14/03/2026
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Primera Parte: El nacimiento del caballero y su primera aventura
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo de unos cincuenta años, llamado Alonso Quijano. Era un hombre alto, delgado, madrugador y amigo de la caza. Su hacienda no era gran cosa, pero vivía dignamente.
Su pasión era leer libros de caballerías. Se pasaba las noches y los días enfrascado en aquellas historias de gigantes, princesas, encantamientos y valientes caballeros. Leía tanto, con tanto interés y placer, que llegó a olvidarse de la caza y de la administración de su casa. Tanto leyó, que se le secó el cerebro y perdió el juicio.
Su imaginación se llenó de fantasías. Un día, tomó la extraña pero firme decisión de hacerse caballero andante. Quería recorrer el mundo con sus armas y su caballo, enderezando todo tipo de entuertos, deshaciendo agravios, protegiendo doncellas y ganando fama eterna.
Lo primero que hizo fue limpiar unas viejas armas que habían pertenecido a sus bisabuelos. Las limpió y las arregló como pudo. Luego fue a ver a su caballo, un rocín flaco y lleno de mataduras. A pesar de su aspecto, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro Magno ni el Babieca del Cid se le igualaban. Pasó cuatro días pensando qué nombre ponerle, y al fin lo llamó Rocinante, un nombre que le pareció alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de ser el caballo del mejor caballero del mundo.
Después se puso nombre a sí mismo. Otros ocho días pasó pensando, y al final se llamó Don Quijote de la Mancha, dejando claro su linaje y su patria. Finalmente, como todo caballero necesita una dama a quien servir, se acordó de una moza campesina de un lugar cercano llamada Aldonza Lorenzo, de la que anduvo enamorado sin que ella lo supiera. Para él, ella era una princesa digna de los mejores versos. La rebautizó como Dulcinea del Toboso, nombre que le sonó musical y peregrino.
Y así, una calurosa mañana de julio, sin avisar a nadie, se armó caballero y salió al campo por una puerta trasera de su casa. Era su primera salida.
Cabalgó todo el día sin que le ocurriera nada digno de contar. Al atardecer, él y Rocinante estaban rendidos y mu***os de hambre. Buscando algún castillo donde refugiarse, Don Quijote vio una venta, que él imaginó como un castillo con sus cuatro torres y su puente levadizo. Al llegar, dos mujeres, "dos hermosas doncellas" para él (aunque en realidad eran dos mozas de partido que iban a Sevilla), estaban a la puerta. Don Quijote les dirigió unas palabras tan corteses y tan extrañas que ellas se echaron a reír. Él, ofendido, les dijo que no era cosa de burlas, que los caballeros se trataban con cortesía. El ventero, viendo a aquel hombre tan extraño sobre su flaco caballo, decidió seguirle la corriente.
Don Quijote le pidió que le armara caballero. El ventero, para evitar problemas y divertirse un poco, aceptó. Le dijo que para ser armado caballero debía velar las armas toda la noche en la capilla del castillo. Como no había capilla, Don Quijote dejó sus armas sobre un pozo en el corral y pasó la noche paseando alrededor. Un arriero que quiso dar agua a sus mulas apartó las armas, y Don Quijote, enfurecido, le atizó un lanzazo que lo dejó malherido. El ventero, harto de aquel loco, decidió armarle caballero rápidamente para que se fuera. Cogió un libro donde apuntaba la paja y la cebada que daba a los arrieros, y con una vela encendida, hizo la ceremonia. Dos mujeres le calzaron las espuelas y le ciñeron la espada. Don Quijote, feliz, agradeció sus servicios a aquellas "doncellas". Acto seguido, montó a Rocinante y se fue en busca de aventuras.
Encontró a unos mercaderes toledanos y los obligó a confesar que Dulcinea era la doncella más hermosa del mundo. Uno de los mozos, burlándose, le exigió que les mostrara un retrato. Don Quijote, indignado, arremetió contra ellos, pero Rocinante tropezó y ambos cayeron al suelo. Un mozo le quitó las armas y le molió a palos, dejándole tendido como un mu**to. Un labrador vecino suyo lo encontró, lo llevó a su casa y lo entregó a su sobrina y al ama de llaves.
Cuando el cura del pueblo y el barbero, sus amigos, se enteraron de lo ocurrido, examinaron su biblioteca. Creyendo que los libros de caballerías eran la causa de su locura, quemaron la mayoría, tapiaron la puerta de la habitación y le dijeron que un encantador se había llevado los libros.
Segunda salida: La aventura de los molinos y el encuentro con Sancho
Después de unos días en casa, Don Quijote decidió emprender una nueva salida. Buscó a un labrador vecino suyo, un hombre bueno pero de muy poca sal en la mollera, llamado Sancho Panza. Tanto le dijo, tanto le ofreció, que Sancho, que tenía mujer e hijos, accedió a ser su escudero. Don Quijote le prometió que le conquistaría una ínsula y le nombraría gobernador. Y así, una noche, sin despedirse de nadie, salieron los dos del pueblo.
Cabalgaron todo el día y al siguiente, divisaron treinta o cuarenta molinos de viento en un campo. Don Quijote, emocionado, le dijo a Sancho:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo— de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió Don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Diciendo esto, dio de espuelas a Rocinante, sin atender las voces que Sancho le daba. Se encomendó de todo corazón a su señora Dulcinea y arremetió contra el molino más cercano. La lanza se le clavó en el aspa, y el viento la volvió con tanta furia que hizo pedazos la lanza, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando maltrecho por el campo. Acudió Sancho a socorrerlo y vio que no se podía mover de los golpes.
—¡Válgame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento?
—Calla, amigo Sancho —respondió Don Quijote—. La guerra es mudable; yo pienso que el sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento.
A lo largo del camino, las aventuras se suceden. Confunden unos rebaños de ovejas con ejércitos enemigos, y Don Quijote arremete contra ellas, recibiendo una lluvia de piedras de los pastores. Liberan a unos galeotes que iban encadenados a remar en galeras, pero estos, en lugar de agradecérselo, les apedrean y les roban. En Sierra Morena, Don Quijote decide hacer penitencia imitando a sus héroes de los libros, y envía a Sancho con una carta para Dulcinea. Sancho, astutamente, convence a una labradora de que ella es Dulcinea encantada.
El cura y el barbero, para hacerle regresar a casa, urden un plan. Con la ayuda de Dorotea, una joven que encuentran en la sierra y que se disfraza de princesa, logran engañar a Don Quijote. Le dicen que una princesa necesita su ayuda, y así lo conducen de vuelta a su aldea, pero encerrado en una jaula sobre un carro de bueyes, diciéndole que es víctima de un encantamiento.
Segunda Parte: La tercera salida y la fama del caballero
Tiempo después, Don Quijote se entera de que se ha publicado un libro apócrifo contando sus aventuras de manera falsa. Indignado, decide emprender una tercera salida para desmentir esas mentiras y mostrar al mundo quién es realmente.
En esta tercera salida, la fama de sus locuras les precede. Son recibidos por unos Duques que, conociendo las historias del caballero y su escudero, deciden divertirse a su costa. Organizan todo tipo de situaciones cómicas y fantásticas. Hacen creer a Don Quijote que Dulcinea está encantada y que solo podrá desencantarse si Sancho se da tres mil trescientos azotes en sus posaderas. Sancho, que no quiere sufrir, siempre encuentra excusas.
Los Duques cumplen el sueño de Sancho: le nombran gobernador de una ínsula (que en realidad es un pueblo llamado Barataria). Para sorpresa de todos, Sancho gobierna con una sabiduría y un sentido de la justicia admirables. Dicta sentencias justas y equitativas que dejan a todos asombrados. Sin embargo, los criados de los Duques le gastan todo tipo de bromas pesadas. Finalmente, una noche, simulan un ataque a la ínsula y Sancho, que no es hombre de armas, resulta magullado y herido. Cansado de la presión, las burlas y las responsabilidades, renuncia al gobierno diciendo que él nació para arar la tierra, no para gobernar ínsulas, y regresa con su amo.
Don Quijote, mientras tanto, ha vivido otras aventuras, como la bajada a la Cueva de Montesinos, donde tiene extraños sueños y visiones, o el encuentro con Maese Pedro y su mono adivino, que en realidad es un fugitivo a quien Don Quijote había liberado tiempo atrás.
Hacia el desenlace
Las aventuras continúan hasta que llegan a Barcelona. Allí, Don Quijote es recibido con grandes honores, pero también es desafiado por el Caballero de la Blanca Luna, un misterioso caballero que le reta a combatir. El Caballero de la Blanca Luna le impone una condición: si vence, Don Quijote deberá regresar a su aldea y no tomar las armas en todo un año.
Don Quijote acepta el desafío. Ambos caballeros cargan el uno contra el otro. Pero el Caballero de la Blanca Luna, que es más joven y va montado en un caballo más poderoso, derriba a Don Quijote y a Rocinante, que caen por tierra maltrechos.
Vencido y humillado, Don Quijote cumple su palabra. El Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que su amigo el bachiller Sansón Carrasco disfrazado para hacerle volver a casa, se retira. Don Quijote, triste y abatido, emprende el regreso a su aldea.
El final de la historia: El regreso al hogar y la muerte de Don Quijote
El viaje de regreso es triste. Don Quijote va melancólico, pensando en su derrota, mientras Sancho trata de animarlo. Al llegar a su aldea, son recibidos por el ama, la sobrina y sus amigos, que ven envejecido y abatido al caballero.
Don Quijote se mete en la cama con fiebre. Pasan los días y su estado no mejora. Los médicos no encuentran cura. Pero entonces ocurre algo extraordinario: Don Quijote recupera la razón. Su cerebro, que durante tanto tiempo había vivido en la locura, se aclara de repente.
Una mañana, después de seis días de fiebre, Don Quijote llama a sus amigos: el cura, el barbero, Sansón Carrasco y Sancho Panza, que no se ha separado de su lado. Con lágrimas en los ojos y voz serena, les dice:
—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron el renombre de "el Bueno". Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje. Ya me son odiosas todas las historias profanas de la caballería andante. Ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído. Por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.
Sancho, al oírlo, rompe a llorar desconsolado y le suplica que no muera, que se levanten y se vayan al campo vestidos de pastores, como habían planeado. Pero Don Quijote es firme en su cordura recién recuperada. Hace testamento, dejando sus pocos bienes a su sobrina, con la condición de que si se casaba con un hombre que supiera de libros de caballerías, perdiera la herencia. También se acuerda de Sancho y le deja algo de dinero.
Tres días después, entre suspiros y lágrimas de todos los presentes, entregó su alma al cielo. El cura pidió al escribano que diera fe de que Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente Don Quijote de la Mancha, había pasado de esta vida presente, y mu**to naturalmente. Y de esta manera, conmovió a todos los que le vieron morir, pues no hubo amigo ni enemigo que no le llorase.
Y así termina la historia del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que vivió loco y murió cuerdo, dejando para siempre su huella en el corazón de quienes lo acompañaron en sus aventuras.
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FIN