voz rota—, ¿por qué sigues volviendo?
La levanté en brazos. Apenas pesaba lo que una muñeca rota. Sus huesos crujían, su piel viscosa se quedaba pegada a mi ropa, y aun así yo la sostenía como el primer día que nació. Porque aunque sus ojos vacíos me miraban desde la oscuridad, yo seguía viendo en ella a mi hija.
La llevé hasta el coche, soportando el hedor con respiraciones entrecortadas. El trayecto al cementerio fue un in****no eterno, cada bache me recordaba que llevaba conmigo un cuerpo que no pertenecía al mundo de los vivos.
Al llegar, la luna iluminaba la lápida con un resplandor perverso. El suelo recién removido parecía esperarnos, como si la tierra misma supiera que Annie volvería a ocupar su lugar. Me arrodillé, roto, con mi hija en brazos, y solté un sollozo que me desgarró por dentro.
Por favor, Annie… déjanos en paz. Déjanos recordarte como eras… no como esto.
Ella me miró. Por primera vez, un sonido emergió de su garganta: una palabra entrecortada, sepultada bajo la carne deshecha.
Papá… volveré.
Mis lágrimas cayeron sobre su frente fría, y el contacto de su piel podrida se me quedó pegado en los labios como un beso ma***to. Con las manos temblorosas, la empujé suavemente dentro del hueco. Sus dedos, casi sin carne, intentaron aferrarse a mi brazo. Pero yo, con el corazón hecho trizas, la forcé hacia abajo. Cada hueso que crujía bajo mis manos era una confesión de mi fracaso como padre.
Lo siento, mi amor… lo siento tanto…
La cubrí con la tierra húmeda, mis manos sangrando al intentar apresurar el entierro, como si la velocidad pudiera salvarme. Y cuando el último puñado cayó sobre su rostro deshecho, pensé que el tormento había terminado.
Hasta que escuché pasos detrás de mí.
Me giré, y allí estaba mi esposa. Sus lágrimas brillaban como cuchillas bajo la luna. Pero en sus manos sostenía una pala, y en su rostro no había pena, solo una determinación fría, helada.
Se acercó, me acarició el hombro con dedos temblorosos y susurró al oído:
No te preocupes… yo siempre me aseguraré de que vuelva a casa.
Y en ese momento entendí que el verdadero horror no era Annie. Era el pacto de amor enfermizo que mi esposa había sellado con la muerte.
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