28/06/2026
Un Historiadordesdeelrecuerdo
*Memoria de Agua y Cal: Doña Toñita de la Cera y el Lienzo Perdido de Chichipilco
Por: Francisco Jorge Ponce Cadena
El eco de las calles empinadas*
Para quienes caminamos las calles empinadas de San Andrés Tuxtla durante las décadas de oro del siglo pasado, hay nombres que se quedaron grabados en las paredes de la memoria. Uno de esos nombres evoca devoción, tradición y, sobre todo, arte: Doña Antonia de la Cera Tenorio, la inolvidable "Toñita de la Cera".
Hoy en día, las nuevas generaciones caminan por el andador peatonal del centro que lleva su nombre —atrapado en la paradoja urbana de ser conocido popularmente como el "Callejón del Vicio"— sin saber que esa nomenclatura rinde tributo a una de las mujeres más ilustres, cultas y piadosas que ha parido la tierra tuxtleca.
*El rumor del agua y el color que ya no está*
El acto de recordar suele enfrentarse a la solidez del documento, al frío resguardo del archivo o a la permanencia de la piedra. Sin embargo, existen geografías donde la historia no se lee en el papel, sino en la pérdida; se escucha en el eco de los ríos modificados por la industria y se adivina en las paredes deslavadas por el tiempo. Tal es el caso de la región de Los Tuxtlas, en Veracruz, un territorio donde la modernidad del siglo XX avanzó borrando de golpe tanto los paisajes naturales como las manifestaciones artísticas que pretendían eternizarlos.
Nací y crecí al amparo de esa nostalgia. Como parte de una generación que debió dejar su ciudad natal hace más de treinta y seis años, mi relación con el San Andrés Tuxtla del pasado se construyó a través de una cartografía invisible: la de la memoria heredada. Yo no conocí la majestuosidad de la Cascada de Tepetapan, aquel portento natural alimentado por el Río Grande de Catemaco que los viajeros del siglo diecinueve bautizaron con justa admiración como “La Pequeña Niágara”. Para cuando mis ojos pudieron haberla visto, el cauce ya había sido domesticado y desviado para alimentar las turbinas de la Central Hidroeléctrica de Chilapan, sacrificando la fisionomía de la cortina de agua en aras del progreso energético nacional.
Sin embargo, Tepetapan seguía viva en la palabra de mi madre. Sus relatos me devolvieron el estruendo de la caída de agua y la brisa densa sobre el basalto negro. Lo que la técnica hidráulica secó en la geografía, la tradición oral lo mantuvo fluyendo. Esa misma memoria familiar me reveló la existencia de un segundo naufragio patrimonial: el intento comunitario y artístico por congelar aquel paisaje en la base del kiosco del barrio de Chichipilco, una obra monumental que, al igual que la cascada, terminó sucumbiendo ante el abandono y las inclemencias del tiempo.
*1951: El pincel de Doña Toñita y el pulso de Chichipilco*
Para entender el valor de lo perdido, es necesario retroceder a 1951. En ese año, San Andrés Tuxtla experimentaba los contrastes propios de la mitad del siglo. Mientras las obras civiles transformaban la fisionomía urbana, en el emblemático barrio de Chichipilco se gestaba un acto de resistencia cultural netamente civil. La maestra Toñita de la Cera Tenorio, destacada cronista visual de la región, asumió la tarea de convertir la base hexagonal del kiosco del parque en un archivo histórico al aire libre.
Doña Toñita comprendió que los paisajes de Los Tuxtlas eran la columna vertebral de la identidad de su pueblo. Con acrílico sobre el aplanado de mampostería, plasmó en cada una de las seis caras del kiosco una ventana hacia las maravillas regionales: el Salto de Eyipantla, la Laguna Encantada, el Volcán de San Martín, la Playa de Montepío y la propia cascada del barrio. En una de esas caras, como un homenaje desafiante al río que ya empezaba a ser confinado por la hidroeléctrica, inmortalizó la Cascada de Tepetapan. Aquel kiosco no era una simple estructura de recreo; era el museo del pueblo, un testimonio pictórico de lo que fuimos.
*Los años 70: Las aulas temporales y el lienzo en blanco del olvido*
A finales de la década de 1970, el destino me llevó a habitar el corazón de Chichipilco de una manera cotidiana. Cursaba el primer año de la escuela secundaria federal y, debido a las necesidades de espacio de la institución, nos asignaron temporalmente unas aulas improvisadas en el barrio. Estudiar allí implicaba integrarse al pulso diario de sus calles, caminar a la sombra de sus árboles y convivir con la plaza central a la hora de la salida. El kiosco era el eje de nuestras andanzas estudiantiles, pero la realidad que mis ojos encontraron difería drásticamente de las crónicas familiares.
Para entonces, el paisaje del kiosco del parque de Chichipilco ya había cambiado drásticamente. Las seis ventanas pictóricas que Doña Toñita de la Cera había obsequiado al pueblo en 1951 ya no existían. En su lugar, la mampostería hexagonal lucía cubierta por una capa uniforme de pintura monocolor. La desidia institucional y el paso de los años habían resuelto el problema del deterioro borrando el arte por completo. Bajo esa pintura plana y muda yacían sepultados los trazos del Volcán de San Martín, las playas de Montepío y, por supuesto, la imponente caída de "La Pequeña Niágara". Apenas veinticinco años habían bastado para que el clima veracruzano y el desinterés local condenaran al olvido un patrimonio invaluable.
*La opacidad institucional y el patrimonio invisible*
Este silenciamiento visual en el kiosco de Chichipilco no fue un hecho aislado, sino el reflejo de una constante estructural: las profundas opacidades y omisiones en la gestión cultural del país. En este abandono, la responsabilidad es compartida; ni el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) resguardó el entorno urbano, ni el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) intervino para catalogar o proteger la obra mural. El INBAL, cuya misión primordial es velar por la conservación del patrimonio artístico edificado y plástico del siglo XX, brilló por su ausencia en la provincia veracruzana.
Al operar ambas instituciones bajo un marcado centralismo, las manifestaciones pictóricas de los municipios periféricos quedan relegadas a un limbo legal y técnico. No se le dio su justo valor a la creación de Doña Toñita porque el aparato burocrático prefirió ignorar el fresco popular, permitiendo que la humedad y una posterior capa de pintura monocolor sepultaran un patrimonio que la máxima autoridad artística del país debió haber blindado. El ocultamiento detrás de una pared lisa fue la salida más fácil para las autoridades de la época, demostrando una total falta de sensibilidad hacia un archivo pictórico que pertenecía legítimamente a la comunidad. Cuando el Estado calla y las dependencias oficiales fallan en su obligación tutelar, la historia local queda reducida a un espacio en blanco.
*La palabra como último refugio de la memoria*
Hoy, a más de treinta y seis años de haber dejado mi ciudad natal, este texto se levanta como un acto de justicia y resistencia contra el olvido. Cuando una cascada monumental como Tepetapan es secada y sacrificada por el desarrollo industrial, se comete un crimen geográfico. Pero cuando el arte popular que intentaba preservarla es cubierto por la indiferencia y la pintura plana, el daño es doble: se borra la naturaleza y se borra la identidad de un pueblo.
Doña Toñita de la Cera no solo pintó paisajes; construyó un santuario para la nostalgia de San Andrés Tuxtla. Ante la opacidad del sistema y la pérdida física del lienzo, la crónica escrita y la palabra heredada de nuestros padres se convierten en el verdadero archivo de la nación. Esta narración no busca recuperar las paredes del kiosco, sino rescatar el valor de lo que estuvo allí. "La Pequeña Niágara" ya no corre por su cauce de basalto negro, y el color ya no habita la base de mampostería, pero mientras exista una voz dispuesta a contarlo, el río de nuestra historia seguirá fluyendo.
*El Andador y la Justicia del Nombre*
La historia de los pueblos suele estar plagada de nomenclaturas impuestas por la política. Calles, plazas y avenidas mudan de nombre al compás de los trienios, sirviendo a menudo como el capricho o la medalla de algún gobernante en turno que busca perpetuar su paso por la administración pública. Sin embargo, existen honores que escapan a esa lógica burocrática y que nacen desde abajo, dictados por el afecto genuino y la necesidad urgente de dignificar los espacios comunitarios.
El andador que hoy lleva el nombre de “Toñita de la Cera” en San Andrés Tuxtla pertenece a esta última categoría. No fue la concesión graciosa de un cabildo; fue un acto de estricta justicia social y cultural. Durante mucho tiempo, ese rincón arrastró el estigma popular de ser llamado “el callejón del vicio”, un rincón condenado a la marginalidad y al descuido. Al bautizar oficialmente este andador con el nombre de la maestra Antonia de la Cera, la sociedad civil y la historia local reclamaron el espacio. Invocar su nombre ahí es una exigencia de respeto: es borrar el viejo apelativo degradante para sustituirlo por el de una ciudadana ejemplar.
Nombrar ese andador es el recordatorio de que Doña Toñita no necesita de los frescos perdidos del kiosco de Chichipilco para seguir habitando su tierra. Ella misma se convirtió en la guardiana de lo que fuimos. Que su nombre esté inscrito con letras firmes en ese andador recuperado es el homenaje más puro a su memoria: una muralla contra el olvido y una lección de respeto que obliga a las nuevas generaciones a mirar sus calles con la dignidad que San Andrés Tuxtla merece.