Viviendo con Francis

Viviendo con Francis Seamos Mujeres que Inspiren
🩷🖊️📃🗂️🦋👨‍👩‍👧‍👦 ubicados atras de bodega aurrera

“Últimamente me gusta pensar que estoy en el lugar correcto, y sí, a veces las cosas no salen, a veces las personas se v...
08/06/2026

“Últimamente me gusta pensar que estoy en el lugar correcto, y sí, a veces las cosas no salen, a veces las personas se van, a veces no entendemos al destino, pero eso no significa que más a adelante las cosas no van a mejorar. Por eso ahora intento llevar todo día a día, y tratar de hacer las cosas siempre de corazón, de llevar una sonrisa y en los malos momentos no olvidarme de que tampoco lo malo es para toda la vida. Y cuando no puedo con el mundo ahí está mi familia, o los amigos, o las canciones, o los atardeceres, o un montón de cosas chiquitas que siempre me voy encontrando y me recuerdan que no todo es tan malo. No sé si el futuro será mejor o peor, pero me gusta ir viviendo día a día, valorando a los que tengo, prestándole atención a los pequeños detalles y creo que así es como uno no se pierde de la magia”.

07/06/2026

Preparación ✅

✨ Corta las tortillas en triángulos y fríelas hasta que estén doradas. Reserva.
Hierve los jitomates y los chiles durante 5 minutos.
Licúa con la cebolla, el ajo, el agua y la sal.
Cocina la salsa en una sartén con una cucharadita de aceite durante 8 minutos.
Agrega los totopos a la salsa y mezcla suavemente durante 1 o 2 minutos.
Sirve con crema, queso fresco y cebolla.
¡Listos! Un desayuno mexicano rico, económico y fácil de preparar. 🌶️🧀🍅

04/06/2026

Comida de Hoy!
Barbacoa de res acompañada de puré de papá 💖✨

03/06/2026

Ando con todo, aqui una de mis pequeñas adquisiciónes para mejorar el audio en mis videos 💖✅☀️

Ando súper feliz, besitos 😘😘😘😘

02/06/2026

“Servir a otros no es solo una acción; es una forma de transformar vidas y construir una comunidad más fuerte y humana.”

Si engordas, te juzgan.Si adelgazas, te creen enferma.Si vistes bien, eres vanidosa. Si vistes mal, eres descuidada.Si l...
02/06/2026

Si engordas, te juzgan.
Si adelgazas, te creen enferma.
Si vistes bien, eres vanidosa.
Si vistes mal, eres descuidada.
Si lloras, das pena y lástima.
Si dices lo que piensas, eres arrogante.
Si te justificas, eres problemática.

La gente sólo sabe criticar, así que no importa, sigue siendo la que eres y deja que los demás hablen.

🧐 Mi vecina venía todos los días a pedirme azúcar con su bebé en brazos, y yo pensaba que era una muchacha desorganizada...
29/04/2026

🧐 Mi vecina venía todos los días a pedirme azúcar con su bebé en brazos, y yo pensaba que era una muchacha desorganizada. Hasta que una mañana me susurró: “No vengo por azúcar, doña Carmen… vengo porque es la única forma en que él me deja salir viva del departamento.” 🤓🤓
La primera vez me molestó.
Yo estaba tomando mi cafecito, viendo las noticias y disfrutando ese silencio que una aprende a querer después de vivir sola tantos años.
Entonces tocaron.
Abrí con la bata puesta y cara de pocos amigos.
Era la vecina nueva del 302.
Flaca.
Pálida.
Con un bebé dormido contra el pecho.
—Disculpe, señora… ¿no tendrá un poquito de azúcar?
Le di media taza.
Ni siquiera la invité a pasar.
Pensé: “Estas muchachas de ahora no saben ni hacer despensa.”
Pero volvió al día siguiente.
Y al otro.
Y al otro.
Siempre a las 8:17 de la mañana.
Siempre después de que su esposo bajaba al estacionamiento, arrancaba la moto y se iba.
Siempre con el bebé en brazos.
Siempre mirando hacia las escaleras antes de tocar mi puerta.
—¿Otra vez azúcar? —le pregunté un jueves, ya medio fastidiada.
Ella intentó sonreír.
No le salió.
Ahí fue cuando empecé a mirar bien.
Tenía los ojos hinchados.
No de sueño.
De llorar.
El bebé usaba el mismo mameluco amarillo desde hacía tres días.
Ella no traía celular.
Nunca.
Ni bolsa.
Ni llaves visibles.
Y cuando escuchaba pasos en el pasillo, se ponía tiesa como si alguien le hubiera apuntado al corazón.
Me llamo Carmen.
Tengo setenta y dos años.
He visto muchas cosas en esta vida.
Y hay miedos que una reconoce aunque vengan disfrazados de buenos modales.
El lunes siguiente, cuando tocó, no le di azúcar.
Me hice a un lado.
—Pasa.
Ella se quedó quieta.
—No puedo tardarme.
—Entonces pasa rápido.
Entró con el bebé pegado al pecho.
Olía a leche agria, jabón barato y miedo.
Le serví café de olla.
Apenas tomó la taza, empezó a temblarle la mano.
—¿Cómo te llamas, mija?
—Lucía.
—¿Y el niño?
—Emiliano.
El bebé abrió los ojitos y me miró como si también estuviera cansado.
Yo bajé la voz.
—Lucía, ¿de verdad necesitas tanta azúcar?
Se le llenaron los ojos de lágrimas antes de contestar.
Y ahí entendí que mi pregunta le había roto la última costura.
—No —susurró—. No vengo por azúcar.
Me quedé inmóvil.
Ella volteó hacia la puerta.
Luego habló tan bajito que tuve que acercarme.
—Es la única excusa que tengo para salir del departamento. Él controla todo. El dinero. Las llamadas. Mis mensajes. Hasta cuenta los pañales.
Sentí que se me enfrió la sangre.
—¿Tu esposo?
Lucía asintió.
Una lágrima le cayó sobre la cabeza del bebé.
—Si bajo a la tienda, me cronometra. Si llamo a mi mamá, revisa el historial. Si digo que quiero salir, me pregunta para qué. Pero venir aquí… —me miró con vergüenza— venir aquí sí me deja, porque dice que usted es una viejita sola y no representa peligro.
Viejita sola.
Casi me reí.
No por gracia.
Por coraje.
Ese hombre no sabía que una vieja que ya enterró marido, miedo y paciencia puede ser más peligrosa que cualquier muchacha.
Desde ese día, mi casa dejó de ser casa.
Se volvió refugio.
Lucía venía cada mañana con su taza vacía.
Yo le ponía azúcar encima para que se viera normal.
Pero debajo escondía otra cosa.
Un papel con números de ayuda.
Una blusa limpia.
Cincuenta pesos.
Una copia de una llave.
Un celular viejo que yo tenía guardado desde que mi nieto me compró uno nuevo.
—No lo prendas allá —le advertí—. Solo aquí.
Ella asentía como niña regañada.
Pero cada día respiraba un poquito más.
En mi cocina volvió a sonar vida.
Emiliano aprendió a gatear entre mis sillas.
Lucía empezó a reír bajito.
Primero como si pidiera permiso.
Luego de verdad.
Me contó que su esposo se llamaba Adrián.
Que al principio era cariñoso.
Que después empezó con “no me gusta cómo te mira ese señor”.
Luego “no trabajes, yo te mantengo”.
Luego “tu mamá se mete demasiado”.
Luego las llaves guardadas.
El dinero contado.
Los gritos.
Los empujones.
Las disculpas.
Las flores.
Y otra vez los gritos.
—Me da vergüenza —me dijo un día—. Yo antes decía que a mí nunca me iba a pasar.
Le tomé la mano.
—Eso dicen todas las que todavía no conocen a un monstruo con cara de amor.
Tardamos tres meses en planearlo.
Tres meses juntando papeles.
Acta de nacimiento de Emiliano.
INE.
Una muda de ropa.
Medicinas.
El número de su hermana en Puebla.
Yo le guardé todo en una caja de galletas Marías, arriba del refrigerador.
—Cuando estés lista, vienes —le dije—. A cualquier hora.
Lucía me miró como si le hubiera ofrecido el mundo.
—¿Y si él viene?
Miré mi bastón recargado junto a la puerta.
—Entonces se va a arrepentir de haber subestimado a una viejita sola.
Pero esa semana Adrián cambió.
Lo sentí antes de que ella me lo dijera.
Lucía llegó más tarde.
No a las 8:17.
A las 8:41.
Venía sin azúcar en la mano.
Con el labio partido.
Y Emiliano llorando contra su pecho.
—Se dio cuenta —susurró.
Yo cerré la puerta de golpe.
—¿De qué?
Lucía no alcanzó a responder.
Del otro lado del pasillo sonaron pasos.
Lentos.
Pesados.
Seguros.
Luego tocaron mi puerta.
Tres golpes....

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