19/06/2026
"Un dios"
🔥💚🔥💚🔥💚🔥💚🔥💚🔥💚🔥
Este es un Fanfic 🔞🔥 para las Suscriptoras no apto para cualquier lector.
🔥💚🔥💚🔥💚🔥💚🔥💚🔥💚🔥
Suscribe para leer la versión Completa Sin Censura 🔞🤑🔥
Parte Unica:
El templo se alzaba sobre la montaña sagrada como una corona de obsidiana y fuego, sus agujas y torres perforando las nubes perpetuamente tormentosas que rodeaban la cumbre. Durante siglos, el dios Katsuki Bakugo había reinado desde su trono de brasas, exigiendo tributo de los mortales que habitaban las tierras fértiles del valle inferior. No era oro ni joyas lo que reclamaba el dios de las explosiones y la devastación, sino algo mucho más precioso y escaso: carne, sangre y una sumisión absoluta que rayaba en la locura. Los pueblos de abajo sabían que su prosperidad, las lluvias que alimentaban sus cultivos y la protección contra las bestias del inframundo dependían enteramente de aplacar el temperamento volátil de la deidad que gobernaba los cielos con puño de hierro y fuego.
Izuku Midoriya había sido el elegido de este ciclo.
Su designación no se había debido a su fuerza física, ni a su belleza excepcional —aunque poseía ambas en una abundancia silenciada por la modestia—, sino por la pureza inmaculada y la potencia latente de su esencia. Los sumos sacerdotes del culto del fuego fatuo habían escudriñado entre miles de almas desde su nacimiento, utilizando espejos de agua estigia y runas de ceniza. Habían encontrado en Izuku la chispa divina que buscaban con tanto ahínco: un espíritu inquebrantable, indómito, un recipiente perfecto no para ser consumido pasivamente, sino para contener y canalizar la cólera indomable y el deseo abrasador del dios a través de una entrega activa, dominante y soberana.
Durante meses, Izuku había sido recluido en las cámaras subterráneas del santuario del valle. Allí, las sacerdotisas lo habían sometido a un régimen estricto de purificación. Su piel había sido ungida diariamente con aceites aromáticos de mirra y sándalo, sus músculos tonificados mediante danzas rituales de resistencia, y su mente adoctrinada para entender el verdadero propósito de su viaje: él no sería una simple víctima sacrificial; él sería el encargado de poseer la furia de la deidad, de someter el fuego divino dentro de su propia carne mortal. Le habían enseñado cómo avanzar, cómo respirar cuando la presencia divina hiciera que el oxígeno escaseara, y cómo reclamar la voluntad del dios sin ofrecer vacilación. Sin embargo, ninguna cantidad de doctrina podía preparar el corazón de un joven para el terror y la fascinación reales de la ascensión.
Atado con pesadas cadenas de obsidiana mágica que neutralizaban cualquier rastro de energía sobrenatural o instinto de huida, Izuku fue arrastrado por las escalinatas infinitas que serpenteaban la ladera de la montaña. El ascenso duró tres días y tres noches. Con cada paso que daba, el aire se volvía más enrarecido y el olor a azufre y ozono se intensificaba, impregnando sus ropas. Su túnica ceremonial —delgada, blanca, translúcida como la gasa— ondeaba furiosamente con el viento gélido del norte que precedía a la presencia de la deidad. Sus pies descalzos sangraban sobre la piedra afilada, pero las cadenas no permitían el descanso; los sacerdotes lo empujaban con varas de bronce, murmurando cánticos en un idioma antiguo que hacía vibrar los huesos.
Al llegar a la cima, el mundo parecía reducirse a una plataforma suspendida en la nada, rodeada por un mar de nubes negras rasgadas por relámpagos dorados. Izuku, temblando tanto por el frío como por la anticipación contenida, fue colocado frente a las monumentales puertas del santuario supremo. Los eslabones de sus muñecas tintinearon con un eco lastimero.
—Entrad —resonó una voz que no provenía de una garganta humana, sino de la misma tierra. Era un estruendo similar al de mil cañones disparando al unísono, una vibración sónica que hizo que varios de los sacerdotes quedaran de rodillas, sangrando por los oídos.
Las puertas de bronce negro, grabadas con reliefs de ciudades consumidas por el fuego, se abrieron de par en par sin que nadie las tocara.
Izuku contuvo el aliento al contemplar la cámara del trono. El recinto carecía de techo; en su lugar, una tormenta eterna se arremolinaba directamente sobre ellos, formando un vórtice de nubes grises y relámpagos de calor. En el centro de la estructura, sobre una plataforma circular donde ardían fuegos de un azul místico e intenso, se encontraba el santuario interior. Y allí, sentado en un trono forjado de meteoritos fundidos y metal estelar, estaba Él.
Katsuki Bakugo no se parecía en nada a las representaciones artísticas o a las estatuas de mármol pulido que los mortales adoraban en los templos del valle. No era una entidad etérea, ni un espíritu luminoso de bondad benevolente. Era la personificación de la corporeidad violenta y la soberbia indomable. Sus músculos, tensos como cables de acero trenzado, se dibujaban con perfecta definición bajo una piel bronceada por el calor constante del magma. Su cabello, de un rubio cenizo indomable, se alzaba en mechones puntiagudos que imitaban llamas inmóviles, desafiando la gravedad del lugar. Pero lo más aterrador y fascinante eran sus ojos: dos pozos carmesí que ardían con la intensidad implacable de estrellas moribundas, fijos en la figura que acababa de cruzar el umbral.
La vestimenta del dios era mínima, una declaración explícita de que no necesitaba armaduras para protegerse. Apenas vestía una falda de guerra confeccionada con cuero negro de bestias mitológicas y grebas de hierro oscuro. Su torso esculpido quedaba completamente al descubierto; cada contorno de sus abdominales parecía una cadena montañosa de poder contenido, una fisionomía diseñada exclusivamente para la guerra y la dominación.
—Acércate, sacrificio —ordenó Bakugo. Su voz, ahora más baja, mantenía un matiz rasposo que erizaba los vellos de la nuca. Extendió una mano pesada, cuyos dedos brillaban intermitentemente con chispas doradas y crujidos de energía estática.
Izuku avanzó con lentitud, obligando a sus piernas flácidas a moverse. Las cadenas de obsidiana se arrastraban por el suelo pulido, produciendo un chirrido metálico que rompía la tensión del ambiente. Su corazón martillaba con tal violencia contra sus costillas que temía que el dios pudiera escucharlo. Sin embargo, a medida que daba cada paso, el miedo primitivo en su interior comenzó a transformarse en una determinación férrea. Su mirada verde, intensa y profunda, se clavó directamente en los ojos carmesí de la deidad, desafiando el protocolo sagrado que exigía sumisión visual.
Bakugo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas de piedra. El movimiento hizo que el aire entre ambos se volviera sofocante, cargado de una electricidad estática que hacía que el cabello verde y alborotado de Izuku se elevara levemente. El dios alzó una ceja, visiblemente sorprendido e irritado por la insolencia de aquella mirada mortal.
—¿Sabes realmente por qué estás aquí, verdecito? —preguntó el dios, usando un apelativo despectivo que buscaba intimidarlo.
Izuku se detuvo a pocos metros del trono. No se arrodilló. Permaneció firme, erguido, con los hombros cuadrados y la mandíbula tensa.
—Soy la ofrenda que el valle envía, Señor —respondió Izuku. Aunque su cuerpo resentía el frío, su voz poseía una firmeza atronadora—. Pero no he venido a arrodillarme ante vuestro fuego. He venido a reclamarlo. He venido a ser el recipiente que someta vuestra furia.
Bakugo soltó una carcajada. Fue un sonido áspero, gutural, una risa que reverberó en las columnas de obsidiana y provocó que el fuego azul de los altares se elevara varios metros.
Versión Completa Aqui 👇 Sin Censura 🔞🔥💚
Solo por Suscripción. 🤑🤑🔞🔞🤑🤑
https://www.facebook.com/share/p/1EHHjJLQ28/
Cr3ditos: Otakus del baño.