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Pareja Desapareció En El Gran Cañón — 3 Años Después Uno Volvió Con Un Oscuro Secreto....En julio de 2014, Selena Harrow...
04/12/2025

Pareja Desapareció En El Gran Cañón — 3 Años Después Uno Volvió Con Un Oscuro Secreto....
En julio de 2014, Selena Harroway, de 26 años y Siran Hales, de 28, emprendieron el poco conocido sendero de Wolf Creek en el Gran Cañón. Un guía experimentado y un fotógrafo novato planearon pasar tres días captando vistas únicas inaccesibles para los turistas ordinarios.

Encontraron su coche en el aparcamiento, pero la mayor parte de su equipo seguía intacto. Simplemente desaparecieron y en el campamento la tienda y la mayor parte del equipo permanecían intactos. Simplemente desaparecieron. 3 años después, al amanecer del primero de septiembre de 2017, unos turistas alemanes vieron una figura solitaria al borde de un acantilado cerca del mirador de Lipan Point.

Era Sairan, demacrado, con los ojos desorbitados y una larga barba. Encontrado vivo 3 años después de su desaparición, se negaba a hablar, repitiendo solo una frase. No pude salvarla. Él se la llevó. ¿Qué le ocurrió a Selena? ¿Y quién era el misterioso él al que tanto temía el hombre que conocía el cañón como la palma de su mano? El 21 de julio de 2014, a las 9 de la mañana, Selena Harrow puso su taza de café sobre el mostrador de la cafetería Pine Brew de Flagstaff.

Acababa de terminar su turno de mañana y se preparaba para la reunión más importante del mes. En 5 minutos llegaría Siran Hales, una leyenda local entre los guías del Gran Cañón, a quien llevaba tres semanas intentando convencer. "No puedes convencerle", dijo Josh. El dueño de la cafetería mientras limpiaba la máquina de café.

Selena se limitó a sonreír. Su teléfono ya tenía 26 rechazos de diarios de viaje, pero ella sabía que sus fotos valían más que las típicas instantáneas turísticas. La puerta se abrió y entró Ciran, alto, bronceado y de penetrantes ojos grises. Se sentó en silencio ante el mostrador y pidió un café. Solo has traído el mapa.

preguntó Selena sentándose a su lado. En lugar de contestar, abrió un gastado mapa del parque que había sobre el mostrador. El barranco del lobo. Su dedo tocó la línea en zigzag que serpenteaba por la parte oriental del cañón. Es la ruta más difícil de tomar sin permisos especiales. Perderemos el contacto después de la primera curva.

Tres días sin ducha ni comodidades y sin garantía de fotos dignas del National Geographic. Por eso te necesito. Selena puso el álbum con sus fotos sobre la mesa. Siran ojeó las páginas y su cara fue cambiando poco a poco. Vale, dijo por fin, pero haces todo lo que te digo sin rechistar.

Al día siguiente se reunieron en Canyon Edge Outfitters, una tienda de material de acampada. Siran comprobó metódicamente todos los elementos de su equipo, verificó dos veces sus reservas de agua y comprobó la resistencia de sus cuerdas. Rechazó la mitad de las cosas que Selena había metido en la mochila y las sustituyó por otras más ligeras. La mochila no debe pesar más de un cuarto del peso corporal, explica.

Cada kilo de más se sentirá como si pesara 10 al quinto día. Pero solo vamos a estar tr días, objeta Selena. En el centro de visitantes, el guardabosques Mike Cortés echó un largo vistazo a sus documentos e itinerario. El barranco del lobo, en julio miró a Siran con desconfianza.

¿Sabes que no hay ni una gota de agua desde la cresta negra hasta el cañón del águila gris? Conozco estos lugares mejor que tú, Mike. Sonrió Siran. El guardabosque selló el permiso a regañadientes. Permanezcan en el sendero principal. Haz señales todas las noches. Si no has vuelto a las 25, enviaremos un grupo de búsqueda.

Mientras caminaban de vuelta al coche de Siran, Selena se detuvo a la salida del centro y llamó a su hermana. Kate, soy yo. Estamos de camino. ¿Estás segura de ese siran? Sonaba preocupada su hermana. Apenas lo conoces. Vino muy recomendado por los lugareños. Lleva 15 años arreglando los senderos del parque. Dicen que ha recorrido el cañón de este a oeste.

Vale, pero mándame un mensaje en cuanto tengas cobertura y no hagas nada estúpido para una foto. Dejaron el Chevy Taho azul de Siron en un pequeño aparcamiento en la entrada del sendero. Aún era temprano, las 7:30 de la mañana, pero el sol ya empezaba a calentar. Vamos a ceñirnos a la ruta le indicó a Selena. Nada de desvíos ni atajos.

El más mínimo error podría costarnos la vida. Si nos separamos, nos encontramos en la última parada. Si el otro no aparece en dos horas, activa la baliza de emergencia. El primer día de excursión fue perfecto. El sendero serpenteaba entre las rocas rojas ofreciendo panoramas impresionantes. Selena hizo cientos de fotos, cambió de objetivo y experimentó con los filtros.

Saan esperó pacientemente a que terminara cada sesión de fotos, mostrándole los mejores ángulos y contándole la historia del cañón. Estas capas de púrpura dijo pasando la mano por la roca. Se formaron hace 2,000 millones de años. Piensa que estás fotografiando las rocas más antiguas de Norteamérica. Acamparon en una pequeña meseta justo cuando el sol empezaba a ponerse.

Siran montó rápidamente la tienda y encendió un pequeño fuego. Selena disfrutó viendo cómo se freían las aluvias y el bacon en su olla. Cuando la cena estuvo lista, se sentaron uno junto al otro, observando como los últimos rayos del sol convertían las rocas en oro caliente. Mira, señaló Sairan hacia el extremo del horizonte oriental. Creo que hay algo que parpadea.

Selena entrecerró los ojos. Parece una luz. Tal vez otro grupo de excursionistas en este sendero. No lo creo. Probablemente un resplandor de la roca. Pero durante la noche, Siran salió varias veces de su tienda y miró hacia aquel horizonte lejano. Efectivamente, allí destellaba algo, una tenue luz que desaparecía y reaparecía como si transmitiera una señal.

Intentó alejar su ansiedad, pero su instinto, perfeccionado durante años en la naturaleza, estaba dando la voz de alarma. Al día siguiente, Selena sugirió un cambio de ruta. "He oído que hay unas vistas impresionantes al amanecer en el extremo oriental de Crow Rock", dijo pasando el dedo por el mapa.

"Podríamos dejar más cosas en el campamento y llevarnos solo lo imprescindible." Siran dudó. "La pendiente es muy pronunciada y no registramos esta parte de la ruta, pero volveremos al campamento al atardecer. ¿Y tú conoces estos lugares? Finalmente aceptó. Dejaron en el campamento la tienda, la mayor parte de los víveres y la mochila de Sairan, llevándose solo el equipo fotográfico, agua, algo de comida y un botiquín de primeros auxilios.

Selena no sabía que aquella sería la última vez que vería su campamento. Regresaban de la roca del cuervo hacia las 2 de la tarde. Selena estaba radiante de éxito. Había conseguido hacer unas fotos que estaba segura de que serían aceptadas por las revistas más prestigiosas. Iba un poco adelantada cuando de repente se quedó paralizada.

"Sairan", gritó. Alguien ha entrado en nuestro campamento. La tienda había sido abierta y volteada. La comida estaba desparramada. La mochila de Siren había desaparecido, así como el botiquín de primeros auxilios y la mayor parte del agua. El cuaderno de Siren estaba tirado en el suelo con varias páginas arrancadas. "Volved al sendero", ordenó.

Pero cuando se dieron la vuelta lo vieron a él. una figura alta con una chaqueta kaki desgastada y una capucha que le cubría la cara. El hombre permanecía inmóvil, observándoles desde una distancia de unos 50 m. "No buscamos problemas", dijo en voz alta. "Si queréis nuestras provisiones, seguimos nuestro camino.

" La figura no respondió, se limitó a observar y luego, como si se desvaneciera en el aire, desapareció tras las rocas. Corred", ordenó Cyrus agarrando la mano de Selena hacia el sendero principal. Rápido, corrieron, pero el camino que había parecido tan claro por la mañana ahora parecía completamente distinto.

El sol ya se ocultaba, las sombras se alargaban y cada curva parecía desconocida. El 25 de julio a las 10 de la mañana, Kate Harrow llamó al servicio de parques nacionales. Su hermana no había regresado a la hora acordada y no se había puesto en contacto con ella. Una hora más tarde, los guardas encontraron el coche de Sa en el aparcamiento intacto.

A las 3 de la tarde, helicópteros con equipos de búsqueda despegaron hacia la ruta de Bovchi Yar. Al anochecer del mismo día, encontraron el campamento destruido. Los perros siguieron un rastro que conducía al este, pero que se interrumpió en una gran zona rocosa. La búsqueda duró 8 días.

Peinaron todos los desfiladeros, cuevas y salientes a lo largo de 15 millas a la redonda. Los helicópteros volaron todo el tiempo que el tiempo lo permitió. Intervinieron cámaras termográficas, drones y los mejores investigadores. Pero Selena Harrow y Siran Hales parecían haberse desvanecido en el aire sin signos de lucha, sin objetos personales, solo una tienda desgarrada y huellas en el campamento y una cosa más que los investigadores mantuvieron en secreto.

En la página superviviente del diario de Siran, encontrada en el suelo, había un ojo espeluznante, torpemente dibujado por la mano de otra persona. La operación se suspendió el 2 de agosto. La redacción oficial decía: "Desaparición en circunstancias inexplicables." Con el tiempo, la historia desapareció de las noticias. Para todos, excepto para sus familiares y amigos, Selena y Siran, pasaron a ser solo dos nombres de una larga lista de engullidos por el majestuoso y despiadado Gran Cañón.

Han pasado 3 años, tres aniversarios de la desaparición, tres cumpleaños que Kate Harrow celebró sin su hermana. Selena y Siran aún no habían sido declarados legalmente mu***os. Tardaron 7 años. Sus expedientes estaban en los archivos de la unidad de personas desaparecidas del condado de Coconino, revisados periódicamente, pero no surgieron nuevas pistas.

Kate se trasladó a Flagstaff y alquiló un pequeño apartamento cerca de la cafetería donde Celina había trabajado. Viajaba a menudo al Gran Cañón hablando con los guardas forestales y colocando nuevos folletos, aunque sabía que era inútil. Los padres de Siran, una pareja de ancianos de Utah, hacía tiempo que habían perdido la esperanza y solo rezaban para que al menos se encontraran algunos restos.

La mañana del primero de septiembre de 2017 era inusualmente fresca. Un grupo de turistas alemanes llegó al mirador de Lipan Point antes del amanecer para fotografiar los primeros rayos de sol sobre el cañón. Hans Weber, un profesor de Munich de 60 años, se alejó un poco del grupo buscando un ángulo mejor. Al principio le pareció una roca extraña.....

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El Prisionero Mexicano Que Japón Temía Ejecutar — y la Razón Sorprende a Todos....La luz del amanecer apenas comenzaba a...
04/12/2025

El Prisionero Mexicano Que Japón Temía Ejecutar — y la Razón Sorprende a Todos....
La luz del amanecer apenas comenzaba a rasgar el horizonte del Pacífico cuando el soldado mexicano Luis Martínez Aguirre supo que ese día sería diferente. Había pasado 213 días en el campo de prisioneros de guerra japonés en las Filipinas. 213 amaneceres, donde el hambre retorcía sus entrañas como un animal rabioso, donde el calor húmedo convertía cada respiración en un acto de voluntad, donde la disentería y la malaria habían reducido su cuerpo robusto de Guadalajara, a poco más que huesos cubiertos de piel quemada por el sol tropical. Pero esa mañana, cuando

los guardias japoneses entraron al barracón de bambú con sus bayonetas brillando bajo la luz naciente, Luis vio algo nuevo en sus ojos. No era el desprecio habitual ni la indiferencia cruel que había aprendido a reconocer. era miedo. Luis Martínez Aguirre no debería haber estado allí, no de acuerdo con los mapas militares, no según los registros oficiales que clasificaban a los prisioneros por nacionalidad y rango.

era un técnico especializado en comunicaciones del escuadrón 2011, la unidad aérea mexicana que había llegado al teatro del Pacífico en marzo de 1945, cuando la guerra ya entraba en sus capítulos finales y más sangrientos. México había declarado la guerra al eje en mayo de 1942, después de que submarinos alemanes hundieran los buques petroleros mexicanos, potrero del Llano y Faja de Oro en el Golfo de México, manchando las aguas del Caribe con el petróleo y la sangre de marineros mexicanos, que nunca imaginaron que la guerra europea los

alcanzaría en sus propias costas. Pero mientras los submarinos n***s representaban la amenaza inmediata, era en el Pacífico donde México enviaría a sus hijos a combatir directamente contra las fuerzas imperiales japonesas. El Escuadrón 2011, los legendarios águilas aztecas, había sido entrenado en Estados Unidos con la última tecnología de combate aéreo, los casas Republic P47 Thunderbolt, máquinas rugientes de acero y potencia que representaban lo más avanzado de la ingeniería militar estadounidense. Ris había sido seleccionado no como

piloto, sino como parte del personal técnico esencial, los hombres invisibles que mantenían esos pájaros de guerra en el aire, que descifraban las comunicaciones enemigas, que coordinaban las misiones de bombardeo sobre las posiciones japonesas en Luzón y Formosa. Tenía 26 años cuando partió de México, dejando atrás a su madre María en su pequeña casa de adobe en Tlaquepaque, donde ella había colocado una imagen de la Virgen de Guadalupe en la ventana, mirando hacia el norte, como si la morenita pudiera proteger a su hijo a través de miles de kilómetros de océano

y selva. Pero el destino tiene una forma cruel de reescribir los planes mejor trazados. En julio de 1945, mientras el Escuadrón 2011 realizaba misiones de apoyo en las Filipinas, Luis había sido parte de un pequeño equipo de reconocimiento terrestre enviado a verificar reportes de un puesto de comunicaciones japonés abandonado cerca de la costa oriental de Luzón.

La guerra estaba llegando a su fin, todos lo sabían. Pero el imperio japonés no se rendiría sin convertir cada centímetro de tierra en un campo de batalla. La emboscada vino sin advertencia. Las balas silvaron entre los árboles tropicales. El sargento estadounidense que dirigía la misión cayó primero, su sangre salpicando las hojas gigantes de los plátanos y Luis sintió un golpe terrible en el costado izquierdo, como si alguien le hubiera clavado un hierro candente entre las costillas.

Cuando despertó, tenía las manos atadas con alambre de espino, el rostro presionado contra el barro caliente y un soldado japonés le gritaba en un idioma que no comprendía mientras lo arrastraban hacia un camión destartalado que olía a gasolina y muerte. Los primeros días en el campo de prisioneros fueron un descenso al in****no.

Luis había escuchado las historias, los rumores susurrados entre los soldados. sobre el tratamiento que los japoneses daban a sus cautivos, pero ninguna historia podía prepararte para la realidad vceral de esa brutalidad sistemática. El campo estaba ubicado en las montañas del norte de Luzón, escondido entre la selva densa donde el ejército estadounidense difícilmente lo encontraría antes de que la guerra terminara.

Había aproximadamente 300 prisioneros allí. La mayoría estadounidenses y filipinos, algunos australianos, todos ellos reducidos a espectros vivientes por la desnutrición, las enfermedades y los golpes constantes. Cada mañana comenzaba con el tenco, el conteo interminable, donde los prisioneros se paraban bajo el sol abrasador mientras los guardias los inspeccionaban, buscando cualquier excusa para administrar castigo.

Las raciones consistían en un puñado de arroz podrido infestado de gusanos, ocasionalmente complementado con hojas hervidas que proporcionaban tan poca nutrición que los hombres se estaban literalmente consumiendo desde adentro. Pero lo que más aterrorizaba a Luis no era el hambre, ni siquiera los golpes arbitrarios, era la ejecución.

Había presenciado tres desde su llegada, todas ellas llevadas a cabo con una eficiencia escalofriante que convertía el as*****to en rutina administrativa. Los japoneses seleccionaban a sus víctimas sin razón aparente. Un día era un piloto estadounidense acusado de bombardear civiles.

Al siguiente era un soldado filipino al que habían encontrado escondiendo una lata de sardinas robada. Los llevaban al centro del campo, los obligaban a arrodillarse mirando hacia el este, hacia el sol naciente que representaba el imperio del sol. Y entonces un oficial japonés desenvainaba su katana, esa espada curva que brillaba como el relámpago y en un solo movimiento fluido que parecía casi hermoso en su horror, la cabeza del prisionero rodaba por el suelo mientras un chorro de sangre pintaba la tierra de rojo oscuro.

Luis sabía que su turno llegaría eventualmente. Los japoneses odiaban especialmente a los aviadores, aquellos hombres que bombardeaban desde las nubes, que nunca miraban a los ojos a sus víctimas. Aunque Luis no era piloto, su uniforme mexicano había confundido a los guardias al principio. No había muchos mexicanos en el Pacífico y los japoneses no estaban seguros de cómo clasificarlo.

Era un espía, un mercenario. ¿Por qué México, ese país distante del que apenas sabían algo, había enviado soldados a luchar en una guerra tan lejos de sus fronteras? Durante las primeras semanas, Luis fue interrogado repetidamente por un oficial japonés llamado Capitán Tanca, un hombre delgado, de rostro afilado, que hablaba un inglés sorprendentemente fluido y que parecía genuinamente perplejo por la presencia de un mexicano en su campo.

Fue durante uno de esos interrogatorios que Luis tomó una decisión que le salvaría la vida, aunque en ese momento no lo sabía. Tanaka le había preguntado sobre su educación, sobre su familia, tratando de determinar si Luis tenía información militar valiosa. Y Luis, delirante por la fiebre de la malaria, comenzó a hablar no de estrategias militares, sino de su hogar.

Le habló a Tanaca sobre Guadalajara, sobre las tardes en la plaza de Tlaquepaque, donde su abuelo le había enseñado el oficio de la alfarería, modelando el barro rojo en formas que capturaban el alma de México. Le habló sobre la música de mariachi que llenaba las noches, sobre el olor del pozole que su madre cocinaba los jueves, sobre las procesiones religiosas donde miles de personas caminaban kilómetros descalzas. para honrar a la Virgen de Guadalupe.

Y mientras Luis hablaba, perdido en los recuerdos que mantenían su cordura intacta, notó algo extraordinario. Tanaka estaba escuchando, no con la impaciencia hostil de un interrogador, sino con la atención genuina de alguien que reconocía algo familiar en las palabras de un enemigo. que Luis no sabía entonces, lo que no podría haber sabido era que el capitán Tanaca había pasado 5co años en Perú antes de la guerra, trabajando en la próspera comunidad Niquei de Lima.....

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Estudiante, desapareció camino a la universidad --- 6 años después su hermano menor reveló algo.....Esta es la historia ...
04/12/2025

Estudiante, desapareció camino a la universidad --- 6 años después su hermano menor reveló algo.....
Esta es la historia de una joven que salió de su casa hacia la universidad y nunca regresó. Durante 6 años, su familia buscó respuestas en cada rincón de la ciudad, enfrentando callejones sin salida, falsas esperanzas y el silencio abrumador de las autoridades. La investigación parecía condenada al olvido, archivada junto a miles de casos similares. Pero en 2018 algo extraordinario sucedió.

Su hermano menor, que tenía apenas 8 años cuando ella desapareció, ahora con 14, recordó algo, un detalle tan pequeño, tan aparentemente insignificante, que nadie había considerado relevante durante toda la investigación. Un detalle que había permanecido enterrado en la mente de un niño traumatizado, esperando el momento preciso para emerger.

Lo que ese recuerdo reveló no solo encontraría a la joven desaparecida, sino que expondría una verdad tan perturbadora que cambiaría para siempre la forma en que su familia entendía los últimos 6 años de sus vidas. Porque a veces las respuestas que buscamos desesperadamente están más cerca de lo que jamás imaginamos, escondidas en los fragmentos de memoria de quien menos esperamos.

Antes de continuar con esta historia impactante, si valoras casos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones. Y cuéntanos en los comentarios de qué país nos estás viendo. Ahora vamos a descubrir qué pasó realmente. 11 de octubre de 2012, Guadalajara, Jalisco, México. Daniela Ruiz Santos tenía 19 años. Estudiaba segundo de psicología en la Universidad de Guadalajara.

Era el tipo de joven que los profesores recordaban con cariño, no porque fuera la más brillante de la clase, sino por su persistencia. medía 162 delgada con el cabello castaño siempre recogido en una cola de caballo. Usaba lentes de armazón rectangular que se ajustaba constantemente con el dedo índice, un gesto nervioso que había desarrollado en la adolescencia.

Desde niña mostró una curiosidad insaciable por entender por qué las personas actuaban como lo hacían. A los 15 años ya había decidido que estudiaría psicología. Quería ayudar a las personas. especialmente a los niños que sufrían traumas, pero Daniela cargaba con su propia carga invisible.

Su familia no lo sabía, pero desde hacía dos años había estado viendo a un psicólogo de manera privada. pagaba las sesiones con el dinero que ganaba dando clases particulares. El motivo, ansiedad generalizada y ataques de pánico que comenzaron sin razón aparente. Vivía con sus padres en la colonia Lomas de Polanco, una casa de dos plantas pintada de color terracota en la calle Álo. Arturo Ruiz, su padre, tenía 48 años.

Trabajaba como supervisor en una fábrica de autopartes. Claudia Santos, su madre, tenía 45. Era enfermera en una clínica de Lims. Tenía dos hermanos. Santiago de 12 años. Alumno de secundaria, extrovertido, ruidoso, siempre con una pelota de fútbol bajo el brazo. Y Mateo, el pequeño, apenas 8 años, cursaba tercero de primaria. Era un niño observador y callado, demasiado callado para su edad.

Le gustaba dibujar, especialmente dinosaurios y dragones. Llenaba cuadernos enteros con criaturas fantásticas de colores imposibles. Tenía una conexión especial con Daniela. Ella era la única que realmente se sentaba a ver sus dibujos con atención, preguntándole sobre cada detalle, cada color elegido.

La dinámica familiar era, como en muchas casas mexicanas de clase media, una mezcla de amor profundo y comunicación superficial. Arturo trabajaba turnos extendidos, salía de casa a las 5 de la mañana, regresaba después de las 7 de la noche, exhausto. Claudia dividía su tiempo entre sus turnos rotativos y mantener la casa funcionando. Las comidas familiares eran cada vez más esporádicas.

Daniela tenía clases hasta tarde. Santiago entrenaba fútbol. Mateo comía temprano porque se dormía a las 8. Los domingos eran sagrados. Misa de 11, comida todos juntos. Pero incluso esos momentos estaban cargados de silencios incómodos, cada miembro de la familia perdido en sus propios pensamientos.

Lo que nadie sabía era que durante el último año cosas extrañas habían comenzado a suceder en la colonia. Autos desconocidos que circulaban lentamente por las calles, residenciales a altas horas de la noche. Hombres que no eran del barrio parados en esquinas específicas, aparentemente esperando a alguien. Los vecinos hablaban de ello en voz baja, en las filas del mercado local, en las bancas de la plaza.

Nadie quería decir en voz alta lo que todos pensaban. En Jalisco en 2012 había cosas de las que era mejor no hablar. Aquel jueves 11 de octubre amaneció nublado. La temperatura rondaría los 24 gr durante el día. Las noticias matutinas hablaban del aumento de la gasolina, de las elecciones presidenciales recientes.

Nada sobre desapariciones. Nunca había nada sobre desapariciones. Ese jueves Daniela tenía un horario normal, clases de 9 de la mañana a 2 de la tarde, luego un hueco de 2 horas. Finalmente, un seminario de 4 a 6 de la tarde. Claudia había salido a su turno a las 5:30 de la mañana. Arturo se fue poco después.

Santiago estaba en su habitual estado de caos matutino, buscando su uniforme deportivo, gritando que no encontraba sus tenis. Mateo desayunaba en silencio, moviendo su cereal de un lado a otro del plato sin mucho apetito. Daniela bajó las escaleras a las 7:15 de la mañana. Llevaba jeans oscuros, una blusa azul claro, su mochila negra de siempre.

Su cabello estaba recogido en la cola de caballo habitual. Los lentes reflejaban la luz del foco de la cocina. "¿Ya desayunaste, mi hija?", preguntó Arturo desde la mesa. "Sí, papá, me comí algo arriba", mintió Daniela. La ansiedad matutina le cerraba el estómago. Rara vez desayunaba realmente. Llega antes de las 9.

Tu mamá sale del turno a esa hora. Mis clases terminan a las 6. Voy a llegar como a las 7:30. Bueno, cuídate. Fue la última conversación que tendrían en 6 años. Mateo levantó la vista de su cereal cuando Daniela se acercó a despedirse. Ella le revolvió el cabello con cariño. ¿Me prometes que vas a portarte bien en la escuela, pequeño dragón? Pequeño dragón.

Así le decía desde que él tenía 3 años. Mateo asintió y luego, en un impulso, la abrazó fuerte. Más fuerte de lo normal. ¿Estás bien, Mateo?, preguntó Daniela sorprendida. El niño no respondió, solo la abrazó un momento más antes de soltarla. Daniela salió de casa a las 7:25 de la mañana.

La calle Álamo estaba tranquila como siempre a esa hora. Algunos vecinos sacaban sus autos de los garajes rumbo al trabajo. El señor que vendía tamales en la esquina ya estaba instalando su puesto. El cielo gris prometía lluvia para la tarde. Caminó las cuatro cuadras hasta la avenida Lázaro Cárdenas, donde tomaba el primer autobús. La parada estaba ubicada frente a una tienda de abarrotes.

Don Refugio, el dueño, un hombre de casi 70 años con bigote canoso, estaba barriendo la entrada. Buenos días, niña Daniela. Buenos días, don Refugio. Va a llover fuerte en la tarde. Lleva paraguas. Sí, lo traigo. Fue el último adulto del vecindario que la vio. El autobús llegó a las 7:40, línea 275, verde y blanco. Con el parabrisas agrietado del lado del conductor.

Daniela subió, pagó sus 9 pesos, se sentó en su lugar habitual, tercera fila del lado derecho junto a la ventana. sacó su iPod viejo, se puso los auriculares, dejó que la música la aislara del ruido del tráfico matutino. El recorrido hasta la estación central tomó 35 minutos. Se bajó a las 8:15. Tenía que caminar dos cuadras hasta la parada del segundo autobús, el que la llevaría al campus.

Mientras esperaba, Daniela recibió un mensaje de texto. El número no estaba guardado en sus contactos. El mensaje decía simplemente, "Necesito hablar contigo, es urgente. Cafetería usual 3 pm." Daniela frunció el ceño mirando la pantalla de su teléfono Nokia. ¿Quién le escribía? La cafetería usual. Ella no tenía una cafetería usual con nadie.

Estaba a punto de responder preguntando quién era cuando el autobús llegó. Guardó el teléfono en el bolsillo de su mochila y subió. Llegó al campus a las 8:45. Sus clases transcurrieron con normalidad. Psicología del desarrollo a las 9, neuropsicología a las 11. A la 1 almorzó sola en la pequeña cafetería del edificio.

Un sándwich de jamón y un jugo de naranja. Revisó su teléfono nuevamente. El mensaje extraño seguía ahí. no había respondido. A las 2:15 de la tarde, en lugar de ir a la biblioteca como usualmente hacía, Daniela hizo algo inesperado. Salió del campus. Las cámaras de seguridad de la universidad la captaron saliendo por la puerta principal a las 2:19.

Llevaba su mochila, caminaba con prisa, miraba su teléfono cada pocos pasos giró a la derecha en la calle y desapareció de la vista de las cámaras. Esa fue la última imagen de Daniela Ruiz Santos que se registró oficialmente. No regresó para su seminario de las 4 de la tarde.

La profesora Patricia Navarro notó su ausencia porque Daniela nunca faltaba. Era meticulosa con su asistencia casi obsesivamente, pero la profesora no hizo mucho al respecto. Los estudiantes faltaban a veces. Sucedía. A las 6:30 de la tarde, cuando Daniela no apareció en casa, Claudia comenzó a preocuparse. Le marcó al celular, sonó varias veces antes de ir al buzón de voz.

Lo intentó otra vez, lo mismo. A las 7, Claudia estaba inquieta. A las 7:30 estaba en pánico. Arturo llegó a casa a las 8:15. Encontró a Claudia histérica marcando el teléfono de Daniela una y otra vez. Llamaron a algunos de sus compañeros de clase. Nadie la había visto después de las 2 de la tarde.

A las 9 de la noche, Arturo y Claudia fueron a la agencia del Ministerio Público más cercana. El agente que los atendió les dijo lo que les dicen a todos. Probablemente se fue con el novio o con unas amigas. Denme 48 horas, siempre regresan. Claudia, con lágrimas corriendo por su rostro, le suplicó que tomara el reporte en serio. Mi hija no es así. Ella no haría esto.

Algo le pasó. El agente suspiró, sacó un formulario, comenzó a llenar la información básica. El formulario se uniría a cientos de otros en los archivos de la Fiscalía Estatal. En casa, Santiago no podía dormir. Seguía preguntando dónde estaba Daniela. Claudia le dijo que se había quedado con una amiga, una mentira piadosa para protegerlo.

Al menos por esa noche, Mateo en su habitación escuchaba todo. Escuchaba los soyosos de su madre a través de las paredes, los pasos pesados de su padre yendo y viniendo por el pasillo, las palabras susurradas, las llamadas telefónicas desesperadas. Esa noche Mateo no durmió. Se quedó sentado en su cama abrazando su almohada.

con los ojos muy abiertos en la oscuridad. En su mente de 8 años trataba de procesar lo que estaba sucediendo. Su hermana Daniela no había regresado a casa y algo en su estómago le decía que esto era diferente, esto era malo y había algo más, algo que su cerebro infantil había registrado esa mañana, pero que en ese momento no sabía cómo expresar.

algo que había visto, algo pequeño, algo que en 6 años su mente finalmente procesaría y comprendería. Pero esa noche de octubre de 2012, mientras su familia se desmoronaba en pánico a su alrededor, Mateo simplemente se quedó sentado en la oscuridad, abrazando su almohada con un fragmento de memoria flotando justo debajo de su conciencia. Esperando.

Las primeras 72 horas después de la desaparición fueron un torbellino de actividad frenética. Arturo faltó al trabajo. Claudia pidió licencia en el hospital. Juntos recorrieron cada rincón del campus universitario. Pegaron fotografías de Daniela en postes de luz, muros, aparadores de tiendas. Desaparecida se busca información.

Daniela Ruiz Santos, 19 años. Las fotografías mostraban a Daniela sonriendo con sus lentes característicos, su cola de caballo, sus ojos esperanzados. Pegaron cientos de esos volantes, miles, en autobuses, en paradas, en centros comerciales, en mercados. Santiago los acompañaba los fines de semana cargando pilas de volantes con los ojos enrojecidos, sin entender realmente por qué su hermana no aparecía. Mateo se quedaba con los abuelos durante esos días.

La abuela Socorro intentaba mantener alguna apariencia de normalidad, llevándolo a la escuela, preparándole sus comidas favoritas, dejándolo dibujar por horas en la mesa de la cocina. Pero Mateo había cambiado. El niño que ya era callado se volvió casi mudo. Dejó de dibujar dragones de colores brillantes.

Ahora solo hacía trazos oscuros, figuras sin forma definida, usando solo lápices negros y grises. La investigación oficial fue en el mejor de los casos mediocre. El agente asignado al caso hizo lo mínimo requerido. Interrogó a los compañeros de clase de Daniela, revisó superficialmente las cámaras de seguridad del campus, habló con la familia. Todo quedó documentado en un expediente que crecía con papeles, pero no con respuestas.

Lo que la gente no hizo fue investigar el mensaje de texto extraño que Daniela había recibido esa mañana. Cuando Arturo mencionó que el teléfono de Daniela había quedado en casa, lo encontraron en su mochila que apareció tres días después abandonada en una banca de parque.

El agente revisó los mensajes, vio el texto del número desconocido, anotó el número. Supuestamente lo rastrearían. Nunca lo hicieron. La mochila había aparecido el domingo 14 de octubre, encontrada por un señor que paseaba a su perro. Dentro estaba todo, libros de texto, cuadernos, el celular de Daniela, su cartera con su credencial y 150 pesos. Lo único que faltaba era su iPod y sus audífonos.

¿Por qué alguien tomaría solo eso y dejaría el dinero? Esa pregunta se uniría a muchas otras que nunca serían respondidas. A medida que pasaban las semanas sin ninguna pista, la dinámica de la familia comenzó a erosionarse. El dolor tiene una forma particular de desgastar los vínculos que una vez parecían irrompibles. Arturo se sumergió en la búsqueda con una intensidad que bordeaba la obsesión.....

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