07/06/2026
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💔 Hay fotografias que informan, que retratan un gran dolor y esta es una de ellas.
La mujer que aparece en el centro no está haciendo campaña, no busca privilegios ni defiende una ideología. Es una madre. La madre de Roxana, la periodista secuestrada en Veracruz.
Roxana no era una criminal, no era política, no era millonaria, solo daba voz al pueblo y a la verdad, una mujer que ejercía la libertad de expresión.
La mamá de Roxana una mujer que enfrenta la angustia más cruel que puede vivir un ser humano: despertar cada día sin saber dónde está su hija, sin saber si está bien, sin saber si volverá a escuchar su voz o sentir su abrazo.
Por eso cruzó entre la multitud. Por eso levantó la voz. Por eso llegó hasta la máxima autoridad del país para pedir algo que ninguna madre debería tener que suplicar: ayuda para encontrar a su hija.
Pero mientras hablaba desde la desesperación, hubo quienes intentaron callarla.
Mientras una madre imploraba ser escuchada, las consignas y los aplausos ahogaban su dolor.
Mientras una familia vive una pesadilla interminable, algunos consideraron más importante defender una postura política que guardar silencio por un instante y permitir que la mamá de una víctima fuera escuchada.
Y eso debería estremecernos a todos.
Porque una hija desaparecida no tiene color partidista.
El sufrimiento de una madre no pertenece a la izquierda ni a la derecha.
Las lágrimas de una familia no deberían competir contra porras, discursos o intereses políticos.
Hay momentos en los que la política debe hacerse a un lado para darle paso a la humanidad.
Y este era uno de esos momentos.
Lo más doloroso de esta imagen no es únicamente lo que dice sobre las autoridades. Es lo que revela sobre nosotros como sociedad.
Una sociedad comienza a perder el rumbo cuando los aplausos pesan más que el dolor ajeno.
Cuando la lealtad a un político vale más que la empatía hacia una madre desesperada.
Cuando los gritos de auxilio son ignorados y las consignas se vuelven más importantes que la vida de una persona.
Porque el día que dejamos de conmovernos ante el sufrimiento de los demás, no solo le fallamos a una madre.
Nos fallamos a nosotros mismos.